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Queda menos de una semana para alumbrar el nuevo año y, al final, me ha podido la tradición. Al igual que he hecho en los últimos años (2016, 2017 y 2018) no me he podido resistir a fabular acerca de qué puede suceder en educación el año que, en breve, tenemos aquí. Y tened claro el concepto de “fabular” porque, seguramente, nada de lo que os voy a contar a continuación vaya a suceder. Y si sucede es porque, seguramente, lo estáis observando de forma muy sesgada.

Fuente: Wikimedia

Lo que queda claro es que 2019 va a seguir utilizándose el libro de texto. Y, para más inri, algunas editoriales van a decir que sus libros de texto (algunas van a denominar a estos libros materiales innovadores) están adaptándose a las necesidades creativas de los alumnos del siglo XXI. Y, además, va a haber maestros de Infantil que van a usar libro de texto con sus alumnos de tres años. Bueno, fichas que valen un pastazo que, para el caso, es lo mismo.

Se va a seguir oyendo en cientos de ponencias, a lo largo y ancho del territorio, impartidas en muchos casos por docentes que abandonan sus obligaciones profesionales (sí, los docentes de guardia en etapas obligatorias van a chuparse las ganas de evangelización de algunos de sus compañeros), la necesidad de trabajar de otra manera, de lo malas que son las metodologías pasivas y del Santo Grial que supone la creatividad. Bueno, entre eso, la necesidad de no aburrirse y tener una empatía digna de algunos de esos personajes de ciencia ficción, ya está el pack completo. No he incluido entre los evangelizadores a aquellos que solo viven de dar charlas o dan clases en la Universidad porque, los segundos tienen becarios que les cubren y los primeros ya viven de esto a jornada completa.

Por cierto, muy relacionado con lo anterior: César Bona no va a volver al aula. Va, ya estoy desvelando uno de los secretos mejor guardados. Ni él vuelve al aula, ni uno que hace vídeos que cuelga en YouTube va a pisarla por primera vez. Las aulas y, especialmente, las de la escuela pública, provocan una cierta alergia a ciertos personajes. Bueno, salvo cuando van a cortar cintas o a presentar el nuevo curso escolar. Sí, en este caso hablo de los políticos.

Cada vez más docentes de la pública van a seguir haciendo de Caballo de Troya bajo justificaciones inverosímiles. No solo los que llevan a sus hijos a la concertada o, defienden la desaparición de los funcionarios (o a las organizaciones que defienden lo anterior), la necesidad de trabajar con metodologías que obligan al docente a ser un esclavo a tiempo completo de su profesión o, simplemente, olvidándose que su trabajo no es vender lo bien que lo hacen o la metodología milagrosa que usan. El trabajo de un docente es dar clase y adaptarse a los alumnos. No, convertir el aula en un salón de juegos de Fortnite tampoco es la clave. Y sí, todos estos docentes que, en algunos lugares se juntan para decir lo malos que son los docentes que no convierten los festivos en días de trabajo o, simplemente aquellos que usan sus, cada vez más reducidos, derechos laborales, son un cáncer para la escuela pública. Bueno, para todo tipo de escuela pero, en la privada, ya asumes que ser contratado “a dedo” implica que tus derechos laborales se convierten en inexistentes.

Ya puestos vamos a hablar de las organizaciones que se van a seguir haciendo con la educación. No es solo la expansión que, por lo que se huele, va a tener el experimento de La Caixa junto con sus acólitos de la OCDE. Tipos que jamás han pisado un aula o, en el caso de otro, ya se largó cuando el proyecto Escuela 2.0 y su único objetivo es no dar clase, mandar y usar el látigo pidiendo a quienes no comulguen con ellos que sean expulsados del cuerpo. Gánsters haciéndose con toda la educación pública catalana y, presumiblemente, con la de otras Comunidades. Es lo que tiene esconder bajo banderas y discursos varios ciertas cosas. Que, al final, se consiguen ciertas cosas porque tienen al personal distraído. Bueno, y también tienen mucho colaboracionista. Al igual que, por lo visto, tuvieron los nazis entre los judíos antes de gasearlos a todos.

