Tranquilos, que yo controlo

¿Cuántas veces habréis oído al amiguete, que siempre controla después del sexto cubata, diciendo que es capaz de llevar su velocípedo -ahora patinete eléctrico molón con luces- hasta su destino sin ningún tipo de percance? ¿Cuántas veces os habéis encontrado con alguna farola con ligera abolladura y amiguetes a los cuales habéis tenido que visitar, con suerte, al hospital por ese “control”? En mi caso, aunque por patinete aún no se ha dado el caso, alguna visita domiciliaria me ha tocado hacer al que lo controlaba todo. Y ello me lleva a trasladar esa argumentación al tema de las apps educativas. Bueno, al tema de las apps y cualquier otro servicio y/o herramienta educativa. Ya, como siempre, barriendo para casa.

Fuente: ShutterStock

Las apps controlan qué y cómo se da clase. No, por mucho que uno crea que las controla, están diseñadas mediante algoritmos desconocidos (o difíciles de analizar para un docente) que permiten guiar que uno haga las cosas de una determinada manera. Además, con el añadido de que la mayoría, como podéis comprobar, generan una adicción entre los alumnos que las están utilizando. Tan solo os pido a aquellos que usáis, por ejemplo ClassDojo o cualquier herramienta de “premios”, reviséis qué sucede con vuestros alumnos: necesidad absoluta de conseguir más recompensas, motivación exagerada y, cada vez una menor capacidad de control ante períodos de inactividad. Sí, es fácil observar lo anterior. Solo hace falta que algunos, que defienden a capa y espada que ellos controlan determinadas aplicaciones, lo quieran ver.

La neutralidad en la tecnología es algo que no existe. Uno cuando navega por internet recibe unos determinados inputs, seleccionados y filtrados, por la propia empresa que gestiona el buscador o el navegador que uno use. Lo de mejorar los hábitos de navegación mediante cookies es, simplemente, otro mecanismo de control más. Incluso estos días se ha confirmado que YouTube va a hacer cambios en sus algoritmos para mostrar contenido más relevante para el usario. Un detalle, ¿quién dice que ese contenido es relevante para el usuario y no para la empresa? ¿Quién gestiona unos algoritmos cada vez más sofisticados que muestran ciertas cosas de determinada forma para que, cada vez uno pase más tiempo haciendo ciertas cosas o navegando por determinados lugares? ¿El usuario? Pues va a ser que, o uno es muy ingenuo, o ya se sabe que no.

Lo comentado anteriormente también se aplica a las herramientas educativas basadas en tecnología. Las apps han venido para gestionar al alumnado y modelarlo de una determinada forma. No hay neutralidad en ello. No hay un buen o mal uso de determinadas herramientas. Hay una mayor o menor crítica acerca de lo que se puede controlar o no. Y, últimamente, por mucho que algunos sigan defendiendo “que no es la herramienta si no el uso que el docente hace de ella”, la realidad es que la herramienta es la que gestiona lo que se hace en el aula.

Claro que nos gusta tener el control. Claro que nos gusta creer que controlamos ciertas cosas pero, lamentablemente, en el caso de las apps educativas -especialmente aquellas que se ofrecen de forma gratuita a docentes y alumnos-, el control que tenemos sobre las mismas es mínimo. Y llevan a resultados que, quizás a corto plazo sean prácticamente indetectables pero que, a medio y largo plazo, conllevarán un modelo social determinado. No, los que tenéis un poco de espíritu crítico sabéis que no estoy exagerando.

Si una app es gratuita para ser usada en el aula, aumenta artificialmente la motivación de los alumnos, genera dependencia y te da la sensación de que la controlas, no te preocupes: el cliente son tus alumnos. Tú, simplemente, un intermediario que se piensa que controla.

No me apetece volver a dejar en manos de Google y sus anuncios el mantenimiento del blog. Así que si os apetece colaborar en mantener esto, ya sabéis…Buy Me a Coffee at ko-fi.com

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