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No creo ser el único que, cada vez se sorprende más de la cantidad de inventiva que tienen algunas personas, relacionadas con la educación, en las redes sociales. Es que ya uno no puede menos de sentir vergüenza ajena al ver cómo se cuentan algunas historias que, al poco que rasques un poco o tengas algo de sentido común, sabes que son totalmente falsas. Ya si queréis entramos en el tema de las imágenes que algunos cuelgan para justificar “lo bien que se lo pasan” a pesar que estén currando como bellacos todo agosto, cuyos metadatos indican que se tomaron el año pasado. Es que, por desgracia para algunos, en las redes sociales se pilla bastante pronto a los mentirosos.

Fuente: https://www.eljueves.es

La verdad es que no veo la necesidad de difundir bulos educativos. De vender “perros y mermeladas”. De, simplemente, hablar de cosas que nunca han sucedido y que solo están en la mente, a veces perturbada y otras ingeniosa, de algunos. Al final todo tiene mucho olor a reality. Es como esos gurús que han trabajado escasos dos años en el aula y tienen miles de anécdotas para contar en sus libros. Coño, que da la sensación de que nos estén tomando por imbéciles. Hay cosas que no cuelan. Bueno, no cuelan para los que tenemos dos dedos de frente y algo de sentido común.

Ya es triste lo de inventarte anécdotas pero, aún es más lo de publicar en las redes sociales supuestas cartas de alumnos que agradecen tu trabajo como docente. Cartas que, curiosamente, no ha podido escribir ningún niño de segundo de Primaria (pongo un caso concreto) porque, sinceramente, no está a su alcance escribir de una cierta manera. Es que se pilla a los mentirosos con demasiada facilidad. Incluso ya sorprende ver cómo algunos ponen en sus blogs prácticas de aula con imágenes que, haciendo una simple búsqueda inversa en Google, se demuestran que fueron tomadas en otro centro educativo e, incluso, en otro país.

¿Es realmente necesario mentir en las redes sociales? A ver, que yo tenga un físico envidiable, con lorzas estratégicamente dispuestas, no es mentir. Es simplemente constatar una realidad empírica. El problema es cuando algunos se ponen una pelota de tenis para aumentar la volumetría de sus partes o algunas, de forma muy estratégica, se hacen una foto del escote para aparentar que hay cantidad del asunto.

Uno puede hacer lo que quiera en las redes sociales. Si su vida es tan triste para tenerla que edulcorar inventándose una, no es malo. Lo importante es que uno se sienta satisfecho por ello. Además, quién soy yo para decir qué puede uno publicar o no. Solo faltaría. Aquí uno puede reutilizar la foto de la paella dominical hasta en veinte ocasiones. Es su problema. Yo prefiero comer una paella diferente cada domingo. Es lo que tiene poder comérsela 😉

Si lo del “perro y la mermelada” se difundió de tal manera, en una época donde aún no existían las redes sociales, qué no se va a difundir en una época donde el personal tiene el dedo cada vez más ágil. La sociedad de la inmediatez es lo que tiene. Bueno, la de la inmediatez y la de las personas que buscan, de forma totalmente lícita, una vida paralela detrás de un teclado.

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Sí, tristemente, los docentes tenemos habilidad para mentir. Mentimos en demasiadas ocasiones, no decimos la verdad en la mayoría de los casos. En definitiva, somos un poco como Pinocho sin posibilidad de alargamiento de nariz. Que un docente mienta no es malo, que base su profesionalidad en un cúmulo de mentira,s que desconozca que ha vertido, sí que puede llegar a ser preocupante. No es necesario decir toda la verdad incluso, en algunas ocasiones, más vale reservarse esa supuesta verdad para consumo propio… lo imprescindible es saber que lo que estamos contando tiene visos de posibilidad y, por ello, forma parte de nuestras enseñanzas.

Decir que el Sol sale por el este y se pone por el oeste no es verdad pero muchos docentes lo venden como algo absoluto. Sólo un reflejo de esas verdades a medias que, siempre van a depender de las ganas (o posibilidades) de ser más exacto en nuestras apreciaciones.

14 - 1Las matemáticas tampoco permiten verter verdades absolutas. Dos y dos son cuatro en función del contexto y, como mucho, podemos discutir si realmente los ángulos de un triángulo miden 180 grados (eso sería en geometría plana, ¿no?). Sí, reconozco que es tendencia el facilitar las supuestas verdades a los alumnos y es más cómodo no explicar cuestiones que permitirían ir más allá de lo que se toma como verdad absoluta pero, ¿es lo mejor para ellos?

Decir que algo es una obra de arte depende mucho del punto de vista del observador. Hablar de grandes novelas cuando las mismas son un auténtico tostón para muchos puede derivar en una falsa concepción de la literatura. Delimitar geográficamente y dibujar aproximadamente en un mapa dónde se hallan determinados ríos y su caudal es olvidar la necesidad de contrastar esos datos más allá del libro de texto o la Wikipedia. Que no todo el caudal es uniforme. Que las medias y las inferencias estadísticas tienen más de falso que de otra cosa. Que si un trabajador no cobra nada y el otro cobra mil euros nos sale que ambos cobran una media de quinientos. Que no hay nada más falso que generalizar cuestiones individuales. Que, reconociendo que es mucho más cómodo, la cantidad de mentiras que vertemos es muy grande.

En nuestra sociedad no interesan los datos objetivos ni las verdades absolutas. Quizás es que tampoco existe lo segundo, más sesgado por la opinión de uno que por los datos que lo afirmen. Quizás es que el docente sólo transmite las visiones propias de unos datos que siempre pueden ser fácilmente interpretables. Quizás es que, como sucede habitualmente, la verdad y la mentira se confunden al pasar por el filtro que supone cada persona.

Mentir no es para nada positivo pero, en demasiadas ocasiones, dicha mentira se hace totalmente necesaria 🙂