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Nos estamos pasando con la bebida. Reconozco que la euforia que algunos tienen frente a discursos educativos vacíos de contenido y plagados de frases buenistas, incuestionables y dignas de Mister Wonderful, está llegando a extremos insospechables. Con César Bona empezó algo que quizás ya hacía tiempo que estaba gestándose: la conversión de la educación en algo mediático, alejado del aula y de los intereses de nuestros alumnos y, por desgracia, plagado de connotaciones dignas del papel cuché más amarillento. Entre premios que son el Sálvame educativo, hasta llegar a la necesidad de vivir por y para determinados premios educativos, trinques más o menos jugosos o, simplemente, conseguir esa evasión de la realidad que tanto necesitan algunos, hay un montón de posibilidades. Estamos borrachos de influencers, innovadores y gurús. Y lo más grave del asunto es que el camarero aún sigue sirviendo alcohol. Un alcohol cada vez con más graduación que, al evaporarse, cada vez deja menos residuo. O sea, menos educación y más espectáculo.

Fuente: ShutterStock

Algunos docentes pretenden convertirse en producto. No solo docentes. Los intereses que hay detrás de esas bambalinas y focos que todo lo esconden, están interesados en que cada vez sean menos docentes y más vividores del cuentacuentos. Ya ni tan solo necesitas haber pisado un aula en tu vida para que te mediaticen como el mesías. Branding, merchandising y jeting en diferentes proporciones. Único objetivo: el ego, la pasta o la necesidad de imitar a aquel que ha actuado como detonante de la fiesta. Una fiesta que se está dando de forma global, cambiando nombres pero con la misma intención final.

Hemos perdido el norte en la educación. Lo del control de alcoholemia necesario brilla por su ausencia. Y ya no digamos el sentido común de algunos al creerse ciertas cosas que, de forma edulcorada, algunos van vendiendo mientras otros diseñan una campaña de márqueting para el próximo producto que sea necesario sacar al mercado. Quizás con un envase diferente pero, al final, con el mismo grado de adicción por ser un producto tan bonito que sabe mal no comprarlo. Innecesario, claro está.

Cuando uno piensa que se ha llegado al límite en el uso de ciertas cosas y personajes, se descubre que aún puede ahondarse más en el paripé. Desde el momento en que la única manera de darte cuenta que estás borracho y tienes un problema, es reconocerlo en algún momento de sobriedad, tenemos un hándicap porque, en el circo educativo, no hay momento en que pueda darse últimamente esa sobriedad. Es lo que tiene el vicio. Más aún el vicio incentivado, potenciado y provocado por todo tipo de actores.

Me da la sensación que la resaca, cuando nos despertemos de la actual borrachera, va a ser de campeonato. Y mucho me temo que no va a ser nada agradable.

Ayer mismo el gobierno de Madrid nos ilustró con una nueva decisión educativa producto de carajillo amén de otras sustancias que tan en boga están en los numerosos despropósitos que, por cierto, aplauden parte de los padres e incluso algunos docentes. Decisión, como la mayoría que se toman, precipitada y de nula planificación acerca de la introducción de una materia de “programación” en la ESO. Decisión tomada ayer para empezar a impartir esa asignatura la semana que viene. Esto no es precipitación, es lo siguiente.

Fuente: Paco Carabal en http://www.elbuencarajillo.blogspot.com
Fuente: Paco Carabal en http://www.elbuencarajillo.blogspot.com

Estamos acostumbrados a las decisiones educativas de carajillo. A aquellas decisiones que, o bien se toman por impulsos puntuales después de comidas pantagruélicas aderezadas con su dosis de productos más o menos prohibidos, o bien se deciden para satisfacer a alguna empresa o grupo de presión de esos que gestionan cada vez más la marcha de nuestro país. Decisiones que son tan fáciles de tomar como de abandonar. Borracheras de la inmediatez en algo mucho más serio que la decisión de hacerse una foto y conseguir un titular mediático.

No me gustan las decisiones improvisadas. Por mucho que pueda defender el objetivo que se pretende siempre se falla en el cómo y en el por qué. Hay mucho político cargado de alcohol a la hora de decretar. Políticos bastante más cargados que los famosos camioneros de mala fama. Políticos a los que debería hacerse controles de alcoholemia periódicos. Políticos de nula incapacidad que se dedican a proponer mediante el asesoramiento de su peluquero o masajista cuestiones sin ningún tipo de planificación previa.

Cuando el sentido común es el menor de los sentidos nos encontramos con decisiones como la anterior. O con las presiones de determinadas organizaciones para establecer programas de voluntarismo obligatorio en Cataluña. O con las decisiones de empezar el curso a principios de septiembre con las aulas a más de 30 grados saturando las visitas a urgencias de alumnos con síntomas de golpes de calor. O con cambios de currículum que para lo único que sirven es para favorecer a determinados entramados financieros (lo del negocio de septiembre de algunas empresas no tiene nombre).

Lo más grave de lo anterior es que hay parte de la comunidad educativa que lo justifica. Si no fuera así no se explicaría la gran cantidad de comentarios en diferentes medios posicionándose a favor de esas decisiones carajilleras, lo mediático de las mismas, los supuestos beneficios que venden de ese humo que tantos compran en cantidades ingentes. Que sí, que hay mucho personal en nuestro país falto de capacidad de análisis. Que sí, que los resultados electorales dicen mucho de nuestra sociedad (y no lo digo sólo por los partidos que se van repartiendo el gobierno).

Plantearse experimentos a golpe de espirituoso no traen nada bueno para los alumnos. Probar “a ver qué tal” sin haber diseñado una planificación previa ni el pilotaje adecuado es algo que lleva a despropósitos que repercuten en esas pruebas que los mismos que van de copas venden como su mantra. Es triste reconocerlo, pero esto de la educación es un juego de trileros: unos proponen, otros disponen y, finalmente, algunos ejecutan lo que les parece. Juego fantástico para pequeño comité pero que cuando deja de ser juego y afecta al futuro de cientos de miles de chavales es algo que deja de ser juego para ser otra cosa.

El carajillo en nuestro país es tradición pero creo que, mantener al margen del mismo las decisiones educativas que se toman, sería un primer paso para enmendar la papeleta de un sistema educativo que tiene mucho de lo primero y bien poco de lo segundo.