Tag

pseudociencias

Browsing

En los últimos tiempos nos están bombardeando, desde muchos lugares, con pseudociencias y una gran cantidad de homeopatía educativa. El problema de ese bombardeo incesante es que, por desgracia, algunos intentan vender como ciencia (e, incluso, amañando determinadas investigaciones) cuestiones que no pueden ser menos científicas. Y ya no digamos en el tema de la homeopatía porque, sinceramente, tan solo debemos darnos una vuelta por el ámbito sanitario donde, por lo visto, cada vez son más los que creen que el agua tiene recuerdos o, simplemente, que a mayor dilución más efecto de determinados compuestos.

Fuente: ShutterStock

Estamos sometidos a un auténtico tsunami, avalado incluso desde algunas Facultades de Magisterio y administraciones educativas, en el que nos intentan vender la pedagogía Waldorf, las inteligencias múltiples, el cerebro triuno, los quince minutos de atención, el método Doman o, incluso, la reformulación de determinadas mezclas que cogen un poco de aquí y un poco de allí, para hilvanar métodos supuestamente tan maravillosos como el ABN. Un método que, por mucha literatura que algunos pretendan crear tras el mismo, hace fracasar el constructo matemático posterior. Lo mismo que el aprendizaje de lectura mediante métodos que asocian objeto a palabras. Ya no entro en la inteligencia emocional de Goleman ni en otros fraudes pseudocientíficos que, por lo visto, campan a sus anchas en el imaginario educativo.

Si a la pseudociencia que subyace tras todo lo anterior le añadimos la venta, por parte de algunos, de homeopatía educativa (mediante estrategias de aula maravillosas, herramientas que, según la propia multinacional y sus estudios “nada sesgados” ni “interesados”, hacen milagros con el aprendizaje de los alumnos o, incluso, meditaciones variadas que, por lo visto, incrementan la atención del alumnado) ya se vislumbra que nos encontramos con un problema educativo serio. Quizás el tema de la homeopatía educativa sea menos preocupante porque, al final, al igual que sucede con la homeopatía en medicina, lo único que pierden algunos es dinero. El sentido común, creyendo y difundiendo los éxitos que están teniendo al aplicar ciertas cosas o herramientas en las aulas, ya hace tiempo que algunos lo han perdido. Es que, después de ver qué venden determinadas revistas, qué difunden algunos en las redes sociales o, simplemente, ver cómo se considera sin ningún tipo de cuestionamiento ciertos usos de la tecnología como maná, uno no puede menos que considerar que hay mucho docente necesitado de milagros. Ser docente, como ya he dicho en más de una ocasión, no te hace inmune a timos ni a creer en determinadas cosas. Incluso conozco docentes que van a las charlas de Pámies. Sí, de ese que vende que con lejía se cura el ébola.

Por tanto, ¿qué podemos hacer para frenar ese tsunami que cuenta con grandes medios y mucho dinero tras el mismo? ¿Cómo podemos luchar contra algo que, por lo visto, goza con el aval de algunas administraciones educativas y se subvenciona, en muchas ocasiones, con dinero público? ¿Cómo se puede luchar contra unos altavoces que, día tras día, repiten la misma cantinela que grabaron a esas sirenas con las que se encontró Ulises? Por cierto, creer en el personaje de Ulises y en la existencia de todas sus vicisitudes, es más lógico que creerse ciertas cosas que se nos venden en educación.

A estas alturas de la película solo quedan dos opciones: dejarte llevar por el tsunami o seguir luchando, con unos medios que no tienen nada que ver con los que potencian la pseudociencia o venden homeopatía educativa, para intentar que alguno salga del mismo. Lo fácil es dejarte llevar, lo complicado es agarrarte a lo que te dice la ciencia y el sentido común.

Tengo muy claro que la educación no es ciencia ni puede reducirse a simples algoritmos. Eso sí, también tengo claro que hay pseudociencias y homeopatía educativa con cada vez hay más tiendas y chiringuitos donde se vende lo anterior. Y, lamentablemente, una cantidad de docentes -y comunidad educativa- que lo compra que va creciendo de forma exponencial.

