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Reconozco que llevo muy mal el tema de las reglas “recomendadas” o “imprescindibles” a la hora de hacer o usar una determinada herramienta y/o servicio. No creo que nadie pueda marcar unas reglas cuando, lo que siempre debe imperar es el sentido común y la necesidad de dar rienda suelta, libremente siempre sin obviar la libertad de los demás, a determinadas reflexiones e ideas. Plantearnos el uso de las redes sociales como algo a ser gestionado, de forma diferente y alejada de nuestra comunicación habitual, no es sólo un error conceptual de lo que supone una red social. Es reconocer la incapacidad de sobrellevar algo que, al final, no es nada más que una amplificación de lo que se puede decir o hacer en pequeño comité. Ver diferencias por si la comunicación se da en analógico o digital, es no entender el concepto de las redes sociales. Eso sí, reconozco que en pleno boom del buenismo educativo, de las interpretaciones sesgadas de lo que uno dice en función de quién lo diga e, incluso, el miedo atroz a ciertas consecuencias que, más allá de los medios y casos muy puntuales, suceden por un mal uso de las mismas, no debe llevarnos a considerar ese uso como negativo. Ni mucho menos a obviar que todo tiene que ser bonito y maravilloso cuando se usan esas redes. Siempre es bueno acudir al término medio.

Fuente: https://www.redes-sociales.com

Hay maneras de comportarte más que reglas. No es cuestión de permitir o impedir que tus alumnos puedan acceder a tus redes sociales. Todo depende del uso que demos a algunas de ellas. Ya, seguro que diréis que no os interesa tenerlos como amigos en Facebook pero, ¿os habéis planteado realmente qué estáis compartiendo o haciendo en Facebook para impedir lo anterior? Bueno, ¿es necesario usar una red social como despliegue visual de lo que hacemos en todo momento, publicar nuestras vacaciones (sí, ahora ya no sólo le damos el tostón a los amigos que vienen a casa cuando les ponemos las tropocientas fotos que hemos hecho en nuestro viaje) y hacer alarde, en todo momento, de la comunión de los vecinos del tercero? Pues no, no es necesario pero tampoco debe impedirse a nadie que lo haga. Entonces sí que tiene su sentido bloquear el acceso, no sólo a alumnos si no a aquellos conocidos por terceros que se agregan habitualmente porque, ya es curioso impedir el acceso a nuestros alumnos a esa información y permitírselo, por ejemplo, a un docente que nunca hemos conocido personalmente y que puede ser un auténtico depravado que disfrute viendo la vida que no tiene. O, simplemente, amplíe esas fotos que colgamos para mirar atentamente ciertos detalles que nosotros pensamos que son totalmente inocentes. Sí, hay docentes que no agregan a sus alumnos y se ponen a agregar a variopintos personajes del sector que, ni tan sólo conocen. Un poco incongruente, ¿no? Y no estoy defendiendo con ello la necesidad de aceptar las invitaciones de nuestros alumnos.

He hablado de Facebook pero lo mismo puede ser aplicado a Instagram o, en otro formato de gestión, a Twitter. ¿Cómo controlas que las publicaciones que realizas en la red del pajarito no puedan ser seguidas por tus alumnos, compañeros y/o responsables de la administración educativa? ¿Debe limitarte que se pueda dar dicha casuística a publicar ciertas reflexiones en abierto? ¿Debes ceñirte a lo políticamente correcto cuando hablas sobre tu profesión? ¿Debes esconder dónde trabajas, evitar de publicar ciertas actividades que haces en tu centro o han hecho tus alumnos o, yendo aún más lejos, pensar en lo que opinarán de ti impidiéndote publicar lo que querrías? Si tienes tanto miedo o te planteas tantos supuestos, mejor que abandones Twitter. Bueno, a menos que cada tuit sea sólo para conseguir medrar en la profesión o venderte para, al final, poder vivir de algunas migajas que te den determinadas empresas muy relacionadas con el sector educativo o largarte del aula. En caso contrario, disfrútalo porque, si uno tiene tan pocas entendederas para no saber dónde está el límite de lo que puede publicar, tiene un problema. Por cierto, ¿no somos algunos funcionarios públicos y trabajamos en un centro público? Entonces, ¿qué miedo hay en difundir y publicar lo que hacemos? No sólo no es contraproducente, es totalmente necesario.

Una pregunta… ¿y las críticas a la administración educativa? ¿Debes esconderte tras el anonimato bajo perfiles falsos o restringidos -como puede ser el caso de Facebook- para realizar lo anterior? ¿A ninguno de los que hace eso le entra en la perola que, quizás, la crítica a ciertas cuestiones debería hacerse en abierto para que, las posibilidades de cambio se puedan producir? Ya, a algunos les gusta hablar en voz baja y en pequeño comité. Queda muy bien la crítica entonces entre amiguetes pero, ¿por qué no se ahorran Facebook y se bajan al bar? Una cerveza sale bastante barata y ahí uno puede expresarse en más libertad con los coleguillas.

