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Podemos sustituir fácilmente el titular por cualquier otro tipo de profesión y, el enunciado podría ser fácilmente extrapolable. La profesión de uno no tiene, a priori, mucho que ver con la cultura que se posea.

Hace unos días hubo una frase en una conversación que se me quedó grabada. La frase era… “es maestro, normal que sepa tanto de todo”. La verdad es que, una vez en frío, me puse a analizar la atribución de dicha frase. Una frase de la que se infería que alguien, por el simple hecho de pertenecer a una determinada profesión, ya se daba por hecho que tenía unas determinadas características. Una frase que, por desgracia, se atribuye a demasiadas profesiones o actividades profesionales que, a posteriori, pueden no resultar del todo ciertas.

Fuente: http://doggshiphop.com
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No creo en la extrapolación de una profesión para imbuir al profesional que la realiza de unas determinadas capacidades y/o habilidades. Menos aún me sirve otorgar desde un apriorismo facilón la cultura a todos los maestros que se hallan trabajando en nuestras aulas. No creo que pueda realizarse. Bueno, más bien estoy convencido de que dicha atribución, en parte, es totalmente falsa y no concuerda con más realidades de las que nos gustaría.

En mi vertiente profesional conozco a docentes (y ya, a diferencia del titular, amplio el ámbito laboral a todas las etapas educativas) que cuando escriben cometen multitud de atropellos ortográficos. Atropellos que, por desgracia, en ocasiones no son errores puntuales y son un simple reflejo de su cultura. Sí, hay docentes que no leen. Hay docentes que no han abierto un solo libro en los últimos años. Docentes que, por desgracia, también son incapaces de coger el periódico que llega a los centros o abrir una triste página de navegación para saber qué ha pasado en las últimas horas.

No estoy hablando de conocimientos excelsos. Estoy hablando de una simple base cultural porque, no es sólo la ortografía, es algo mucho más amplio. Desconocimiento de países europeos, incapacidad manifiesta de responder a cuatro cuestiones básicas acerca de la historia de nuestro país, problemas en la resolución de operaciones matemáticas sencillas e, incluso, imposibilidad absoluta de gestionar sus asignaturas sin la ayuda del libro de texto. Sí, por desgracia estoy convencido de que si elimináramos de la ecuación educativa el libro de texto habría algunos docentes en nuestro país incapaces de impartir su propia asignatura.

Podría seguir con la cantidad, más grande de la que parece, de docentes que se atiborran de Sálvames, Grandes Hermanos y similares, de docentes que creen en los peligros del wifi que les han vendido algunos tertulianos e, incluso, de los que defienden la homeopatía como solución a todos los problemas médicos. Bueno, y si ya entramos en el tema de creencias, realmente me gustaría saber cuántos docentes han llamado a programas del tarot o creen en seres mitológicos.

Me da la sensación que, en ocasiones, al igual que sucede con las máximas que aplicamos sobre nuestros alumnos de forma indiscriminada, hay una percepción social acerca de determinadas atribuciones, sin ningún tipo de comprobación empírica, que se aplican sobre colectivos profesionales como puede ser el de los docentes. Y, por desgracia, creo que, asociar profesión con cultura u otros aspectos, es algo totalmente falso.

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Fotografia del documental “La Escuela fusilada”

Lo que dan de sí algunas cervezas, charlas con excelentes profesionales y entornos más que agradables. Muchas ideas con ganas de verterse en unas líneas para exponer diferentes argumentaciones, muchas veces con hilo conductor difuso, relacionadas con el mundo educativo. Este es el caso que nos ocupa. Una charla que empezó hablando de los déficits de formación de los futuros maestros en sus estudios de grado y, la necesidad inmediata de proceder a una reformulación de su temario. Una reformulación que, a mi entender, debería conducir hacia la extinción de todas las Facultades de Magisterio de nuestro país.

No empecemos con esa tendencia personal a maximizar en las primeras líneas de mis artículos. Desglosar las razones que llevan a tamaña incontinencia verbal es algo que conviene analizar antes de proceder, siempre en libertad de conciencia de uno, a criticar una posibilidad planteada en estas líneas en formato digital.

¿Es realmente necesaria la titulación en Magisterio para ser maestro? ¿Existen unos planes de estudio adaptados a los requisitos que supone uno de los trabajos más exigentes (a todos los niveles) y con mayores repercusiones en la sociedad? ¿Hay espacio para tanto maestro que, después de titular, se ve obligado a comerse los mocos trabajando de cajero en un supermercado? ¿Quién decide y cómo la profesionalidad que va a tener ese titulado universitario? ¿Es mejor maestro el actual, con planes de estudio reglados y de cada vez mayor duración (ahora los grados duran cuatro años) que los maestros de la República que, tan sólo disponían de estudios medios y herramientas limitadas? ¿Qué competencia adquieren durante los cuatro años de formación que les pueda ser de utilidad cuando se encuentren delante de más de veinte niños entre cuatro paredes? ¿Qué competencia TIC adquieren en unos planes de estudio cuya capacitación en nuevas tecnologías no llega, con suerte y previendo que el alumno escoja libremente alguna de las asignaturas optativas relacionadas con el siglo XXI, al uno por ciento del temario?

No es mejor maestro el de antes que el de ahora. No es mejor maestro el de ahora que el de antes. El buen maestro nace por azar y se cuece en el aula. Un aula que, por cierto, más allá de una estancia en un colegio para hacer unas prácticas para cubrir el expediente (y no lo digo yo… lo dicen los implicados en los dos extremos de la balanza: estudiante y mentor), desconocerán hasta el momento en que entren mediante una bolsa de interinos, una contratación a dedo (centros concertados y privados) o unas oposiciones para filtrar con un filtro más que cuestionable.

Hablar de cambios educativos y no cambiar la formación inicial del futuro maestro es estar abocados al fracaso. Mantener prácticas que no funcionan, que se repiten hasta la saciedad y que, una vez ejecutadas, liberan de responsabilidad al que las perpetra es algo punible. Punible por las consecuencias; punible por el despropósito.

¿Por qué no plantear un modelo de selección de futuros maestros sin formación en competencias que ya deberían tener asumidas al acabar bachillerato? ¿Por qué no plantear un modelo de forja de maestros dentro de las aulas? ¿Por qué no seleccionar a “los mejores” para que entren en el sistema? ¿Por qué no dejar que los futuros maestros experimenten diferentes modelos educativos? ¿Por qué no impedir que pierdan el tiempo cuatro años escuchando cómo deben de hacer las cosas en una Escuela por parte de muchos profesores de Universidad que siguen pensando que el aula no ha evolucionado en las últimas décadas? ¿Por qué no aprender de los mejores? ¿Por qué no aprender del maestro como aprendices?

No hagamos memorizar pedagogías a ritmo de listas de reyes godos infumables. No enseñemos a hacer desde unas hojas, portátil o tableta. No montemos un entramado de infraestructuras y burocracia alrededor de una tarea tan sensible. Creemos maestros desde la praxis. Hagamos acompañamiento. Reformulemos el sistema. Fusilemos Magisterio.