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Siempre que escribo acerca de la concertada, o para ser más exacto, la privada subvencionada con dinero público, hay muchos que me acusan de sectarismo ideológico o ataque a los docentes que trabajan en la misma. No, nunca he cuestionado su profesionalidad, ni tampoco he dicho que los alumnos que están atendidos por dicha red -que no debería existir y que, solo sirve para segregar y que se lucren unos cuantos- no deban estar bien atendidos. Así que nadie vuelva a intentar mezclar argumentaciones.

Fuente: Pixabay

Hoy voy a escribir de un tema controvertido pero, no por ello menos real. El tema de los salarios de los docentes de la concertada y cómo es posible que, con veinte años de experiencia un docente de la concertada haya podido llegar a ganar decenas de miles de euros más que un docente de la pública. No es difícil hacer números pero, en ocasiones, conviene aclarar los mismos.

En primer lugar hay una diferencia importante para entrar de docente en la pública o en la privada (concertada o no). Me estoy refiriendo al proceso de selección, meritocrático y en libre concurrencia en un modelo y, mediante sistemas elegidos por el propietario de los centros eduactivos privados en el segundo. Y ojo, me repito… no digo que el modelo de oposiciones sea maravilloso pero, tanto ese modelo como las listas de interinos se basan en un modelo transparente y con unos criterios públicos.

Además hay otra gran diferencia en la contratación. Un interino de la pública, a los tres años no pasa a ser fijo en la administración, mientras que un docente de la concertada se convierte en indefinido. Sí, una pequeña pero sustancial diferencia que hace que, además de segregar al alumnado (lo dice el Ministerio, no yo), exista una injusticia flagrante en un proceso de contratación opaco y discrecional cuyo pago se hace con dinero del erario público.

Pero vayamos a la cuestión monetaria. A decir cómo he hecho los números para afirmar que, en veinte años, un docente de la concertada va a ganar muchos miles de euros más que uno de la pública. Pues muy fácil de entender si uno ha sido interino, para posteriormente pasar a ser funcionario aprobando unas oposiciones. La gran cantidad de kilómetros que ha tenido que hacer los primeros años en coche, pisos que ha tenido que alquilar y destinos encadenados que, en ocasiones, le dejaban a cero la cuenta corriente. Más del 80% de profesorado de la pública (diría que la práctica totalidad de los de mi generación), los primeros años de profesión (pongamos los primeros diez, aunque en mi caso ha sido alguno más e, incluso a día de hoy sigo sin estar trabajando en mi municipio o a cinco minutos de mi IES -mi plaza, y es un chollo para muchos funcionarios, está a veinticinco minutos de mi casa-) han pagado mensualmente un promedio de 500 euros de su sueldo en gastos asociados a esa distancia (sea pagando un alquiler y/o viajando en vehículo). Si la diferencia salarial de un docente de Secundaria de la concertada frente a uno de la pública es de unos 200 euros (ya contando algún sexenio), ya tenemos que, a lo largo de diez años de promedio, un docente de la pública ha cobrado unos 3000 euros menos/año que sus compañeros de la concertada.

Sí, la mayoría de docentes de la concertada trabajan en el mismo pueblo en el que ejercen su profesión o a distancias irrisorias. Es por ello que, solo contando esos primeros diez años, ya tenemos un montante, tirando muy, pero que muy abajo, de más de 30000 euros de diferencia a favor de los docentes de la concertada. Si contamos que hay muchos que, ni pasados los veinte estamos trabajando en nuestro pueblo, añadiríamos unos 1000 euros más al año por carburante.

Ergo, y haciendo unos números rápidos siendo muy reacios a sumar lo que toca realmente (que es mucho más de lo que os he dicho), nos sale que, en veinte años, un docente de la concertada puede llegar a ganar 40000 euros más que uno de la pública. Cantidad que, según me han dicho algunos (porque éste es un post rumiado desde hace tiempo) puede llegar a doblarse sin decir ningún tipo de mentira.

Así que, por favor, dejemos de decir que en la concertada se cobra menos que en la pública porque, al final, estaremos manipulando la realidad que debería decir “en la concertada se gana más dinero que en la pública” 😉

A nivel personal tengo compañeros que estudiaron conmigo, grandes profesionales en sus centros privados-concertados al lado de su casa, que han podido comprarse un piso gracias a lo que han ganado más que yo. Y no estoy exagerando.