Me preocupa también la necesidad del uso de determinadas imágenes (sean de exámenes, alumnos o, del simple disfrute de uno) en abierto. No creo que sea perjudicial siempre y cuando, en el caso de alumnos o herramientas educativas -en este caso exámenes- permitan cuestionarse ciertas cosas. Ya, ahora hay mucho miedo porque hay alguno que ha llevado esa publicación ante la justicia por, supuestamente, ataque al honor de su hijo, pero… ¿hay para tanto? ¿Es todo bullying y maltrato? Y si un profesor o profesora quiere publicar una foto de perfil en bañador y/o bikini, ¿qué problema hay? ¿No es su cuerpo? ¿Y si quiere publicar cuál es su orientación sexual? Joder, es que  esto de la mojigatería digital en el siglo XXI ya hiede.

La verdad es que me sorprende la gran cantidad de consejos que se dan a los docentes a la hora de usar las redes sociales cuando, en definitiva, las redes sociales no son más que una extensión digital de la vida real. Eso sí, si nos ponemos finos de cazalla o perdemos el norte, da igual que sea por las redes o en persona… la vamos a acabar cagando. Hace lo que os rote pero, siempre con mucho sentido común. Un sentido que, últimamente, da la sensación de ser el menos común de los sentidos.

Si alguien es un inútil lo es tanto en el uso de las redes sociales como en su día a día. Así que no hace falta tanto consejo :)

Responder a la cuestión que se plantea en el título del artículo tiene mucho de sesgada. Quizás, no tenga la misma opinión acerca de la desaparición de conversaciones o valor añadido que puede presentarme el uso de las redes sociales como factor profesionalizador, que la de alguien que acaba de aterrizar en su uso. Bueno, lo de aterrizar es un eufemismo. Más bien, a día de hoy, entrar “nuevo” en una red social como estrategia para la mejora profesional, tiene mucho de utópico. No, no hay acompañamiento ninguno y, por desgracia, lo que antes se convertía en un trato más humano, se ha convertido en un lugar de posicionamiento de marcas asociadas a determinados nombres.

Fuente: Shutterstock
Fuente: Shutterstock

No sé si están desapareciendo las redes educativas pero, lo que sí que tengo claro es que, su uso inicial como mecanismo de transformación educativa o de apoyo para aquellos docentes que, al margen de sus aulas se veían necesitados de buscar algo más, está en franca decadencia. No son las redes, es quizás el hartazgo que ha supuesto para algunos ver como las conversaciones desaparecen, los objetivos altruistas se modifican para intentar implantar modelos de negocio o gestiones del propio ego y, quizás, porque al final dedicar tiempo a las redes sociales se convierte, sin quererlo, en una obligación para no perder el tren de algo que, por desgracia, es tan efímero como inconsistente (y sí, me estoy refiriendo al batiburrillo educativo donde se mezclan metodologías, herramientas y cualquier otro input relacionado con la temática).

Hoy en día hay más docentes que se van que entran. No tengo los datos objetivos que me pedirán algunos amantes de la parametrización en estadísticas imprescindibles pero, una ligera sensación, compartida con muchos de mis compañeros que aún siguen ahí, si que se nota. No hay sangre nueva. Y la sangre que entra ya lo hace entendiendo las redes sociales como algo totalmente diferente a lo planteado en sus inicios. Objetivo básico: conseguir un gran número de seguidores y amigos desde la automatización total de todas las funciones posibles. Y esto, por desgracia, no es lo que debería ser un lugar de aprendizaje entre iguales. Bueno, lo de entre iguales ya es algo que, por desgracia, da la sensación de haber pasado a la historia y pertenecer a una triste hemeroteca.

Buscar las causas de lo anterior se hace complicado. ¿Será quizás porque la mayoría de los docentes que catapultaron las redes como espacio de aprendizaje se han hartado? ¿Será que, quizás, hayamos decidido, de forma personal, reducir la dependencia de las mismas? O, ¿será por una migración masiva a redes más cerradas o que permitan una mayor profusión del aparentar como promulga en este artículo Enrique Dans?

Cuando los objetivos se pervierten, los actores se asustan de la transparencia o buscan contextos más controlables y, por desgracia, hay bombardeos de información irrelevante que, ni tan sólo genera una mínima satisfacción (por lo que cuesta encontrar algo entre tantos miles de tuits o publicaciones de Facebook) personal más allá de aumentar en un seguidor, falso amigo u obtener un retuit o un me gusta toca batirse en retirada del uso de las redes bajo su faceta más profesionalizadora ya que, desgraciadamente, las redes han derivado hacia espacios de verticalidad donde se ha trasladado la pirámide trófica social.

¿Desaparecen las redes educativas? A corto plazo, supongo que no. A medio y a largo plazo ya se masca la tragedia y la necesidad de, como dicen algunos, volver a los clásicos.

Una aclaración final… ya habéis visto que no me he referido a las redes educativas institucionales. ¿Sabéis por qué? Porque esas ya nacieron muertas.