Se va a seguir hablando de la necesidad de evaluar a los docentes, de cambiar las pruebas de acceso a la docencia (para algunos sería buscando el perfil más apto para trabajar en el algodón a cuarenta grados) y, entrando en debates estériles (y sin solución) como es el caso de la religión. Mientras, algunos proponiendo asignaturas por encima de sus posibilidades, defendiendo que su asignatura es imprescindible o, simplemente, optando por perder el tiempo decidiendo si se corrige en rojo o en verde. O si no se hacen exámenes, se montan rúbricas que no sirven de nada o, para aquellos con más ganas de hacer experimentos “muy tradicionales”, diseñar un sistema de ránking mediante unos muñequitos muy simpáticos para decir que son tope innovadores.

Seguirá el boom del flipped classroom, de los docentes que deciden jugar a ser certificados por GAFA y, como no podía ser de otra manera, encontrándote siempre los mismos nombres tras el diseño de ciertos cursos de formación de las administraciones públicas. También seguirán teniendo su espacio los del ABP, los cursos de Scratch (que, al final se trasladan en un copia y pega al aula) y, el de todas aquellas metodologías guays que, seguro van a ver la luz. Lo bueno de las metodologías salvadoras es que, por suerte, siempre tienen recambio.

Vamos a seguir analizando cómo el cerebro interviene en el aprendizaje de los alumnos por parte de tipos que, por lo visto, el TAC más cercano que han visto fue el que les dijeron que hicieron al vecino del quinto. Aparición de nuevas voces en los vídeos del BBVA. Se seguirá con la dinámica de hacer aparecer las noticias educativas en las páginas de economía de los principales medios. No cambiarán muchas cosas. Quizás, como he dicho antes, se sume algún nombre, Mercadona o, simplemente, algún economista advenedizo que, después de cagarla con las hipotecas, ha visto que el mercado educativo mueve mucho dinero.

No se va a volver al horario lectivo previo a la crisis. Van a seguir surgiendo promesas por doquier que, se van a incumplir tan pronto se formulen. No se van a reducir las ratios a niveles lógicos. Se seguirá con el bilingüismo que, al final, solo aplauden los docentes a los que les beneficia su título en B2 o C1 para pasar por delante de interinos con décadas de experiencia. Y, al final, otra vez discursos interesados muy alejados del procomún o de lo que necesitan nuestros alumnos.

¿Qué más pasará este 2019? Pues que algunos se van a quedar, como siempre sucede, en la queja en las redes sociales, otros van a jugar a buscar fama a cualquier coste y, finalmente, algunos seguiremos tan desconcertados como siempre por no entender (o querer entender) nada.

Y sí, lo más importante de todo lo que va a suceder, es que mi nuevo libro (lo podéis adquirir aquí) va a convertirse en best seller. Un libro que, al final, estoy publicitando por activa y pasiva. Es lo que tiene querer retirarse de la docencia y vivir la vida porque, por suerte, a algunos por mucho que nos guste mucho esto, si tuviéramos pasta nos dedicaríamos a otra cosa. O a otras cosas 😉

No puedo hacer previsiones a 5-10 años Mikel. Con mi salud no puedo fiarlo a tan largo plazo.

No bebo alcohol. Hace más de quince años que, por culpa de un pequeño error en mi ADN, no he ingerido ni una gota de alcohol. Bueno, seamos sinceros, tampoco es que bebiera antes demasiado. Eso sí, ya hace un tiempo que he encontrado un sustituto como bebida por excelencia: la horchata. Bebida que reúne todas las condiciones para desbancar al mejor whisky de malta y, al ser producto autóctono, ayudamos a la industria del país. Como el comercio de proximidad pero en versión líquido. Una horchata sometida a los vaivenes del mercado, a las multinacionales que nos venden agua con azúcar como tal y, por desgracia, vendida por muchos que han dejado de beberla. Estoy hasta los mismísimos de los gurús de la horchata que, para explicar sus propiedades o hablar de la mejor manera de tomársela, se pasan por el forro la visita a Valencia y se venden a las bodegas vitivinícolas. Hay qué joderse.

Fuente: http://www.agrodiario.com

Es día uno y no hay mejor momento para hacer una predicción acerca de qué va a suceder en el mundo de la horchata. Lo sé. Vale tanto una predicción de estas como las de los que tienen muy claro qué equipo va a ganar el próximo partido y, por ello, siempre acaban palmando en las apuestas. Pero, como consumidor habitual de horchata y sabiendo algo del tema creo que voy a arriesgarme.