No me apetece volver a dejar en manos de Google y sus anuncios el mantenimiento del blog. Así que si os apetece colaborar en mantener esto, ya sabéis…

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

En el ámbito educativo tenemos terraplanistas por convicción. Personas a las que puedes dar los datos e investigaciones, efectuadas por entidades independientes, que quieras y que, curiosamente, van a negarse a reconocer la veracidad de los mismos.

Fuente: Lyas Lawrence

Ya puedes dar los datos del Ministerio en bruto acerca de la distribución de alumnos entre centros públicos y privados-concertados, según procedencia o NEE (necesidades educativas especiales) y siempre va a haber alguien que te los cuestione. Lo mismo sucede con la relación entre fracaso escolar y nivel socioeconómico de las familias. Siempre va a haber alguien que te va a negar la existencia de una relación que, por más documentada que esté, no les interesa.

Si uno cree que la Tierra es plana, ya les puedes demostrar que no lo es No te van a creer por muchas pruebas que aportes. Si alguien cree que se va a curar de un cáncer rezando al unicornio de turno, ya puedes sacarle pruebas acerca de la necesidad de pasar por procesos de quimio o radio ya que va a preferir morir que dejar que su creencia monolítica tenga una simple fisura. Y si pasa por esos tratamientos médicos y se cura, va a decir que ha sido gracias a ese unicornio al que rezaba. Lo mismo para aquellos que creen que una dilución de algo en agua mejora la capacidad de curación del producto. Es que, en esta vida, hay algunos que tienen las convicciones tan arraigadas que es imposible luchar contra ellas.

En educación ya puedes cuestionar científicamente determinadas metodologías que, siempre va a haber alguien que use el estudio del cuñado, rejuntado en sextas nupcias con su hermana, que en una servilleta ha publicado que las inteligencias múltiples existen. Hay mucho creyente en las historias que le cuentan, manipuladas hasta la saciedad pero que, por lo visto, permiten ser contadas de forma muy amena para garantizar la adquisiciencia de quien las recibe.

Una sociedad a la que algunos le están colando que, por hacer una campaña en las redes sociales o change.org, se tiene más razón que los que saben del asunto, ya dice mucho del tipo de sociedad que tenemos. Extrapolable a cualquier otro territorio del globo. Lo de creerse que las vacunas son sistemas de control de la CIA, existen alienígenas en Roswell y que hay remedio para la calvicie, ya es algo que clama al cielo. Ídem para aquellos que creen que jugando en alguna de esas casas de apuestas, con tantas luces, que se están montando últimamente en muchos barrios marginales, va a salir de la pobreza.

Uno no es más o menos terraplanista por tener un título universitario en su poder. Uno es más o menos terraplanista por dos motivos: necesidad de creer en ciertas cosas o, simplemente, porque son incapaces de analizar las pruebas de forma objetiva. Y ahí nadie puede hacer nada.

Un detalle… todos tenemos algo de terraplanistas pero, por suerte, el porcentaje de esa tara, es bastante reducido en la mayoría. O eso quiero creer 😉

Algunos aún estamos esperando, que ese que vende hierbas que eliminan el Ébola, se vaya a alguno de esos países con epidemia del asunto para solucionarles la papeleta. Seguiremos esperando.

