Tag

tiempos

Browsing

No hay nada peor que dedicar parte de tu tiempo a analizar o establecer estrategias profesionales cuyo sentido no ves claro. Seguro que más de uno puede contestarte que “todas las propuestas educativas deben analizarse”, que “todos los docentes debemos aportar propuestas en las cosas que nos afecten” o, incluso, el conocido con más mala folla puede espetarte un “a ti lo que te pasa es que no tienes interés en la mejora educativa”.

Pues bien, lamento informar a cualquiera que crea en la necesidad de realizar esfuerzos a elevado coste para justificar que terceros tomen una u otra decisión, es algo totalmente prescindible. El esfuerzo de los docentes debería ir enfocado en primer lugar a mejorar sus estrategias educativas en el aula, a formarse para mejorar su profesionalidad y, cómo no, a reconsiderar la profesión como lo que es, aportando su pequeño granito de arena en la mejora global del sistema. Sí, por mucho que nos empeñemos, la vida tiene una carga horaria determinada y, no por dedicar cincuenta o más horas semanales nuestra profesión, vamos a ser capaces de elevarnos a la categoría de magnos docentes. Algo reservado para quien considere su trabajo como su vida o, quizás, se vea obligado por la inexistencia de otro tipo de alternativas vitales, a abocar gran parte de su vida a la profesión.

Fuente: Shutterstock
Fuente: Shutterstock

A mí es que hacer esfuerzos a lo tonto hace muchos años que no me va. Seguro que algunos se preguntarán entonces qué hago escribiendo tan habitualmente en este blog. Pues, sinceramente, me sirve como dietario personal y lo he convertido en un hobby. Hay gente que colecciona monedas o sellos y a nadie se le ocurre cuestionar lo anterior. Pues bien, el esfuerzo que dedico a la redacción de mis posts es un simple divertimento. Y sí, hablo de temas educativos o relacionados con las nuevas tecnologías porque de cocina, moda, fútbol o videojuegos sé poco o nada. Es decir, infinitamente menos que lo poco que sé de los temas sobre los que escribo.

Hay personas que, pasados unos años de nuestra vida, tenemos muy claras nuestras prioridades. Marcamos cada vez menos con boli rojo (o de otros colores para que nadie pueda establecer la relación de ese color con mi trabajo) las necesidades profesionales y más las vitales. Decidimos, dentro de nuestras posibilidades, procurar hacer las cosas lo mejor que sabemos. Participamos en cosas, al margen del trabajo que paga nuestras facturas, que nos gusten o que nos exijan un esfuerzo proporcionado a lo que podemos llegar a obtener. En definitiva, tenemos muy claro que nuestra dinámica es la de prescindir de mediatizaciones educativas o, incluso, de reuniones improductivas relacionadas con nuestra profesión.

No lo sé. Quizás sea un mal docente por, como digo siempre, considerarme exclusivamente un profesional al que le gusta su trabajo que entró en esto por azares de la vida. Un trabajo que me encanta pero con el que, por suerte para mí, jamás voy a casarme.

Por cierto, cada uno es libre de casarse con lo que quiera y dedicar sus esfuerzos a lo que considere necesario. En mi caso hace tiempo que establecí mis prioridades y dejé de esforzarme en cuestiones que denoten una total sensación de inutilidad.

Se afirma que un mono pulsando teclas al azar sobre un teclado durante un periodo de tiempo infinito casi seguramente podrá escribir finalmente cualquier libro que se halle en la Biblioteca Nacional de Francia. En una nueva exposición del mismo teorema, más popular entre los angloparlantes, los monos podrían escribir las obras de William Shakespeare (fuente: Wikipedia). Hay alternaciones en ese teorema… la principal es considerar un número de monos infinitos tecleando un tiempo infinito pero, eso es algo que para la comparación que se pretende es intrascendente.