En primer lugar van a aparecer nuevas pajitas para beber la horchata. Ninguna de ellas será más que un cambio de color o materiales de los que está hecha la pajita (seguro que nos presentan alguna modelo fucsia, otra en espiral o, simplemente, alguna hecha en productos ecológicos). Hay muchos bebedores de horchata del Mercadona que, al ser su producto entre malo y pésimo, seguro que caen en las redes de esas multinacionales de la fabricación de pajitas. Les importará poco si sabe o no mejor. Lo importante es que esté bien de precio y sea bonita. Y seguro que cuando invitan a alguien a casa les venden que la horchata que les ponen es maravillosa porque lleva una pajita que elaboran específicamente para ellos en alguno de esos Horchata Labs que tanto pululan por diferentes lugares. Grandes pensadores que jamás se han tomado una buena horchata pero que son especialistas en márketing.

También se expandirán aquellos que graban un vídeo y explican cómo se bebe la horchata. Si cuelgas lo anterior en Youtube, no sabes cuánto se ahorra en producto. En la horchatería a debatir sobre el vídeo y las posibilidades que ofrece. Al final de todo, una encuesta de satisfacción. Una encuesta que, a falta de producto, toca hacerla sobre una supuesta ficción de lo que supone la horchata. Y ya si le ponemos unas gafas de realidad aumentada al interfecto que ve el vídeo… un pasote. Eso sí, todo lo anterior aderezado con una crítica a los que siguen tomándose la horchata en determinados lugares. Ellos, según los que montan vídeos, no tienen ni idea de lo que supone una buena horchata y lo único que hacen es acabar haciendo odiar la horchata al personal.

No nos olvidemos que también se va a seguir subvencionando con dinero público unas pruebas para detectar la calidad de la horchata, que se elaborarán en países donde no se toma horchata. Miles de euros para que unos tipos, más interesados en la especulación de la chufa que en mejorar la calidad organoléptica del producto final y la satisfacción de los consumidores, se dediquen a pasar unos tests donde lo de menos es el consumidor de ese oro blanco. Lo peor no es lo anterior. Lo más grave es cuando determinadas organizaciones que están especulando con las plantaciones de chufa y convirtiendo esos terrenos en bloques de pisos, empiezan a dar premios a la mejor horchata y al mejor maestro horchatero. Eso ya es el acabose.

Finalmente no nos hemos de olvidar de los gurús de la horchata. Aquellos que dejaron de consumirla hace mucho y ahora escriben libros acerca de cómo ingerirla. Gurús avalados por tropecientos acólitos que, por desgracia, están más interesados en los personajes que en la propia horchata. Es lo que tiene el fenómeno fan. Con lo fácil que sería ser un fan de la horchata sin aditamentos y buscando, entre cata y cata, la mejor horchata. No olvidemos que la mejor horchata es la que más nos guste y la que queramos repetir. A un paladar educado no le dan gato por liebre.

La verdad es que no tengo demasiada idea acerca del mundo de la horchata en este 2018 que empieza hoy pero, lo que sí que puedo intuir es que, por desgracia, tiene toda la pinta de ser un mal año para la horchata. Más aún cuando algunos quieren legislar sobre la misma sin tener en cuenta al maestro horchatero que lleva décadas elaborándola y mejorándola u obviando los estudios científicos. Es que beber horchata poco tiene que ver con el idioma en que se beba. Eso sí, poner el producto para los guiris, lo único que significa es aumentar la cantidad de producto de baja calidad que se va incorporando al mercado.

Feliz 2018. A disfrutar de ese líquido sin igual del que yo ya me he bebido un chupito, entre el primer y el segundo café que me voy a tomar ahora.

¡Mira que me gusta meterme en berenjenales! Sí, tengo claro que hablar de predicciones o suposiciones varias acerca de qué va a suceder este 2017, me pone al mismo nivel que esos tarotistas de teléfono de pago que, son capaces de decir que algo es blanco o negro en la misma llamada. Pero, ¿para qué resistirme a imaginar? Aquí todo el mundo imagina su escuela ideal, tiene sueños eróticos acerca de deseos pedagógicos y, cómo no, sigue jugando el personal a los juegos de azar a pesar de posibilidades infinitesimales de que toque. Así pues, por qué no dedicarme, al igual que hice a finales del 2015 (predicciones 2016), a fabular acerca de temas educativos. Podría ahorrármelo pero, sabéis qué, escribo sobre lo que me apetece cuando me apetece. Que para algo pago hosting y dominio coño. Y si no lo pagara y tuviera una libreta en papel seguro que escribiría sobre cosas parecidas.