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En muchas ocasiones se me cuestiona mi idea de pureza ideológica cuando hablo acerca de la educación pública y, especialmente, de los profesionales que trabajan ahí. Creo que, más allá del concepto de pureza, uno debería hablar de hacer bien su trabajo, creer en lo que hace e, incluso, plantearse el modelo laboral asociado al servicio público que se representa. Y no, no discuto en ningún momento que uno pueda combinar esa profesión como servidor público con trabajos puntuales en la empresa privada para sacarse un sobresueldo e, incluso, pueda llegar a abandonar el aula para, desde otros lugares con dinero público, seguir relacionado con la educación de forma indirecta (sea, o bien, asesorando o gestionando determinadas cosas relacionadas con los centros educativos, sus docentes o los productos/servicios que se realizan o adquieren por parte de la administración educativa). No, no me parece mal pero…

Fuente: Fotolia CC

Me gusta, como ya sabéis los que me leéis, poner peros. Más aún en algo tan complejo como es la educación pública y los trabajadores públicos porque, no me preocupa que alguien pueda ser mercenario… lo que sí que me preocupa es que dicho mercenario, que cobra del erario público, haga lo posible y se manifieste siempre a favor de cargarse la educación pública. No sé si es ser muy de gilipollas morder la mano que te da de comer o se trata, simplemente, de un quintacolumnista que, por motivos de rédito económico o ideología falta de sentido común, se dedica a torpedear continuamente todo lo que implica su profesión. Uno puede pensar ideológicamente lo que le dé la gana pero, sinceramente, estar trabajando como funcionario, interino o sustituto en un centro educativo público y manifestarse, de forma continua, a favor de la eliminación de ese servicio que se está ofreciendo, cuestionar la necesidad de su propia existencia e, incluso, actuar a sabiendas que lo que hace es ir contra la línea de flotación del sistema demuestra total perversión. No, no es ser purista. Es estar en contra de estos personajes cuyo único objetivo desde dentro y cobrando del erario público es cargarse todo lo público porque qué bonito es poner la mano y empezar a despotricar contra quien te la llena. Si tan mal están trabajando en algo en lo que no creen siempre les queda la posibilidad de largarse a ese sector privado tan maravilloso que defienden, un día sí y al otro también. Curioso que nadie de esos lo haga. Es más fácil ver a docentes de la pública, que optan por irse del aula para convertirse en fantásticos novelistas, crear una empresa relacionada o no con el sector educativo o, simplemente, cambiar radicalmente de profesión por necesidad vital, que jamás critican y más bien defienden la educación pública, que a esos mercenarios sin escrúpulos que hagan lo anterior. Quizás es que su odio a lo público en lo que trabajan también encubre sus limitaciones para no poder irse de ahí. Quizás es que es muy bonito hablar y no dar ejemplo. Quizás es que, al final, no es que sólo sean mercenarios… es que son malas personas y un poco hijos de puta.

Soy de esos que, a finales de agosto, estoy jugando a la lotería por encima de mis posibilidades para no incorporarme el día uno de septiembre a mi centro educativo. No es que no me guste mi trabajo pero, sinceramente, debo reconocer que estoy mucho mejor de vacaciones. Y si pudiera permitirme seguir de vacaciones todo el año, dedicarme a mis hobbies (que tengo, muchos y algunos muy caros) o pasar más tiempo con mi familia lo agradecería. Para mí la docencia es un trabajo. Un trabajo que me gusta y en el que, dentro de mis posibilidades, intento hacerlo lo mejor posible. Otra cuestión sería dedicarme de forma continuada a criticar lo público o la faceta de servidor público que tienen los profesionales de la docencia. Algo que no va conmigo porque, a diferencia de algunos que sí que lo hacen y después no se quejan al ver a finales de mes que el Estado les ha ingresado la nómina, yo sí que creo en la educación pública. No sólo por creer que es el mejor tipo de educación posible. Va mucho más allá de eso. Es tener un poco de sentido común y saber que, al final, los únicos que van a estar ahí cuando haya problemas son esos funcionarios que algunos desprecian desde su condición de funcionarios. Uno se puede identificar con las políticas que uno quiera pero lo único que deberían pensar es… ¿hasta qué punto soy un auténtico hipócrita o falto de habilidades para criticar un servicio público en su concepción cuando estoy viviendo de ello? Algo que, en ningún momento, tiene que ver con la necesidad de cuestionar la gestión del mismo. Ni mucho menos.

