No pido permiso para pensar, ni para escribir… y menos para no hacerlo de lo que otros esperan que haga
Uno de los mayores placeres que tiene escribir, cuando no lo haces por encargo, cuando no hay un nadie respirándote en la nuca o un algoritmo exigiendo rendimiento por palabra clave, es precisamente eso… que nadie puede decirte de qué tienes que hablar. O bueno, sí pueden. De hecho, lo hacen bastante. Hay una fauna…