Fuente: http://www.unocero.com
Fuente: http://www.unocero.com

El teorema anterior es la base del sistema educativo actual. Un sistema con gran amplitud de contenidos a conocer que, mediante la introducción de cada vez más horas, pretende alcanzar la posibilidad que se de un aprendizaje completo de determinadas asignaturas como acto de memorización de las mismas. Lástima que el alumno no disponga de tiempo infinito. Lástima que, al igual que sucede con el pobre mono que se halla tras el teclado, la mayoría de alumnos adquirirán conocimientos que, más allá de números, fechas o elementos, poco sentido van a tener para ellos. Monos amaestrados cuyo sentido existencial es ir repitiendo en el teclado la pulsación de diferentes teclas (llamémoslas asignaturas).

No hay tiempos infinitos. Alargar tiempos de memorización y multiplicar hasta el infinito contenidos dentro de un rango temporal como es el sistema educativo hace que, más allá de obtener al azar algún tipo de resultado, lo único que observemos sea una falta de aprendizajes. Algo que, lamentablemente, se empieza a suplir una vez finalizada la estabulación (tanto obligatoria como postobligatoria). Algo que, mediante las necesidades de la utilidad -que no del paso de hojas absorbiendo datos inconexos que casi nadie les enseña a relacionar-, se aprende una vez incorporados a un lugar donde deban plantearse lo útil frente lo inútil.

Puede ser tan útil o inútil el latín como las matemáticas. El problema es cómo dar ese aprendizaje. El sentido del mismo. La orientación, más allá del establecimiento de pautas estancas de conceptos, letras o números, hacia su utilidad. No es cuestión de la asignatura. Es cuestión de la necesidad de considerarla como finita. Puede haber aprendizaje a lo largo de toda la vida pero las capacidades y habilidades básicas deben asumirse en algún momento en ese tiempo no finito que supone el sistema educativo.

Desperdiciar el tiempo finito manteniendo estructuras de necesario tiempo infinito hace que quizás haya algo que no está haciéndose demasiado bien. Currículums infinitos, temarios repetidos dentro de ese infinito maremágnum de conceptos y, alumnos cada vez más estabulados, hacen que el aprendizaje se resienta. Porque, como decía Baltasar Gracián, “Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo“.

Vuelve la rutina escolar. Despertadores que suenan en la habitación de los chavales, madrugones, ojos legañosos, servicio técnico de desayunos, mochilas, …. Llega la vuelta al cole para la gran mayoría de los alumnos en nuestro país. Alumnos que acuden de nuevo a esa fábrica de ilusiones reconvertida en factoría de diseño único. Alumnos que van a intentar ser tratados individualmente en un sistema cuya máxima es la homogeneización de los mismos.

Fuente: vía Twitter
Fuente: vía Twitter

La vuelta al cole tiene sus frases repetidas hasta la saciedad. Frases que van desde lo cortas que han sido las vacaciones hasta, en las primeras semanas de curso, la más habitual que se escucha en los centros educativos y que vierte parte del profesorado: “es que no se acuerdan de nada”.

Normal. Después de dos meses de desconexión absoluta (más allá de algunos que, por diferentes motivos, han optado por dar beneficio a las editoriales -cuadernillos de vacaciones- o a las academias de repaso para recuperar alguna asignatura) es imposible que nadie se acuerde del sinsentido educativo que supone gran parte del conocimiento (que no aprendizaje) vertido de forma masiva en sus cerebros. Que sí, que ellos también tienen necesidad de desconectar y, como no, de olvidar gran parte de eso tan inútil que se vomita en los exámenes. Que no, que no es ningún delito olvidarse de lo que jamás van a necesitar.

Fuente: Bill Watterson (Calvin y Hobbes)
Fuente: Bill Watterson (Calvin y Hobbes)

Cuando el sistema se basa en errores de concepto como es la memorización sin más, avalado por gran parte de docentes que no quieren perder su parte del chiringuito (léase horas de clase semanales que se imparte de su “imprescindible” asignatura), es que hay mucho a cambiar. Conviene cambiar configuraciones educativas y, como no, la mentalidad de gran parte de la sociedad que sigue considerando a los centros educativos como factorías destinadas a que los chavales asuman miles de datos inútiles. Datos que, más allá del perjuicio que supone su memorización como competencia directa a los aprendizajes básicos e imprescindibles, lo único que hacen es justificar la existencia de modelos de evaluación homogéneos para discriminar a quien no quiera pasar por el aro de un sistema educativo industrial.

