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Sorprende y causa estupor ver la cantidad de docentes en activo que están comprando determinados productos de forma totalmente acrítica. Uno entiende que no haya relación directa entre la posesión de un título universitario, ni el trabajar de algo concreto, con la posibilidad de apollardarse del personal. Ya no es sólo el consumo de sustancias estupefacientes lo que puede llegar a explicarlo. No, no hay tanto porro para tanta chuminada educativa que algunos degluten con fruición. Es por ello que conviene buscar las causas en algún otro ignoto lugar. Y yo, sinceramente, ya me he cansado de buscar el motivo que hace que algunos compañeros de profesión hayan perdido el oremus de forma tan estrepitosa estos últimos tiempos. No, no me refiero a los que viven de vender timos educativos. Me refiero a todos aquellos que los compran y justifican dicha compra bajo discursos más dignos del cierre de bares a altas horas de la madrugada que del uso de alguna neurona. ¿Estoy siendo duro? Quizás pero, visto lo visto, creo que no nos merecemos tener determinados profesionales con problemas mentales en las aulas porque, más allá que sea contraproducente para nuestros alumnos, creo que no les hace ningún bien. Eso sí, tampoco permitamos recolocarlos en lugares alejados del aula con dinero público porque, eso de pagar a productos de psiquiátrico con dinero de todos no me parece justo para aquellos que sí tienen cura y que deben recibir atención urgente.

Fuente: https://supersucker.wordpress.com

El tema de la innovación educativa es algo que permite a uno ver la cantidad de apollardamiento de algunos. Eso que haya personas que difundan alegremente -y creyéndoselo- la necesidad urgente de implantar un aprendizaje transgénico en el aula, ya dice mucho de los problemas mentales que subyacen tras esa difusión. Si lo anterior lo aderezamos con algún artículo de esa revista pseudoeducativa que leen algunos docentes, como por ejemplo el que habla de tras-humanismo en la educación y “exo-yoes” ya hay para partirse la caja si uno tiene un poco de sentido común. Y también, por qué no, detectar a aquellos que tienen problemas. Detección fácil simplemente al ver su rictus de concentración a la hora de leer el artículo y ponerse a disertar seriamente sobre el mismo. Sí, pon a unos docentes en un recinto cerrado, dales este tipo de lecturas y si ves a alguien que no se descojona con el asunto ya has detectado al docente apollardado.

Comprendo que haya algunos que no sepan dar clase, que tengan muchos problemas en su aula y que, por desgracia, deban acudir a la búsqueda de milagros para justificar su inutilidad como profesionales de la docencia. Eso es como aquel que reza, cuando nunca ha pisado ni una iglesia, antes de someterse a una operación, que unos niños digan unos determinados números en Navidad o, simplemente, para ver si con esos rezos se le puede regular su flora intestinal porque lleva tiempo sin poder cagar. El problema es que los milagros sólo tienen cabida en un mundo irreal o para algunos que deben justificar su existencia para pervivir como organización. No, no es malo que uno crea en milagros pero, pensar que los milagros van a solucionar los problemas educativos y que van a desembarcar una cohorte de querubines y serafines para darles consejos no cuela. Menos aún en la pública porque ya sabemos que los milagros sólo pueden darse en la concertada.

Por suerte, como siempre digo, las gilipolleces acerca de la zona de alcanfor o de roquefort, los timos neuronales y, cómo no, las metodologías truchas, sólo son compradas por una minoría de docentes. La mayoría de mis compañeros intentan sobrevivir y adaptarse a aulas complejas plagadas de realidad. Una realidad que les exige esfuerzo. Docentes que hacen mucho, venden poco e, incluso que desmonte el chiringuito a más de uno, aplican estrategias diferentes en las aulas muy alejadas de esa escuela tradicional que sólo existe en el imaginario de algunos. Ya, da la sensación que cada vez cala más la tontería pero, por suerte, salvo excepciones, el producto que se fuman algunos que les permite disfrutar con auténticas barbaridades pedagógicas que no soportan el mínimo análisis serio, no está demasiado extendido. Algo que se agradece. Más aún después de ver como los medios y las administraciones intentan vendernos algunos productos de merchandasing por intereses muy poco educativos.

Al igual que siempre digo que los tópicos acerca de determinados territorios se curan viajando más, creo que el apollardamiento educativo puede curarse buscando una familia, dedicando los fines de semana a ella y huyendo, a la mayor velocidad posible, de esos panfletos ininteligibles con los que nos están bombardeando algunos interesados. Bueno, eso y, en caso de haber sido ya abducidos por el asunto, buscar ayuda profesional. Serán los mejores euros invertidos. Os lo prometo.

Sí, yo también conozco a compañeros, a los que aprecio mucho, que están apollardándose a marchas forzadas. Desde aquí decir que os quiero y que se puede salir de ello.