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Me preocupa muchísimo la gestión del dinero público y los procedimientos de selección de personal que impliquen cambios laborales o, simplemente, la posibilidad de recibir pagos de dinero de todos para realizar o ejecutar determinadas actividades. Tengo muy claro que el proceso de “libre designación” en el que se escudan algunos tan sólo sirve para nutrirse de amiguetes con independencia de sus capacidades o, yendo aún más lejos, para intentar impedir que algo funcione al margen de las líneas ideológicas de quienes gestionan la educación en cada momento y lugar. Éste es el caso del INTEF, el encargado de formación a nivel nacional cuyo aspecto más conocido es su oferta de cursos a distancia bajo diferentes formatos (léase curso online tradicional, MOOC o, simplemente plataformas de autoaprendizaje) y del CRIF Las Acacias, el servicio de formación a docentes de la Comunidad de Madrid. Y en ambos casos sucede lo mismo: opacidad en la selección de los asesores y en los procesos de contratación de las empresas que elaboran sus cursos de formación. Algo que no entiendo porque, por mucho que la ley permita contratos menores sin concurso, a veces se da el caso que algunos, incluso que sea mediante contrataciones parciales, suman muchísimos más ingresos que lo permitido por ley. Ya, no se incumple la ley en el caso de contratación de ciertas empresas pero, no resulta menos que curioso que si uno analiza el dinero que se acaba destinando a algunas, superen el límite global si hubiera sido efectuado un solo contrato. Curioso y muy poco ético pero ya sabemos que la ética educativa, cuando la mezclamos con cuestiones políticas y de reparto de prebendas, se prima en demasiadas ocasiones.

Fuente: http://www.elperiodicodearagon.com

Hace unos días me planteé el analizar el perfil profesional de cada uno de los asesores que, mediante procedimientos más dignos de época predemocrática o de países donde aún no saben qué significa lo anterior, entraban a trabajar en esos dos lugares. Sí, curiosamente, en el caso del CRIF nos encontramos a docentes que llevan décadas alejados del aula y que, en algunos casos, ni tan sólo la han llegado a pisarla más que unos pocos meses. Algunos muy relacionados con una determinada organización que, en los últimos tiempos, se ha vendido a Telefónica y otros, que simplemente han ido saltando desde el INTEF hasta el CRIF. Por cierto, si alguno busca el proceso transparente de selección meritocrática de los que están en el CRIF que deje de hacerlo. No existe. Me han confirmado que los asesores se eligen a dedo y se llama personalmente a determinados docentes para que ocupen esas plazas. Debe ser cierto porque no he encontrado en ningún lugar la convocatoria pública mediante la cual los asesores actuales entraron como asesores. Eso sí, en el caso del INTEF sí que he podido hallarla porque la publicaron en su blog. Y, sinceramente, para publicar una convocatoria de selección mediante un primer filtro por el currículum vitae del que, ni tan sólo se dice qué van a valorar y una posterior entrevista personal entre los candidatos preseleccionados, mejor se podían haber ahorrado el paripé. Una pregunta inocente, ¿alguien sabe por qué se hace prácticamente imposible encontrar a los que trabajan en el INTEF en ningún listado? O, ¿por qué en ningún lugar aparecen los seleccionados, el currículum vitae de los anteriores y las entrevistas? Porque, no lo olvidemos, la función pública tiene unas determinadas reglas de contratación y, en ningún lugar dice que los asesores de formación lo sean por libre designación.

Y sí, también voy a hablar de los ponentes a los que contratan para dar cursos. Curiosamente, muchos de ellos con perfiles en Twitter, sin prácticamente atisbo de crítica al partido que gobierna en la Comunidad de Madrid y en el Estado. Docentes que se conocen en muchos casos y que, por esas relaciones que establecen, se cuentan con ellos para dar determinados cursos. Casos flagrantes y sangrantes de amiguetes que se han montado un chiringuito y que, tanto son capaces de impartir cursillos de ABP como de programación. No, no todos los docentes que imparten cursos son seleccionados por sus perfiles políticos, amistades o relaciones varias pero sí más de los que debieran. Algo preocupante en un sistema garantista que debería elegir a los mejores y más preparados/formados para dar los cursos. No es una práctica aislada de estos dos lugares. Es algo que en la totalidad de asesorías funciona de la misma manera: yo te llamo a ti porque tienes una cierta presencia mediática, me caes bien y, por ello te voy a ofrecer que vengas a vender tu producto. Productos que, en ocasiones, se ofrecen desde empresas privadas y que, curiosamente, se paga con dinero público su mercadotecnia. Todo muy lógico y coherente.

La verdad es que me causa mucho asco el funcionamiento opaco de ciertos aspectos del sistema público. Más aún me preocupa que sea tan poca la crítica que reciben. Críticas que, no se deben tanto a la capacidad de los asesores o los ponentes y sí a los sistemas de acceso a esas asesorías o los procedimientos de contratación opacos de estos últimos. A veces a uno le da la sensación que esto es un chiringuito que mangonean entre cuatro y, lo más curioso, es que llega un momento en que deja de dar la impresión hasta convertirse en cada vez más casualidades que por probabilidad estadística es imposible que sucedan.

