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dar clase

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No es lo mismo grabarse uno un vídeo y publicarlo en YouTube, exponiendo determinados conceptos, que dar clase en un aula con alumnos que interrumpen, preguntan, se mueven e, incluso, a veces te boicotean la clase. No tiene nada que ver tampoco dar clase en un cole guay de un barrio “de esos bien”, que hacerlo en un cole de zonas marginales. Los alumnos no son iguales y, la metodología que puede funcionar en el cole guay puede ser un desastre en el otro. Y al revés.

Fuente: Flickr CC

Para dar clase por YouTube se necesita más que un equipo de grabación. No es fácil hacerlo y, por mucho que podamos criticar el modelo, hay muchos a los que nos costaría (o, directamente nos sería imposible) ponernos delante de una cámara y empezar a llenar una pizarra en frío. Reconozco que debe ser complicado. Más aún porque desconoces totalmente las situaciones de quienes están tras la pantalla y, al final, el feedback personalizado es totalmente inexistente. Si uno es profetuber, al final lo que le importa es la transmisión unidireccional porque, salvo un porcentaje muy mínimo de comentarios en los vídeos (muchos de los cuales se dedican a dar un simple gracias o a hacer alguna “troleada”), no hay interacción.

Dar clase en un aula es algo totalmente diferente. Incluso dar clase en un primero de ESO o un segundo de Bachillerato tiene diferentes casuísticas. Además, seamos sinceros, no hay una metodología única y/o válida para lidiar con los alumnos. Por eso no entiendo a aquellos que antes de conocer a los alumnos planifican la metodología que van a usar. Una metodología que, por el esfuerzo que ha supuesto para el docente planificarla, hace que demasiados docentes la primen por encima de la necesaria adaptación al alumnado. Si la metodología que has pensado no funciona, mejor cambiar a otra antes de continuar a sangre y fuego con la misma.

Estoy convencido de que muchos profetubers serían incapaces de lidiar en el aula con alumnos. Y, como he dicho antes, creo que tampoco todos los docentes de aula servirían para dar clase en frío delante de una pizarra y un equipo de grabación. Son dos modelos diferentes de “dar clase”. Lo mismo que si comparamos dar clases particulares de repaso a un alumno con dar clase a treinta adolescentes. Nada que ver.

Al igual que a mí me costaría dar consejos a uno que graba vídeos por internet explicando ciertas cosas, me gustaría que algunos de esos que hacen esos vídeos (más o menos interesantes y/o didácticos) se abstuvieran de decir cómo debe darse clase en determinados grupos. No es cuestión de no valorar su opinión pero el sesgo que se puede dar a su visión es demasiado grande. Por cierto, tampoco me vale el absolutismo pedagógico de algunos que nunca han dado clase en ningún formato.

Cuando alguno de esos profetubers den clase a un grupo de FP Básica o PMAR, si queréis hablamos de tú a tú. Ídem en sentido contrario. Puedo cuestionar el contenido de los vídeos o su calidad pero, lo que jamás voy a cuestionar es el valor que tienen algunos de explicar en frío. Algo que, al menos en mi caso, sería incapaz de hacer porque, sinceramente, a mí lo de explicar cómo me bebo la horchata y las características organolépticas que ha de tener, prefiero hacerlo rodeado de gente. Es una de mis múltiples manías 😉

Dar clase por YouTube no es lo mismo que darla en un aula. A ver si algunos se enteran de una vez. Me conformo con que entiendan esa diferencia. Ya veis que pido cada vez menos.

No me cabe en la cabeza que los docentes del Yonatan y de la Jessi crean en influencers. No creo que nadie, de esos que tantas recetas mágicas proponen desde maravillosos púlpitos, tenga la habilidad suficiente para lidiar con Yonatans y Jessis. Eso lo hace un docente, sin más ayuda que la paciencia que algún ser sobrenatural le ha dado. Y, a veces, ni con esa ayuda es factible dar clase en determinados grupos o, a determinados Yonatans y Jessis.

Fuente: http://diaridigital.urv.cat

El docente es un influencer nato. No tiene ningún sentido despreciarse y creer que alguien, sin ningún tipo de experiencia con Yonatans y Yessis, sabe más que tú de dar clase. Ya está bien de hacer apología de libros de autoayuda, vendedores de recetas milagrosas y gurús de chupa de cuero. La clave es el aula y, sirviéndote todo lo que se pueda aprender de terceros, jamás conviene despreciar el trabajo fundamental que uno realiza. Y dar clase es la clave. Lidiar con grupos complicados te convierte en el verdadero influencer porque, ¿alguien cree que un vídeo edulcorado acerca del asesinato ritual de la creatividad por parte de los docentes te va a ayudar a dar clase en primero de ESO G? Pues va a ser que no. Si ya es complicado dar clase en grupos sin alumnado disruptivo (o tocapelotas, para ser menos fino), imaginaos en clases de alta complejidad plagadas de alumnado con NEE, sin ninguna referencia en sus casas o, simplemente, pasotas adolescentes. Qué no. El influencer no es el del vídeo.

