… y a las tres semanas me apetece reflexionar en voz alta

Se cumplen tres semanas de confinamiento dentro de un estado de alarma, aprobado y gestionado por un gobierno que, al igual que han hecho todos los gobiernos de todo el planeta, ha ido tomando decisiones sobre la marcha. Ya sé que no es excusa pero, al final, es que da la sensación que todo el mundo sepa qué hubiera hecho en la situación actual. Y, sinceramente, permitidme que me ría. Nadie tiene ni pajolera idea de cómo gestionar esto. Ni los gobiernos de derechas, ni los de izquierdas, ni los regímenes totalitarios, ni una democracia más o menos imperfecta. Nadie. Eso sí, de epidemiólogos de salón y expertos en salud pública desde detrás de sus ordenadores tenemos legión.

Fuente: Pixabay

Se han compartido miles de bulos por las redes sociales. Se ha visto a defensores del liberalismo y la privatización de los servicios públicos defendiendo, a capa y espada, la sanidad pública y el trabajo de los cuerpos y fuerzas de seguridad. Ha desaparecido completamente cualquier discurso de “si esto hubiera sido privado hubiera funcionado mejor”. Es que, al final, los hechos son indiscutibles. Mientras los hospitales privados, que hacen negocio con uñeros, despiden a personal sanitario, la sanidad pública se está haciendo cargo de toda la crisis. ¿Aprenderá alguien de lo anterior? Creo que no porque, sinceramente, mucho aplauso pero muy poca gente en las mareas blancas, ni ningún funcionario acudiendo a MUFACE a cambiarse de mutua privada a la sanidad pública. Esperando, no pocos, a que esto escampe para volver a anclarse en el discurso de que lo privado funciona mejor.

También se ha demostrado fehacientemente que, en estos momentos hay gente que hace y es solidaria, mientras que otros se han anclado en la crítica a los que hacen sin hacer, por su parte, nada. Los que hacen y los que critican son prácticamente el mismo porcentaje. No quiero entrar en esos que, curiosamente, solo hacen de boquilla o se dedican a difundir por las redes lo majos que son. Esos personajes están a otro nivel. Los hijos de puta no desaparecen por la pandemia, siguen estando ahí. Las buenas y las malas personas siguen siéndolo. No por un “bicho” cambian de manera de ser. Es que si alguno piensa que esto va a cambiar a alguien, se equivoca. Si alguien piensa que esto va a convertir la sociedad en una sociedad mejor, permitidme que me ría. Por cierto, muchos de los que ahora aplauden, cuando acabe la crisis, van a estar a favor de reducir el salario al personal sanitario. No nos equivoquemos. Eso sí, tampoco quiero entrar en los que están haciendo negocio con el sufrimiento y la crisis sanitaria. No quiero acabar de cabrearme a estas horas de la mañana.

La religión también ha saltado por los aires. Lo único que han demostrado todas las religiones es que están plagadas de una hipocresía absoluta. Mucho rezar pero, a la hora de la verdad, al igual que la homeopatía, uno prefiere tener respiradores y profesionales que le ayuden a superar la enfermedad. Los símbolos sirven de poco. Al igual que sirve de bien poco el agua con azúcar para curar el COVID-19. Es que es de cajón. Sin religión se puede vivir. Lo que no se puede vivir es sin médicos, personal de los supermercados, agricultores, docentes, investigadores, personal de servicios, bomberos, policías, etc. Eso sí, seguid marcando la casilla de la Iglesia. Bueno, o de alguna ONG de esas que, curiosamente, también han desaparecido. Quedan dos o tres que están haciendo cosas. A las demás ni están ni se les espera. Y tanto Iglesia como ONG cobrando jugosas subvenciones del dinero de todos (dinero que, lógicamente si va ahí no va a otros lugares). Al igual que otros chiringuitos que no hace falta mencionar.

Ahora todos defendiendo los impuestos. Acabará esto y se irán a hacer una reparación del coche sin factura y, en la declaración de la renta (que se ha abierto hoy) harán las triquiñuelas posibles para pagar lo menos posible. Sin impuestos no hay servicios públicos. Sin servicios públicos hay más muertos y una sociedad más injusta. A ver si algunos lo entienden de una puñetera vez. Es que defender a ultranza a uno que da veinte cuando ha dejado de pagar cuarenta es, ya el colmo, de la falta de inteligencia. Y para uno que tiene diez dar uno, es ser mucho más solidario que uno que tiene mil y da diez. Es matemática básica.

Ni las banderas -aunque sea poniéndolas a media asta- ni la ideología te hacen salir de esto. No es tan difícil de entender. Eso sí, en un país (extrapolable, por lo que veo, al resto del globo) en el que la discusión más importante, al margen de lo que dicen las fuentes oficiales, es decidir vía cuñado si las mascarillas deben llevarse o no, vamos apañados.

Pero bueno, qué le vamos a hacer. Hoy es sábado y, al igual que ayer, seguimos confinados en nuestras casas porque, por suerte, hay profesionales que saben del tema que son los que toman las decisiones. Y muchos otros que, haciendo un alarde de profesionalidad y sacrificio enormes, se están dejando la piel para que todo funcione.

Un abrazo a todos. De ésta, por suerte, saldremos. A ver si no hay necesidad de reflexionar a los dos meses de confinamiento 😉

No me apetece volver a dejar en manos de Google y sus anuncios el mantenimiento del blog. Así que si os apetece colaborar en mantener esto, ya sabéis…

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Iñaki Murua

¿Reflexionar hoy en voz alta tras tres semanas? Chiquillo, si estás más prolifero, si cabe, que de normal 🙂
Abrazo desde el Botxo.

Héctor

Muy interesante tu reflexión, me gustaría pensar que ante esta situación todos/as queramos mejorar la sociedad y que cada uno/a desee aportar su granito de arena para salir más reforzados/as. Sin embargo, me da la sensación que al acabar él confinamiento todos/as vamos a volver a la rutina, a mirarnos el ombligo y como si no hubiese pasado nada recordarlo como una experiencia más. ¿Cómo podríamos aprovechar toda la energía positiva que se esta generando para impulsar un cambio cualitativo que nos beneficie a todos/as? Realmente me gustaría aportar mi granito de arena para lograr un cambio pero veo que… Leer más »

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