Hasta el momento en que nadie controle determinados lugares o cosas que se están haciendo con dinero público, lo de clamar en voz alta por la no privatización de la educación, tiene mucho de predicar en el desierto. Un desierto cada vez menos poblado del que huyen todos porque prefieren quedarse con un litro de agua de una marca concreta para consumo propio que esperarse, pasando puntualmente penalidades, al oasis que va a permitir que todos podamos beber de él. Lo público es de todos y por eso debe gestionarse… no bien, impecablemente bien. Algo que, como he dicho antes, dista de ser la manera como se trabaja en determinados ámbitos relacionados, directa o indirectamente, con la educación.

He hablado del CRIF Las Acacias y del INTEF pero es totalmente extrapolable a otras asesorías y servicios externos que ofrece la administración educativa aunque, por suerte, no todas funcionan igual.

Tengo la ligera sensación que abandonar el aula para, por ejemplo, afincarte en un centro de profesorado lleva implícita la necesidad de reducir al mínimo el cuestionarte públicamente ciertas cosas. No es sólo que te juegues la supervivencia laboral que te permite, en ocasiones, sentirte más realizado desde ese alejamiento de un aula que, quizás has pisado demasiado poco. Es la necesidad de hacer el juego a los que, en procesos más bien opacos y de cuestionable meritocracia, te han puesto ahí. Un problema porque sesga gran parte de tu libertad ideológica aunque, visto lo visto, hay profesionales que prefieren pagar ese coste antes de volver a reincorporarse en sus aulas. No lo olvidemos, hay algunos asesores que han tenido problemas en sus aulas y, es por ello que prefieren la comodidad (sí, para mí sería incómodo pero a otros les gusta) de tareas más burocráticas, dar consejos a ex compañeros o, yendo más lejos, quitarse un poco el morbo de la oposición que aprobaron para dar algún cursillo de formación o ponencia que, aparte de sacarse unos euros, les permiten difundir sus buenas prácticas que nunca han aplicado, en muchos casos, en producción.

Fuente: http://escritoresfamosos.com

Iba hoy a hacer un análisis de un centro de profesorado para ver qué perfiles tenían los ex docentes que habían optado por cambiar su perspectiva profesional. No, no creo que sea demasiado relevante porque, a excepción del despropósito que supone ver como algunos, grandes defensores, antes de entrar de asesores, de la pública, sólo difunden prácticas de centros privados, hacen la ola a vendedores de humo porque son mediáticos o, simplemente, obvian en sus tuits (después de haber borrado algunos en los que criticaban a los mismos que les han colocado ahí) cualquier mención a los recortes educativos o a las políticas que van encaminadas a cargarse la educación pública, ya queda todo dicho. Sí, la verdad es que la amenaza de devolverlos al aula debe ser muy dura. Más aún para aquellos que, en su etapa como docentes, por lo visto no lo pasaron demasiado bien porque las pontificaciones se llevan muy mal en el día a día. Y sí, por desgracia, un aula tiene muy poco de pedagogía sexy o metodología innovadora y mucho de trabajo diario, adaptación y praxis.

Nunca he podido comprender que, después de décadas de alejamiento de las aulas algunos sigan siendo alérgicos a ellas. No creo que sea el concepto de deserción lo que me preocupa. Me preocupa la falta de visión de lo que sucede, la necesidad de enmascarar opiniones personales y, cómo no, la necesidad de ir cambiando el discurso y las alabanzas en función de la persona que deba firmar su renovación en el cargo de asesor. No es algo banal porque dice muy poco de las personas. Menos aún de quienes están en un trabajo tan interesante e imprescindible como el de asesorar al profesorado para que pueda mejorar en su trabajo diario.

No es malo tener una ideología determinada. Lo malo es tener públicamente sólo aquella ideología que te permite no volver al aula. Dice muy poco de la persona y aún menos del servicio que pueden llegar a ofrecer. No, no todo tiene un precio ni todos nos vendemos por migajas. Eso sí, quizás a algunos les compensa porque si no les compensara no harían lo contrario de lo que les dicta sus sentido común o, simplemente, su conciencia.

Volver al aula no es malo. Revitaliza cuerpo y mente. Ya, después de más de una década alejados de las mismas cuesta volver pero, ¿sabéis la ilusión al ver que determinados chavales tiran para adelante y la alegría que da lo anterior? Sí, os lo estáis perdiendo. Además, ¿no añoráis poder opinar libremente sin que vuestro puesto de trabajo dependa de ello? Es algo que no tiene precio.

Un fuerte abrazo a todos aquellos asesores que han optado, después de años de docencia, probar en qué consiste eso de ser asesor. No, al igual que en docencia, en las asesorías hay de todo como en botica.

A veces un simple tuit da para reflexionar acerca de algunas cosas. Éste es el caso del siguiente tuit, vertido ayer por la cuenta de Twitter de los responsables de la Unión Sindical de Inspectores de Educación (USIE) acerca de su excelsa función al pedir respeto a la administración educativa por ser el “culmen de la carrera docente”… y me puse a reflexionar sobre el asunto.