Ahora empieza a apretar el calor. Todo el pescado está vendido por unos y comprado por otros. El tocamiento de genitales (sean masculinos o femeninos, en cualquier etapa de maduración) dará sus resultados, directamente proporcionales del asunto y tiempo. Aún así muchos docentes se seguirán hoy, mañana y pasado, dejando la piel en sus aulas. Pasarán, si tienen dos dedos de frente, de métodos grandilocuentes y mediatizables, a algo mucho más terrenal. Intentarán que, como mínimo, alguno de esos Yonatans y Jessis consiga salir adelante. Y que salga uno de cada cien ya es un éxito. Solo que uno pase por tus manos y consigas decir, al cabo de los años, al verle trabajar y formar una familia, que tú fuiste parte de eso (aunque sea ínfima) ya te alegra. Eso es la clave de todo. El Yonatan y la Jessi.

El Yonatan y la Jessi no van a congresos educativos. No les da clase Ken Robinson, ni ninguno de esos otros que salen tanto en los medios y llenan auditorios. El que les da clase es un docente de a pie. Uno que no cuenta con más ayuda, en ocasiones, que una tiza de esas que, curiosamente, desaparecen antes de dar clase en el bolsillo de alguno de los mencionados anteriormente. Es muy complicada la profesión. No es nada fácil. Por cierto, leer el libro de texto está impedido por el propio contexto. Así que, vamos a decir las cosas claras… el docente es un personaje activo por defecto. Más aún en centros multicolor. De esos que se agradecen porque, a veces, la monocromía resulta muy aburrida y muy poco representativa de la realidad.

Un post para agradeceros a todos mis compañeros “de obra” lo que estáis haciendo. Quizás algunos lo hagáis mejor, otros peor y, siempre queda la mención de aquella minoría que entran en el porcentaje de vagos y maleantes que todas las profesiones tienen por defecto. Eso sí, vuestro trabajo es fantástico. Ya queda nada. Por suerte tendréis cuatro meses de vacaciones en nada. A lo mejor son menos pero, para mí como compañero -actualmente en barbecho y padre, sois los verdaderos influencers y os las habéis ganado a pulso. Gracias.

Ayer me surgió una duda en esos debates que, a menudo mantengo en Twitter con otros docentes. En este caso concreto acerca de la acepción que debería darse a la cuestión de “dar clase”. Dentro de un diálogo donde se empezó hablando de los libros de texto, pasando por la necesaria confección de los mismos por parte de los docentes (no, no es algo que defienda yo, ni mucho menos), llegamos donde se afirma tajantemente que algunos acostumbran a dar clase en el aula, de lo que se puede inferir que lo que, por desgracia hacemos algunos, no es para lo que nos pagan.

Fuente: Twitter
Fuente: Twitter

Eso me lleva a la reflexión acerca de qué supone dar clase. Dar clase, ¿es seguir una programación diseñada a principio de curso sin tener en cuenta las características del alumnado? ¿Es plantear la concepción de docente que imparte sus contenidos procurando preparar a los alumnos para ir quemando etapas -pasar exámenes- a lo largo de su escolarización? ¿Es usar unos materiales propios o de terceros y unas metodologías que permitan que sepan mucho de nuestra materia? La verdad es que da la sensación que algunos tengan esa idea de lo que supone dar clase. Una versión, para mí, tan válida como cualquiera del concepto.

Yo me pregunto… ¿los que movemos bibliotecas en nuestras horas lectivas, pintamos con nuestros alumnos un aula vacía porque no tenemos dónde ponerlos, pasamos cables, montamos elementos multimedia, montamos armarios e, incluso, nos permitimos el lujo de llevar a los chavales a que gestionen un huerto escolar, estamos dando clase? O, ¿quizás estamos cometiendo el grave pecado de considerar la docencia como una estrategia para que nuestros alumnos aprendan y que puedan desenvolverse en la sociedad al margen de tanto determinismo absoluto acerca de qué hacer y cómo hacerlo? La verdad es que después de dieciocho años no tengo ni idea de dar clase. Sí, puedo sentarme en una silla, dar vueltas por el aula, escribir en la pizarra o proyectar determinados PowerPoints y jugar a ser un buen docente que da clase pero, sinceramente, lo anterior que he hecho en ocasiones -y no pocas al principio de la profesión- me aburre. Me aburre soberanamente no poder pasar de las clases para hablar de cosas que están sucediendo en nuestro contexto, contar chistes malos e, incluso, no poder decidir cuándo y cómo hacer las cosas porque me lo marca una programación que a la semana de dar clases ya está obsoleta.

Creo que por suerte la acepción de “dar clase” es personal e intransferible. No creo que quienes están en el aula quieran o queramos hacer lo peor para nuestros alumnos; creo que todos nos adaptamos y configuramos nuestra actividad docente a lo que nos dicta la heterogeneidad de nuestros alumnos y a nuestra concepción educativa. No creo que sea malo dar clase de una manera u otra y, estoy convencido de que la inmensa mayoría de docentes lo hace con las mejores intenciones posibles. No sé si yo suelo dar clase, lo que sí que sé es que me lo paso bien y lo hago de esta manera por el bien de mis alumnos.

Vosotros, ¿qué entendéis por dar clase? Yo, como habéis podido comprobar, estoy muy perdido en la respuesta.