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La verdad es que a uno le da la sensación que, a nivel de decisiones educativas tomadas por la administración en base al asesoramiento tipos y tipas que nunca han pisado un aula, justificadas bajo el paraguas de la pedagogía, nos están tomando el pelo. Yo ya no sé si nos toman el pelo o, simplemente es que son tan inútiles o tienen tantas ganas de hacerlo mal que, por desgracia, se atreven a hacer revivals de prácticas y programas que ya no funcionaron en su momento y que, al final, a los únicos que acaban mareando es a docentes, padres y a los propios alumnos. No, no me vale el uso de frases branding o mantras usados hasta la extenuación. Lo que me sirve son decisiones que sí afecten a nuestros alumnos para bien y que hayan sido consensuadas, como mínimo, con los docentes que están en las aulas.

Nueva inocentada macabra de la administración educativa catalana. Otra más en una administración educativa que se ha vendido a los intereses educativos de La Caixa y que, lo único que sabe hacer es reinventar la rueda o tomar prácticas fracasadas para volverlas a introducir en las aulas. Sí, ahora han decidido volver a cambiar el boletín de notas de los alumnos de Primaria al “progresa adecuadamente” logsiano. Algo que, incluso el gobierno, en el que fue Ministro de Educación Gabilondo -que de tradicionalista educativo no puede acusársele- tuvo que suprimir ante el despropósito que supuso ese invento que no entendía nadie. Sí, los padres no entendieron en su momento eso del PA (progresa adecuadamente) o del NM (necesita mejorar). Los alumnos tampoco tenían claro en qué consistía y ya no digamos los docentes. Eso de sustituir los insuficientes, suficientes, bienes, notables y excelentes por frases cuyo único objetivo era no traumatizar al alumno fue de traca. Un invento que duró unos diez años entre LOGSE y LOE. Un invento que, por cierto y curiosamente, fue abolido más rápidamente en Cataluña que en el resto de autonomías, por los mismos que ahora vuelven a defender su reintroducción. Una simple curiosidad 🙂

Fuente: http://www.zemos98.org

La evaluación no se arregla cambiando el sistema de calificación finalista. La evaluación se arregla informando a los alumnos y padres en todo momento, mediante documentos abiertos en la red a los que deberían poder acceder, en los que se exponga el día a día de sus hijos y algunas medidas que consideran que servirían para ayudarles. No, no me vale un PA o un NM. Para ello prefiero seguir con las notas numéricas y su traslación al rango que va del insuficiente al sobresaliente. Si queremos cambiar el sistema de evaluación hagámoslo bien. No usemos prácticas que ya fracasaron estrepitosamente y que generaron muchos más problemas que soluciones aportaron. Sí, se puede cambiar el sistema de evaluación mediante el uso de informes semanales (que no deben ser estandarizados y que deben escribirse, por parte de los docentes de forma muy clara e inteligible) que puedan ser consultados por los padres. Podemos cambiar el modelo de tutorías grupales por el de tutorías individuales llevando a los mismos alumnos el mismo tutor desde que entran en el centro. Podemos, incluso, convocar reuniones trimestrales con los padres y obligar a la asistencia a las mismas (sí, se puede hacer un decreto ley que obligue a las empresas, bajo sanciones económicas graves, a permitir a los padres una vez al mes a acudir a esas reuniones y, cómo no, obligar a los padres, también bajo sanciones varias, a que acudan a los centros educativos a que les expliquen la trayectoria académica de sus hijos). Podemos hacer muchísimas cosas para mejorar la evaluación, la transmisión de información y, al final, conseguir el objetivo último de mejorar el aprendizaje de nuestros alumnos. Eso sí, lo anterior no se consigue con decisiones pedagógicas de unos iluminados o la vuelta a clásicos que ya fueron infumables antaño.

La pedagogía moderna no progresa adecuadamente. Necesita mejorar porque, si no es así, no va a pasar de curso y ya sabemos que cada repetición nos supone una pasta.

Un detalle final... en la EGB ya, de forma experimental, algunos centros,de forma muy temporal, abolieron también las notas numéricas para usar ese tipo de calificaciones. Así que, por lo visto, el invento ya se ha probado y rehusado en dos ocasiones previas.