Empieza a ser preocupante que en ámbitos donde, lo que debería primar es la evidencia científica o, en caso de no ser posible, el sentido común, empiece a desembarcar con fuerza un movimiento de adoración a las pseudociencias. Lo que antes era exclusivo del ámbito sanitario, con la irrupción y expansión de homeopatía, sanación por rezos o, simplemente imposición de manos, ha llegado al ámbito educativo. Y no, no ha llegado de la mano de personajes dedicados a vender el producto. Ha llegado de la mano de docentes que, día tras día, están con los chavales, que avalan y usan esas pseudociencias en sus aulas. Algo preocupante por lo que implica. Más aún sobre la afección de dicha aplicación sobre los chavales, usados como conejillos de indias y, por qué no decirlo, objeto de experimentación para el que ni los padres ni los propios niños han prestado autorización. Una cosa es comprar homeopatía o determinados productos con el dinero de uno, la otra es que te la den en tu centro sanitario y pagarla con el dinero de todos. Pues eso es lo que sucede en el ámbito educativo últimamente. Gran profusión de pseudociencias, elevadas a dogma de cientifismo absoluto y, por desgracia, sin nadie que les pare los pies.

Ayer mismo, de nuevo se mediatizaba por parte de los medios las bondades del mindfulness y uno, al que le gusta leer de todo y saber qué se cuece en el ámbito educativo, se va directamente al enlace para leer la noticia. En primer lugar ya debería chirriar a alguien con sentido común que explique dicha técnica una directora y docente en el arte de la Realidad. A ver, ¿a nadie le suena raro lo anterior? ¿Pero qué demonios nos están vendiendo? ¿Arte de la Realidad? Por favor…

Pero no nos quedemos con lo anterior que ya debería servir para descartar la información. Vayamos a alguna de las afirmaciones que nos vierte en el artículo. Afirmaciones acerca de los beneficios del mindfulnes, ampliamente demostrados por numerosos estudios científicos de los que, a día de hoy, no he visto ninguno que haya aportado ningún defensor de esa técnica realizado por investigadores independientes. Bueno, alguno he visto pero, debo tener la mala suerte de haberme leído exclusivamente alguno de los que relacionan el mindfulness con una reducción de la esperanza de vida de pacientes con cáncer. Seguro que ha sido mala suerte y que Google conoce mi sesgo ideológico. Seguro que es eso.

Sinceramente, creo que afirmar lo que dicen muchos de los defensores del mindfulness de forma repetitiva y acrítica, plasmado en la siguientes líneas es peligroso, insensato y, cómo mínimo, muy poco serio.

«el mindfulness ha demostrado tener un efecto importante sobre el cerebro infantil. Numerosos estudios realizados en escuelas de todo el mundo prueban que los niños que siguen los principios del mindfulness son más capaces de gestionar situaciones de estrés y de ponerse en el lugar de los demás, tomando decisiones más conscientes en lugar de dejarse llevar por las emociones conflictivas, ya que parten de una base más tranquila. Esta práctica aporta una nueva manera de atender y mirar la realidad: despierta la curiosidad, el asombro y la concentración de los niños mediante la atención a lo que está ocurriendo en su mundo interior y exterior».

No, no ha habido ningún tipo de estudio sobre la relación del cerebro infantil con el mindfulness, no mejora la atención y, sinceramente, eso del mundo interior suena mucho a mantras repetidos desde la saciedad de personajes cuya única base científica es la fe absoluta en que algo va a funcionar. Y, es por ello que deberíamos tener mucha precaución antes de implantar lo anterior. Precaución que, por lo visto, debe aplicarse a la hora de llevar a tus hijos al aula no sea que se encuentren con algún docente capaz de decir lo siguiente sin inmutarse ni caérsele la cara de vergüenza.

Fuente: Twitter

Sí, lo estáis leyendo bien. Defendiendo las pseudociencias o cualquier práctica que pueda implementarse en los centros educativos (no lo olvidemos, sobre los alumnos y sin el consentimiento de los padres) bajo el supuesto que va a obtener resultados si se aplica con convicción. La verdad es que algunos hemos intentando convertir el agua en vino, prometo que aplicando mucha convicción y, sinceramente, no hemos tenido resultados. Supongo que no todos debemos servir para ello 🙂

Os recomiendo encarecidamente que echéis un vistazo al siguiente artículo sobre el mindfulness de Eparquio Delgado. Muchísimo más serio que lo que se dice en los medios o defienden algunos que, lamentablemente, están en nuestras aulas experimentando determinadas cosas.