¿Y si empezamos a devolver al personal a las aulas?

A veces un simple tuit da para reflexionar acerca de algunas cosas. Éste es el caso del siguiente tuit, vertido ayer por la cuenta de Twitter de los responsables de la Unión Sindical de Inspectores de Educación (USIE) acerca de su excelsa función al pedir respeto a la administración educativa por ser el “culmen de la carrera docente”… y me puse a reflexionar sobre el asunto.

Fuente: Twitter

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Más allá de cuestionar el modelo de inspección, el sistema de acceso endogámico mediante la asignación de plazas “de inspectores accidentales” por criterios bastante poco transparentes que, en un futuro, les permiten optar a plazas definitivas por ya haber estado trabajando así o, de la por desgracia, politización del cuerpo amén del, cada vez mayor alejamiento de las aulas y los docentes que están en ellas, me puse a reflexionar acerca de todo lo que supone permitir a docentes que puedan salir de las aulas a perpetuidad. Sí, no me gusta nada el modelo de promoción profesional cuyo único objetivo sea alejar, en ocasiones definitivamente, al docente de su tarea. Y su tarea no es estar en un despacho leyendo normativa o visitando a los centros pidiendo documentación, incapaz de leerse nadie en cien vidas.

Pero no son sólo los inspectores. Son los asesores de los centros del profesorado, los que están en las Consejerías o el Ministerio diseñando planes educativos que llevan décadas fuera de las aulas. Incluso, incorporaría a lo anterior a aquellos representantes sindicales de pata negra que, por desgracia, controlan sus entramados. Sí, hay liberados sindicales que llevan más de veinticinco años sin pisar el aula. Una auténtica aberración.

Y todo lo anterior sin olvidar a los cargos directivos de los centros que, por desgracia, debido a la longevidad de sus mandatos acaban convirtiendo sus centros en unos cortijos donde lo único que les falta es proceder a ir al notario para que les otorgue la escritura de propiedad de los mismos.

No, no me gusta que haya docentes que puedan salir del aula sin límite temporal. No me apetece que, cargos que supuestamente deberían ayudar a la mejora educativa, se conviertan, por motivos obvios, en lugares donde lo único que se sabe de las aulas es lo que les cuentan terceros. Y eso, con suerte de que quieran escuchar a esos terceros. No, tengo claro que debería limitarse el tiempo que uno está en inspección, en un equipo directivo, de asesor, de liberado sindical o de cualquiera de esas figuras que se usan para justificar la deserción de la tiza. Sí, una cosa son los que ocupan temporalmente esas asesorías o cargos y, otra muy diferente, aquellos que hacen del cargo su modo de vida y cuyo único objetivo es aferrarse a él para no volver a dar clase.

Creo que uno de los cambios imprescindibles, muy económico ya que no implica una mayor dotación de recursos, que debería hacerse por parte de la administración es limitar la salida del aula de los docentes. Limitar el tiempo en que uno puede ser inspector, director, jefe de estudios, asesor o liberado sindical si quiere seguir trabajando para los ciudadanos porque, si uno lo único que persigue es que le paguen de por vida por ofrecer un servicio que se aleja de la docencia directa debería ser expulsado del sistema. ¿Radical la propuesta? No, simplemente un sistema que, a mi entender, mejoraría la situación en los centros educativos porque, no es la misma preocupación la que tiene uno que va a volver a las aulas para que funcionen las cosas que uno que ya sabe que nunca va a volver. Y el ejemplo que dan para los docentes de aula al ver esos, mal llamados escaqueados por la mayoría de mis compañeros, es totalmente nefasto.

¿Por qué no establecemos un límite temporal de seis a ocho años para el alejamiento de las aulas? ¿Por qué no hacemos que los inspectores vuelvan a las aulas de forma paulatina y se renueve completamente un cuerpo demasiado burocratizado y politizado? ¿Por qué no impedimos que los asesores renueven por décadas? ¿Por qué no impedimos lo anterior, añadiendo un pequeño redactado en el estatuto público de la función docente, en el que diga que nadie puede estar, de forma seguida fuera de las aulas más de un determinado número de años? No es tan difícil y conseguiríamos algo muy interesante, más allá de lo positivo que tendría para esas personas que están fuera del aula volver a saber qué pasa en la misma,  que es airear determinados lugares que, por desgracia, están demasiado llenos de moho.

Entonces, seguro que alguno me preguntará… ¿y qué hacemos para promocionar al docente si le eliminamos la posibilidad de acceder a inspección o a otros cargos en los que se sube de nivel salarial? Pues establecer una carrera profesional en condiciones, con una evaluación del trabajo realizado (no politizada porque, si eliminamos la permanencia ad eternum de determinados cargos educativos ya eliminamos dicho factor) que permita ir adquiriendo determinados pluses en función de las etapas que vaya superando. Un sistema de promoción que tendría mucho que ver con la disponibilidad del docente en asumir cargos unipersonales, realizar su propio material para el aula o, adquirir una mayor formación -no vía cursillos de valor más que cuestionable- para su mejora profesional. Formación que ya empieza a ser hora que asuma la administración de turno.

Sin más, ya que me empiezo a ir por los cerros de Úbeda dejo, como siempre, las reflexiones a vuestra disposición para cuestionarlas o abrir un debate de esos que, si no se derivan a cuestiones personales, pueden ser bastante interesantes.

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