Fuente: https://www.facebook.com/yofuiaegb/

calabaza_14_opt(1)Me da la sensación que uno de los problemas educativos en nuestro país es la mentalidad, que aún existe en gran parte de la sociedad e incluso en muchos de los profesionales que hay en las aulas, en relacionar la calidad y la exigencia educativa con el número de suspensos que se otorgue a los alumnos de una determinada etapa educativa. Ayer, sin ir más lejos, en uno de los artículos que leí, donde se hablaba de la carrera de Magisterio, me encontré con lo siguiente.

Ahora puedo presentar algunos datos que señalan que en Magisterio el nivel de exigencia es muy, muy bajo y, así, casi regalan los estudios. De este modo, gente de perfil formativo y cognitivo bajos son quienes entran en los colegios para formar al alumnado. Ser educador es una tarea extraordinariamente exigente y el alumnado egresado de Magisterio no está a la altura.

Se relacionaba directamente el nivel de exigencia (entendiendo como tal el número de alumnos que lo aprueban todo) con la calidad de una determinada carrera universitaria. Se relacionaba el aprobado con un regalo de calificaciones y títulos. Una situación que es demasiado habitual en muchos comentarios de bar y, a veces, trasladado a algunas Juntas de Evaluación.

Relacionar la calidad educativa con el número de aprobados (o de suspensos) es un craso error. Relacionar un porcentaje alto de suspensos con una alta calidad en determinadas asignaturas o titulaciones no es algo que debiera hacerse. No por suspender más uno es mejor profesor. No por tener un porcentaje de aprobados que no llega al cinco por ciento una asignatura es más importante. Algo que curiosamente se da en asignaturas, denostadas por parte de la sociedad con el mantra de “marías”, y que algunos docentes de las mismas se dedican a valorar artificialmente aumentando hasta el infinito el número de suspensos en las mismas (¡siempre me acordaré de aquel compañero de Música que se dedicaba a suspender a más del ochenta por ciento de sus alumnos!).

Aprobar o suspender indica bien poco de la calidad de algo. Las competencias o habilidades que se adquieren en determinadas asignaturas y/o titulaciones no dependen tanto de una foto borrosa (como es el caso de las evaluaciones puntuales -que, curiosamente, son usadas por aquellos que suspenden una mayor cantidad de alumnos-) como de una serie de fotografías, tomadas de forma continua, hasta conseguir hacer un stop motion de su evolución.

La calidad educativa no se mide por las calificaciones aunque las mismas decidan gran parte del futuro de muchos alumnos. La calidad educativa se mide por lo que el alumno “sabe hacer” cuando acaba sus estudios. Algo que se demuestra andando. Algo que, curiosamente, ningún sistema educativo es capaz de valorar. Valorar objetivamente algo que sólo se demuestra cuando nos alejamos del ámbito educativo es muy complicado. Más aún si lo que sigue calando en la mayoría de la sociedad es la relación entre exigencia y número de alumnos suspensos.

Cuando el aprobado no es la tónica habitual (y puede darse esta casuística por diferentes motivos, muchos de los cuales ni tan sólo tienen que ver con el docente) es que algo no está funcionando como debiera. Así pues, ¿por qué no invertimos la mentalidad habitual y buscamos las causas del suspenso? Porque, que a estas alturas de la película, tengamos que buscar las causas del aprobado es de chiste. De chiste malo, por cierto.

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Este post me ha servido para recordar mi etapa como estudiante en una Ingeniería. De esas que, supuestamente, son tan duras por el número de suspensos que tienen. Curiosamente, la asignatura con mayor número de suspensos (había una en primero en la que aprobaron, en primera convocatoria, seis personas de más de doscientas) es una de las que, hablando con compañeros de Facultad al cabo de los años, ha sido de lo más inútil que se ha estudiado. Una anécdota que me ha apetecido aportar a uno de los habituales redactados incoherentes. A propósito, los mejores ingenieros de mi promoción (que se han rifado algunas multinacionales europeas) no son los que sacaron mejores calificaciones en la Universidad. Precisamente, la alumna que tenía el expediente más brillante está dando clases en un Instituto 🙂

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