Fuente: Digital Spirit

¿Qué va a pasar en 2017? Pues lo que me parece bastante claro es que va a seguir la lucha entre buenistas y malotes. Sí, entre nosotros y vosotros. Queda muy bien ser poseedor de la verdad absoluta acerca de lo que debe hacerse en el aula y criticar, de la forma más demagógica posible, a quienes no piensan como nosotros o a aquellos que atacan a nuestros “héroes” educativos de cabecera. Felicidad absoluta versus conocimiento memorístico. Libros de autoayuda versus libros de realidades paralelas. Jinetes del cambio educativo desde tarimas donde nada ha cambiado versus inmovilismo educativo por necesidades del guión. Sí, pongo la tilde porque soy un rebelde. Por cierto, no obviemos a los forajidos ni al robinhoodismo que tanto inspira entre aquellos corsarios, con patente de corso por parte de algunas administraciones, que sólo buscan sacar pasta o beneficios en especies varias. Fundaciones impolutas de organizaciones empresariales -sí, incluyo a los bancos y multinacionales tecnológicas- que tienen muy claro qué debe hacerse para mejorar la educación. Cientos de adeptos cuya máxima es proceder al lametón genital y, por desgracia, aulas que se caen a pedazos y no en sentido figurado.

Va a ser el año también del debate estéril sobre el Pacto Educativo. Ese pacto que todos quieren pero nadie, en el fondo, desea. El Pacto o es de los míos con mis criterios o no será. Que la visión educativa sesgada en función de colores políticos es algo que no hace falta predecir mucho ya que es un déjà vu que lleva arrastrándose por décadas. Políticos asesorados por inútiles con nulo conocimiento del aula y desertores de la tiza que la dejaron en el cuaternario. Equilibristas que siguen huyendo del aula con independencia del color político de los que mandan. Gente de “izquierdas” con cargos políticos que lleva a sus hijos a la concertada y la critica en los medios. Docentes de la pública con camisetas multicolor disfrutando de una sanidad privada pagada por todos los ciudadanos con sus impuestos. Un aparentar que no creo que cambie este 2017. Mucho decir A y hacer B. Mucho defender C y hacer D. Mucho vender E, F o G según la necesidad que haya en el mercado educativo.

Se seguirá hablando de la religión en los centros educativos. Seguirá sin desaparecer. Se hablará de conciertos y nadie le meterá mano porque hay muchos intereses creados. De Universidades endogámicas, directores fascistas e inspectores con pocas luces. De enemigos que no existen. De algunos que piensan demasiado en temas educativos y otros que piensan demasiado poco en ellos. De poseedores de verdades absolutas. De grupos de whatsapp plagados de expertos docentes y, de paso, de hacer enemigos cuando lo que se necesita para mejorar algo es tener amigos. Eso sí, egos y ombliguismos a tutiplén. El procomún descartado. Todo es el primero yo y después los demás. Que uno habla mucho cuando no le afecta personalmente pero, una vez le tocan algo de cerca, es capaz de incumplir todas sus creencias. Sí, seguiremos siendo humanos e insustituibles por esas máquinas que piensan mucho pero razonan entre poco y nada. Bueno, tampoco es que los que nos dedicamos a esto razonemos mucho.

Aparecerán nuevas metodologías revival de otros tiempos. Nuevos experimentos con chavales, nuevas herramientas más modernas que las anteriores. Nuevo lavado de cara a los mecanismos de control absolutos. Soluciones milagrosas cuyos milagros jamás van a ser certificados por el Papa. Bueno, seamos sinceros, los milagros educativos, al igual que la homeopatía, tienen un recorrido muy corto si alguien lo analiza científicamente.