Debo reconocer que Instagram es una de las herramientas de uso masivo a las que sigo sin darle uso habitual. Me cuesta entender la necesidad de publicar, de forma continuada, imágenes acerca de lo que hago, lo que veo o, incluso, esos selfies ahora tan de moda. Sí, no soy muy partidario de Instagram, pero ello no obsta a que pueda ver sus enormes potencialidades para ser usada en el aula. Una herramienta que, nuestros alumnos, seguramente poseen en forma de app en su teléfono móvil porque, ¿quién duda de la rápida expansión de una herramienta tan sencilla y que permite, dentro de una sociedad cada vez más necesitada de mostrar sus interioridades, compartir de forma fácil lo anterior? Así pues, como me dijo una vez alguien, si ves algo que puede ser útil para el aula… úsalo.

Fuente: Wikimedia
Fuente: Wikimedia

Pues bien, cómo podríamos usar Instagram para que, dicho uso pudiera repercutir positivamente en nuestras aulas. Ya supongo que nos encontramos en un contexto donde el uso de dispositivos móviles va a ser permitido porque, en caso contrario, más vale abandonar esta posibilidad y cualquiera que se aleje de esos manuales obsoletos en papel o en digital que nos suministran terceros.

Las ideas fundamentales que deberían subyacer tras su uso es que nos aporte algo. No tiene ningún sentido usar una herramienta para hacer lo mismo que podríamos hacer sin la misma aunque, en este caso, es fácil entender que hay cuestiones que, serían imposibles de implementar sin su uso…

¿Qué tal una competición de imágenes acerca de nuestro centro educativo o localidad donde se halle el mismo?

La idea de instagramear (sí, palabreja no reconocida por la RAE para indicar que se han hecho fotos y subido a Instagram) contextos educativos siempre resulta interesante. Los entornos y el espacio donde se da el aprendizaje puede ser interesante para ser trasladado a imágenes. Un concurso o, quizás la posibilidad de crear carpetas para compartir una visión global de los espacios, podría ser una buena opción. Con lo anterior conseguimos un “sentimiento” de pertenencia a la institución y, que los alumnos tengan la sensación de pertenecer a algo, siempre resulta muy interesante.

Subir y compartir imágenes interesantes por parte del docente, alumno o padres

Compartir una carpeta donde el docente va colgando imágenes de su asignatura o, incluso, de cuestiones que tienen que ver con los espacios donde trabaja (o cómo lo está haciendo) ayuda a romper la brecha docente-familias. ¿No puede ser interesante que los padres sepan cómo elabora materiales el docente y cómo, en ocasiones, les muestra espacios o invita a participar dejando sus comentarios en Instagram? Sí, muchos padres también tienen Instagram… aprovechémoslo.

Abrir y dar visibilidad al aula

¿Y si colgamos el trabajo que van haciendo los alumnos y cómo se trabaja en el aula? ¿Y si fomentamos la creación de unas carpetas donde los alumnos puedan subir sus percepciones del aula? Porque, no lo olvidemos, las fotografías en muchas ocasiones son la extensión de cómo se ven las cosas. No hay fotografías buenas o malas (a este nivel), lo que sí hay son puntos de vista. ¿No sería bueno recopilar esos puntos de vista en diferentes imágenes?

Publicar imágenes relacionadas con la asignatura que se imparte

Si uno es docente de Tecnología (barro para casa) y va a ver cómo se realiza una competición de robots o acude a una feria tecnológica, ¿por qué no publicar en abierto esas imágenes por si interesan a los alumnos? Lo mismo para cualquier otra materia. ¿No os imagináis una excursión que realiza el docente por el monte donde se permita a los alumnos de Ciencias acceder a diferentes especies de vegetación y de orografía? Porque, al fin y al cabo, todo es aprendizaje. Y el aprendizaje compartido siempre es más útil.

Animar a los alumnos

Imágenes motivadoras. Paisajes maravillosos. Sitios donde se expresa relajación. ¿Por qué no compartir imágenes que puedan aportar calidez al trato humano tan necesario con los alumnos? Sí, hay veces que las imágenes motivan. ¿Quién no recibe en Facebook imágenes tomadas en Instagram de puestas de sol fantásticas y paisajes sin parangón? ¿Por qué no compartirlo también con los chavales? ¿Y qué tal si ellos también comparten las suyas? Bueno, y ya si los padres participan en el “juego” de compartir… no digamos.

Juegos de geolocalización

Hoy en día que está tan de moda el hacer determinadas actividades que implican la geolocalización, ¿por qué no incentivar a que los puntos de control de esa “caza del tesoro” sean instagrameados? ¿Por qué no seguir esa actividad desde Instagram? ¿No pensáis que sería interesante?

La verdad es que, a voz de pronto, me surgen multitud de cosas que podemos hacer en el aula con Instagram. Quizás no sea una de las herramientas, como he comentado antes, a las que por ahora le haya dado prioridad en su uso pero, ¿por qué no ponerme a usarla en vista de lo que creo que puede hacerse con ella? Nada, otra más para añadir a mi maleta 2.0 para el nuevo curso.