Los integristas de lo privado son, curiosamente, quienes más se benefician del dinero público porque siempre es muy bonito ir de adalid de algo cuando uno sabe que tiene las espaldas bien cubiertas. Más aún cuando esos integristas saben muy bien que, lamentablemente, sus capacidades, habilidades o contactos, no les dan para poder moverse en un sector privado en el que, por desgracia, se explota al trabajador en demasiadas ocasiones, se entra a trabajar por recomendaciones o, simplemente, deja tirado en la cuneta a quienes no dicen lo que los amos quieren oír. Por mí tienen la puerta abierta porque, si son tan valientes para criticar la existencia de la educación pública, apuestan tan claramente por la privatización de la misma o por la entrada en empresas en el ámbito educativo, por qué no se largan a probar suerte en ese contexto que tanto defienden. La puerta siempre está abierta para ellos. Seamos claros… la puerta para entrar o salir de lo público jamás está cerrada para nadie.

Dedicado a todos aquellos que sí creen en lo público y que, saben que el hecho de tener buenos servicios públicos, hace que la vida de las personas mejore.

Ayer en la Comunidad Valenciana, una parte de la población -aquella con hijos matriculados en la concertada y el profesorado de ese tipo de centros- se puso en pie de guerra ante la propuesta de la Conselleria de Educación de que esa tipología de centros educativos cumpliera la ley. Sí, al Conseller Vicent Marzà no se le ocurrió nada más que obligar a que, una enseñanza subvencionada con dinero público -a nivel de mantenimiento de infraestructuras donde se cobra por unidades concertadas y salario del profesorado- tuviera prohibido cobrar cuotas obligatorias o “voluntarias”. La que se montó con la iniciativa en los medios… padres criticando al Conseller por querer que fuera la Educación Pública la vertebradora de la mejora social. ¿A quién se le ocurre proponer que las cuotas -ese gran mecanismo para segregar alumnos- deje de existir? Que unos quieren que les paguen sus centros ideológicamente afines que escolarizan, siendo un 30% de los totales, sólo el 8% de alumnos inmigrantes. Que no lo digo yo, lo dice el MEC en las publicaciones donde habla de números educativos.

Fuente: http://www.abc.es
Fuente: http://www.abc.es

Vamos a ver, que lo de la libertad de elección de centro está muy bien y es totalmente necesario pero, elegir un centro alejado del domicilio por el simple hecho de que la proporción de alumnos de la misma clase socioeconómica de uno sea la mayoritaria, se llama segregar. Y, por desgracia, creo que ese tipo de segregación no debería pagarse con dinero público. No es sólo la falta de centros públicos, es que dichas cuotas, el uniforme, el comedor más caro y las extraescolares de pago obligatorio, hacían que las familias con pocos recursos no pudieran acceder a ese tipo de centros. Por tanto, cargarse esa discriminación en un centro subvencionado con dinero público debería ser positivo para la sociedad porque no generaría centros-gueto y habría las mismas posibilidades para todos los alumnos con independencia de cuestiones que, poco tienen que ver con la educación.

Pero ya veis que me he despistado en la formulación del artículo y me he ido por donde no tocaba. No, el leitmotiv del mismo era hablar acerca del profesorado de esos centros concertados. Profesorado cuya nómina se paga con dinero del erario público, realizan más horas de clase y, por desgracia, cobran un siete por ciento (sí, comparando nómina con nómina) que los que trabajan en los centros públicos. No hay derecho a esa discriminación. Tampoco, por cierto, a que la discriminación se establezca en sus condiciones de acceso. Un acceso que se realiza de forma demasiado poco transparente y en la que pesan factores que, a mi entender, poco tienen que ver con los méritos profesionales. No, no es de recibo que el 80% del profesorado de los centros de los jesuitas (sí, también dispongo de los datos que he ido recabando en los últimos meses), esos que hacen ahora ese “maravilloso” trabajo por proyectos que ha sido mediatizado abundantemente por la prensa, sean exalumnos de esa tipología de centros. Simplemente, un detalle curioso que lleva a pensar en los motivos de la selección de ese tipo de personas. Tampoco es de recibo que los docentes de la concertada deban hacer horas extra fuera de su jornada laboral ni puedan ser despedidos por el simple hecho de pensar diferente de la dirección/gestión del centro. Que la profesionalidad no depende de la ideología e ir a trabajar con miedo es muy poco productivo.

Lo de cambiar las condiciones laborales de los docentes de la concertada sin perjudicar a los interinos y/o funcionarios de la pública es harto complicado. No se trata de reconvertir automáticamente a todos en funcionarios (revisando el procedimiento de acceso a la función pública y haciéndolo más estricto que un simple examen) pero sí en abrir un sistema que permita que todo el profesorado que cobra del erario público tenga las mismas condiciones laborales (a nivel de derechos y deberes) y que su procedimiento de acceso se dé en libre competitividad. Una competitividad en igualdad de condiciones. Algo imprescindible si tenemos que seguir manteniendo esa dualidad entre los centros públicos y los subvencionados con dinero público de gestión privada. Si elimináramos los conciertos ya no habría nada que hablar 🙂

En un país donde más de un tercio de sus alumnos estudian en centros concertados (de gestión privada subvencionada con dinero público) o privados no tiene sentido hablar de que son una minoría los que optan a ese tipo de centros. Uno de cada tres padres con hijos en edad escolar eligen alejarse de la red pública para estudiar en centros educativos. Por tanto, con los datos en la mano, dos millones y medio de alumnos (léase cinco millones de votantes por extrapolar ese valor a sus padres), eligen centros de gestión privada para realizar su aprendizaje.