La verdad es que no tengo ni pajolera idea de lo que nos traerá este 2017 en el ámbito educativo. Eso sí, tengo muy claro que no cambiará la dinámica de estos últimos años. Dinámicas que, o bien nos descojonamos o bien no ponemos a llorar. Y, sinceramente a estas alturas de la película, yo ya estoy por tomármelo todo a broma pesada.

Por cierto… ¡FELIZ 2017! (y no, no me sale ninguna rima graciosa)

Siempre me han generado desasosiego los grandes futurólogos educativos, ya que, en demasiadas ocasiones, sus predicciones están demasiado lejos de cumplirse y, los parámetros en que se basan, están muchas veces alejados de la realidad del aula. No discuto la necesidad de predecir, sin más datos que la típica suposición (sí, en el ámbito educativo debido a sus características, es lo único que puede hacerse), por diferentes motivos. Tampoco voy a cuestionar las predicciones educativas que, un vez incumplidas, permiten al mismo que las formuló cambiar su discurso por otras (¡que de algo han de comer!) pero si que me gustaría que, más allá de lo anterior, las personas que sabemos algo (poco) del sistema educativo tuviéramos mayor cuidado en aceptar futuribles como realidades a suceder.

¿A qué viene lo anterior? A la publicación en el blog de aulaPlaneta (desde aquí recomiendo que lo incorporéis por lo interesante de sus aportaciones diarias) de un artículo titulado “La educación por competencias, las tabletas y los libros de texto digitales se impondrán en España antes de 2020“. Bonito título que, supuestamente y mediante el estudio Perspectivas 2014: Tecnología y pedagogía en las aulas, desarrollado por la Universidad Autónoma de Barcelona y aulaPlaneta, permite inferir cómo será la Educación en un futuro en las aulas españolas (hacer clic sobre la imagen para ampliar).

Fuente: http://www.aulaplaneta.com
Fuente: http://www.aulaplaneta.com

Si analizamos las aulas en las que estudiamos algunos y tal como son actualmente vemos que, curiosamente, la evolución que se ha dado en otros aspectos no existe: currículums por materias temporizadas, pupitres, pizarras (sí, ahora hay algunas PDI, pero para hacer lo mismo), proyectores que han sustituido al proyector de transparencias que alguno usaba, libros muy parecidos (aunque, en algunos casos, cambiando la forma de ofrecerse), evaluaciones trimestrales, evaluaciones finales, timbres, edificios cerrados (antes estaban un poco más abiertos porque en los antiguos Insitutos no se cerraban las puertas y el bar estaba abierto a todas horas), pasar faltas de asistencia, murales en las paredes, etc. Sí, desde que estaba de alumno hasta ahora, la estructura y el modelo, salvo excepciones, se ha mantenido. Veinte años desde que abandoné las aulas y todo sigue exactamente igual. Por tanto, más allá de lo que uno quiera creerse (libre de hacerlo), ¿alguien se plantea este cambio que se postula en el estudio para los próximos años?

Los dispositivos tecnológicos ya están llegando al aula. Eso no se puede discutir pero, ¿realmente alguien se cree después de la experiencia de las últimas décadas que en cuatro años vamos a pasar del modelo de clase transmisivo a un aprendizaje colaborativo o enfocado a la solución de problemas? Por cierto, la predicción de Flipped Classroom para dentro de unos años da la sensación de ser elaborada por los mismos que hablaban que en 2015 habría una entrada masiva de weerables (tipo Google Glass) en las aulas.

Gamificación, códigos QR, realidad aumentada, etc. tan sólo se dará en contextos muy concretos y por una mínima parte del profesorado porque, no lo olvidemos, quienes deben liderar el cambio son los docentes. Y, analizando objetivamente lo que está sucediendo estos últimos veinte años, no veo globalmente al colectivo dispuesto, si no se le incentiva de alguna forma (no sólo económica), a cambiar su modelo de trabajo por cantos de sirena que se oyen a lo lejos.

Por cierto, no me gustaría acabar sin hablar del tema de los robots educativos y las impresoras 3D como tecnología habitual en el aula en cuatro años… ¿va en serio, o este estudio se ha hecho bajo los efectos de algún tipo de sustancia no muy legal?

¿Qué tal si nos dejamos de predicciones y procuramos enfrentarnos a las realidades que, por cierto, son más interesantes que dedicarnos a fabular sobre futuribles que no están nada claros?