Por cierto, para aquellos que sigan defendiendo conceptos de memorización y horas (o años) de estabulación de los chavales en centros educativos tan sólo les pediría que echaran un vistazo al siguiente gráfico y sacaran sus propias conclusiones.

Fuente: The Huffington Post
Fuente: The Huffington Post

Ojalá mis alumnos no se acuerden de ninguno de esos datos irrelevantes que les han ido embutiendo a lo largo de un montón de años de sedentarismo mental. Ojalá.

relojinexorableEn nuestro sistema educativo todo se basa en los tiempos. Tiempos de estabulación en infantil, tiempos de estabulación en primaria, tiempos de estabulación en secundaria, número de horas de matemáticas, número de horas de ciencias sociales, tiempo que dura el patio, horarios intensivos o partidos, etc. Unos tiempos que marcan el devenir de la Educación de miles y miles de chavales que aterrizan en un sistema educativo. Un sistema educativo más basado en la temporalización que en su eficiencia. Tiempos perdidos y gastados en actos altamente cuestionables.

No hay nada en el propio sistema que se individualice más allá de unos tiempos pautados y rígidos. Unos tiempos que, analizados de forma matemática, nos dan un escalofriante baile de horas perdidas (mejor dicho, no ganadas) en un sistema cuya base es la progresión temporal. Progresión, más allá del aprendizaje. Suficientemente dirigida por unos plazos que se deben cumplir. Unos plazos que, sin necesidad de ningún tipo de demostración (léase repeticiones o promociones automáticas por edad) hacen que en algún momento se rompa el equilibrio del alumnado. Un equilibrio siempre al filo de la navaja de unos tiempos que se están demostrando cada vez más inútiles.

Cuando uno habla de la temporización de ciertas actividades educativas comete un error. Temporizar algo a tres, cuatro o a las horas que se decidan es estar abocado al fracaso. Temporizar globalmente es un defecto de forma. De forma y de fondo. No hay dos alumnos iguales por mucho que todo el sistema se empecine en ello. Eso sí, temporizar por exceso, potenciando el aburrimiento, es igual de pernicioso que hacerlo por defecto.

¿Por qué nadie se plantea abrir los tiempos en esa amalgama educativa que funciona a golpe de timbres? ¿Por qué la individualización (o atención individualizada) no incluye diferentes tiempos para alumnos que son tan diferentes entre ellos? ¿Por qué no permitir que uno se tome el tiempo que requiera? ¿Por qué no relajamos parámetros mesurables para obtener resultados atemporales? ¿Por qué no decidirse a romper la dinámica de tiempos y estados?

Los tiempos son peligrosos. Peligrosos y dañinos. Unos segundos que se convierten en minutos. Pasan a horas, días y años. Unos años que se pierden en inconsistencias y cuyos resultados son de lo más triste. Unos años de progresos desiguales. Unos años que, al estar tan pautados, potencian el fracaso. Un fracaso, que en la sociedad donde se van a incorporar “los que hemos ayudado a fracasar”, se va a notar. Más bien se está notando desde hace tiempo. Una sociedad también fracasada en sus tiempos. Una sociedad que sigue manteniendo el mismo error de la Escuela. Una sociedad cuya máxima es el tiempo. Un tiempo mal gestionado y mal consumido. Un tiempo tan escaso, que da pavor ver como se nos va de los dedos. Un tiempo que, desde tierna infancia, nos obligan a desperdiciar.

Por cierto, ¿alguien se imagina que a un médico le dijeran que ha de hacer una operación exactamente en 60 minutos y que, en caso de que en ese tiempo no haya acabado, le obliguen a dejar morir al paciente?