Hay dos motivos básicos para dicha elección: la cercanía a su domicilio (no olvidemos que los centros concertados y privados se montan en lugares donde hay una gran masa de población) y la inexistencia de padres de clase social baja en los mismos (las cuotas “voluntarias” en los concertados y los precios de la privada hacen ese filtro). O sea que la escuela privada existe por oferta geográfica y filtros clasistas (por mucho que haya contadas excepciones que siempre nos recuerdan algunos defensores de ese modelo).

Mantener un modelo donde exista un tercer modelo (centros concertados) es pervertir la idea de servicio público. Un servicio público, por cierto, que cada vez también pervierten más los propios docentes de la pública y los políticos que la gestionan mediante actuaciones que tienen muy poco de defensa de lo anterior, entre las que se destacarían las siguientes:

  • Padres, docentes de la pública, que envían a sus hijos a la concertada. Una situación, por cierto, cada vez más habitual (especialmente en localidades donde exista esa opción). Incluso puedo contar la anécdota (que deja de serlo por su cuotidianidad) de una directora de un centro público que enviaba a sus hijos a la concertada. Eso sí, después esos mismos que lo hacen enfundados en sus casacas verdes.
  • Políticos que gestionan la Educación apostando descaradamente por la concertada y privada. Salvo honrosas excepciones, la mayoría de políticos que gestionan el ámbito educativo han estudiado o llevan a sus hijos a centros concertados o privados. Algo que también hace ese nuevo Jefe de Estado que hemos cambiado hace poco.
  • Docentes de la pública (funcionarios) que eligen una mutua privada para su asistencia sanitaria. Y no son pocos, según los datos de MUFACE más de un 80%.
  • Docentes de la pública que pervierten los criterios de mérito para, mediante el dedo del director de turno (en las Comunidades en que lo anterior está avalado) estar cerca de su casa. En Cataluña en estas últimas adjudicaciones, más del 90% de las plazas adjudicadas se han dado a dedo (solicitadas por los docentes y ratificadas por los directores de los centros educativos)., etc.

Por tanto, se hace muy difícil hablar de Educación pública de calidad cuando ni los propios trabajadores de la misma creen en ella. Lo público se ha pervertido hasta ser considerado un tema puramente asistencial. Lo asistencial, por bueno que sea, sólo cubre un objetivo… el paliar problemas puntuales.

Los servicios públicos en un país donde lo que prima es el arribismo, el poder pagar en negro, la política de arruinar al de al lado para poder enriquecerse, el odio a aquellos que destacan, el racismo (más bien clasismo) nada encubierto, la telebasura, el dar dinero público a empresas privadas, la doblez e, incluso, el venderse por menos de un plato de lentejas es normal que estén cada vez más destrozados. Por tanto, al próximo que me hable de la calidad de la Educación pública me lo como con patatas. Eso sí, aceptaré como animal de compañía a pulpo, considerando al anterior como a aquellos docentes y familias que aún intentan salvar de la total destrucción a un sistema moribundo.

Cuando dentro de unos años no existan servicios públicos, se haya privatizado todo el sistema educativo y sea sólo gestionado por el ánimo de lucro que nadie se queje. Aún menos aquellos que, ya justos de presupuesto y por diferentes motivos, elijan optar por aquellas alternativas que van ahondando en dicha privatización nada encubierta.

La Educación pública existe aunque cada vez sea más marginal. La calidad se reduce a hacer lo posible con muchos enemigos dentro y gran profesionalidad de algunos. Pedir peras al olmo en la situación actual es harto difícil. Más aún cuando los bobos de siempre se dedican a seguir haciendo el bobo mirando a un corto plazo demasiado habitual. ¿Qué podemos esperar de un país donde el timo de las preferentes y la compra de viviendas de cientos de miles de euros y del coche era una práctica tan extendida y satisfactoria para los que lo hacían? Comprar duros a cuatro pesetas. Y aquí son muchos los que lo han comprado (y que siguen queriéndolo comprar).

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Fuente: http://www.nocturnar.com

Por mucho que nos empeñemos Papá Noel NO existe pero demasiados aún no saben leer…