Fuente: Twitter
Fuente: Twitter

Más allá de cuestionar el modelo de inspección, el sistema de acceso endogámico mediante la asignación de plazas “de inspectores accidentales” por criterios bastante poco transparentes que, en un futuro, les permiten optar a plazas definitivas por ya haber estado trabajando así o, de la por desgracia, politización del cuerpo amén del, cada vez mayor alejamiento de las aulas y los docentes que están en ellas, me puse a reflexionar acerca de todo lo que supone permitir a docentes que puedan salir de las aulas a perpetuidad. Sí, no me gusta nada el modelo de promoción profesional cuyo único objetivo sea alejar, en ocasiones definitivamente, al docente de su tarea. Y su tarea no es estar en un despacho leyendo normativa o visitando a los centros pidiendo documentación, incapaz de leerse nadie en cien vidas.

Pero no son sólo los inspectores. Son los asesores de los centros del profesorado, los que están en las Consejerías o el Ministerio diseñando planes educativos que llevan décadas fuera de las aulas. Incluso, incorporaría a lo anterior a aquellos representantes sindicales de pata negra que, por desgracia, controlan sus entramados. Sí, hay liberados sindicales que llevan más de veinticinco años sin pisar el aula. Una auténtica aberración.

Y todo lo anterior sin olvidar a los cargos directivos de los centros que, por desgracia, debido a la longevidad de sus mandatos acaban convirtiendo sus centros en unos cortijos donde lo único que les falta es proceder a ir al notario para que les otorgue la escritura de propiedad de los mismos.

No, no me gusta que haya docentes que puedan salir del aula sin límite temporal. No me apetece que, cargos que supuestamente deberían ayudar a la mejora educativa, se conviertan, por motivos obvios, en lugares donde lo único que se sabe de las aulas es lo que les cuentan terceros. Y eso, con suerte de que quieran escuchar a esos terceros. No, tengo claro que debería limitarse el tiempo que uno está en inspección, en un equipo directivo, de asesor, de liberado sindical o de cualquiera de esas figuras que se usan para justificar la deserción de la tiza. Sí, una cosa son los que ocupan temporalmente esas asesorías o cargos y, otra muy diferente, aquellos que hacen del cargo su modo de vida y cuyo único objetivo es aferrarse a él para no volver a dar clase.

Creo que uno de los cambios imprescindibles, muy económico ya que no implica una mayor dotación de recursos, que debería hacerse por parte de la administración es limitar la salida del aula de los docentes. Limitar el tiempo en que uno puede ser inspector, director, jefe de estudios, asesor o liberado sindical si quiere seguir trabajando para los ciudadanos porque, si uno lo único que persigue es que le paguen de por vida por ofrecer un servicio que se aleja de la docencia directa debería ser expulsado del sistema. ¿Radical la propuesta? No, simplemente un sistema que, a mi entender, mejoraría la situación en los centros educativos porque, no es la misma preocupación la que tiene uno que va a volver a las aulas para que funcionen las cosas que uno que ya sabe que nunca va a volver. Y el ejemplo que dan para los docentes de aula al ver esos, mal llamados escaqueados por la mayoría de mis compañeros, es totalmente nefasto.

¿Por qué no establecemos un límite temporal de seis a ocho años para el alejamiento de las aulas? ¿Por qué no hacemos que los inspectores vuelvan a las aulas de forma paulatina y se renueve completamente un cuerpo demasiado burocratizado y politizado? ¿Por qué no impedimos que los asesores renueven por décadas? ¿Por qué no impedimos lo anterior, añadiendo un pequeño redactado en el estatuto público de la función docente, en el que diga que nadie puede estar, de forma seguida fuera de las aulas más de un determinado número de años? No es tan difícil y conseguiríamos algo muy interesante, más allá de lo positivo que tendría para esas personas que están fuera del aula volver a saber qué pasa en la misma,  que es airear determinados lugares que, por desgracia, están demasiado llenos de moho.

Entonces, seguro que alguno me preguntará… ¿y qué hacemos para promocionar al docente si le eliminamos la posibilidad de acceder a inspección o a otros cargos en los que se sube de nivel salarial? Pues establecer una carrera profesional en condiciones, con una evaluación del trabajo realizado (no politizada porque, si eliminamos la permanencia ad eternum de determinados cargos educativos ya eliminamos dicho factor) que permita ir adquiriendo determinados pluses en función de las etapas que vaya superando. Un sistema de promoción que tendría mucho que ver con la disponibilidad del docente en asumir cargos unipersonales, realizar su propio material para el aula o, adquirir una mayor formación -no vía cursillos de valor más que cuestionable- para su mejora profesional. Formación que ya empieza a ser hora que asuma la administración de turno.

Sin más, ya que me empiezo a ir por los cerros de Úbeda dejo, como siempre, las reflexiones a vuestra disposición para cuestionarlas o abrir un debate de esos que, si no se derivan a cuestiones personales, pueden ser bastante interesantes.