Estar de vacaciones y al margen de todo lo que sucede en el mundo, importándome entre poco y nada qué va a suceder en septiembre con la vuelta al cole, si el Juancar se va o no a la República Dominicana o, si uno es más o menos fachorrón según vote o no a los de Galapagar, no impide que algún amiguete de esos que se han reenganchado a mi nuevo Twitter (sí, @altruista, va por ti) me haga llegar artículos sobre temas que saben que, para mí, con independencia de mi sudapollismo actual, son sagrados. En este caso me ha hecho llegar un artículo de un tertuliano que, por lo visto la única horchata que ha llegado a sus manos es la que le vendían en brick en el súper de la esquina. Eso sí, el artículo te arranca algunas risas y está muy bien redactado pero, sinceramente, peca del típico tertulianismo típico de aquel que considera la paella como un mejunje de arroz con chorizo, guindilla y garbanzos. Creo que se me entiende y, aprovechando que es verano y estoy de muy buen humor voy a hablaros de la realidad de la horchata. Es de lo poco que sé algo en esta vida, a nivel experiencias personales (litros de horchata han entrado en mi cuerpo) y numerosas investigaciones leídas sobre el tema. Sí, cada uno tiene los hobbies que cree que ha de tener. Y uno de los que me quedan en el zurrón, ahora que he dejado por imposible los educativos,  es el de la horchata.

Así que, aprovechando este post, voy a deciros algunas cosas acerca de la horchata. Escuchadme bien porque, aunque sé que no tengo la misma relevancia que alguno de esos que escribe en ciertos lugares, lo que voy a contaros es algo muy serio. Muy serio por lo que implica y, a diferencia de los vendechufas prime time, que acaban comiendo chochos mientras se aderezan la ensalada con el potorro, voy a pontificar sobre el asunto… ¡porque yo lo valgo!

En primer lugar lo que venden en el supermercado no es horchata. Repito, ¡no es horchata! Al igual que vuestro cuerpo en verano dista mucho de ser tan fantástico como os lo imagináis, lo que pasa por un proceso UHT deja de ser horchata. Es agua, azúcar y un poco de chufa para disimular. A ver si os miráis los ingredientes y ponéis un poco de sentido común al asunto. Pasar por ese proceso de carga todas las propiedades organolépticas de cualquier brebaje. Podéis encontrar algún sucedáneo pasteurizado en la zona de refrigerados pero, de todos los supermercados que he ido en los que he comprado lo anterior, puedo aseguraros que es un mejunje vomitivo.

Un detalle, decir que no os gusta la horchata porque habéis comprado la de Hacendado o la de Consum, no me sirve. No habéis bebido horchata en vuestra vida. Así que, al igual que los que compráis eso que venden como mousse de pato a menos de dos euros y pensáis que estáis comiendo foie… ¡y una mierda! ¿Se me entiende?

Hablando de mitos y de lo que venden como bebida afrodisiaca, debo deciros que bebiendo horchata se te empalma tanto o tan poco como sin beberla. O, simplemente, tienes las mismas ganas o las mismas pocas que sin ingerir ese oro blanco. Queda muy bien sacar que todo es afrodisiaco pero, vamos a ser sinceros, uno folla lo que puede, lo que le dejan o lo que tiene ganas, con independencia de los litros de horchata que se ha metido en vena. Ergo, la horchata no es afrodisiaca. Y la arginina que lleva, lo único que hace, es el efecto contrario de la que hay mezclada en muchas pastillas de ibuprofeno: darte dolor de cabeza. Por desgracia, beber mucha horchata produce dolor de cabeza. Digo mucha y de forma muy continuada.

Y no, los aparatos del Lidl para hacer horchata no funcionan. Tampoco el hacer artesanalmente horchata te da buenos resultados. Os lo dice alguien que sabe y lo ha intentado con todos los aparatos posibles y, teniendo en cuenta todos los ingredientes. Añado, la horchata vegana no es horchata. Añado, ser vegano no es sano. Salvo que seas como esa influencer que iba de vegana a la que pillaron comiéndose unos buenos entrecots.

¿Tema azúcar? Va, voy a hacer un guiño a esos tipos que consideran el azúcar peor que el coronavirus. Sí, la horchata lleva azúcar, no en una proporción excesiva pero sí que podría reducirse (la industrial para los súpers, lleva más azúcar que lo recomendado). La horchata sin azúcar se deja beber pero, al igual que los que beben esa mierda de cerveza 0,0 (yo soy uno) ya sabéis qué se pierde en el camino.

Finalmente algunos mitos interesados de la horchata: no reduce el colesterol ni hace más colesterol bueno (¡qué manía con el tema de colesteroles buenos y malos!), al ácido úrico le es indiferente que bebas veinte pozales de horchata o ninguno y, sinceramente, para quedarse embarazada es mejor follar mucho e ingerir cosas que te recomiendan los ginecólogos que beber horchata. Bebiendo más horchata ni te vas a quedar embarazada antes ni tampoco va a venir tu retoño con un kilo de chufas bajo el brazo.

Así que, en estas líneas tenéis la realidad de la horchata. Y si aún así queréis seguir haciendo caso de los típicos artículos escritos por alguien que, como mucho olió en su juventud leche de almendra pensando que era horchata, es vuestro problema. Cada uno se cree y cree en lo que le da la gana. Solo faltaría. Si no fuera así, no nos pasaría lo que nos pasa porque, sinceramente, viendo la cantidad de gilipolleces que se creen algunos, creo que aún nos pasa poco.

¡Bebed horchata! No dejéis que os lo cuenten ni tengáis ideas preconcebidas. No es horchata todo lo que reluce pero, en cambio, sí que casi todo lo que reluce es horchata 😉

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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