¿Son las aulas para los móviles?

Debo reconocer que tengo una gran capacidad de adaptación e incluso, de admitir algo en lo que pude haberme equivocado en su momento. Este es el caso del uso de los móviles en el aula. O más bien, quizás, el del uso del móvil como elemento de aprendizaje. Creo que en los últimos dos años han cambiado mucho las cosas. Que las percepciones que en su momento me llevaron a escribir “No son las aulas para los móviles” han cambiado. Que, a pesar de no considerar al teléfono móvil como el mejor elemento para ser usado en el aula, reconozco las potencialidades del mismo.

No quiero afirmar que el uso de teléfonos móviles facilite el aprendizaje pero, lo que tampoco puedo hacer es inferir a priori su uso como negativo. Sí, sigo pensando que conviene hablar de la cultura de su uso. De convertir las estrategias que hacen que el móvil sea un dispositivo lúdico para los alumnos en estrategias de aprendizaje. Que queda mucho por hacer antes de poder considerar al móvil como elemento de valor añadido en el aula.

Una de las grandes potencialidades del móvil es la transmisión instantánea de información. Muchos alumnos disponen de móvil (ellos o sus padres) y, como elemento de comunicación es uno que no tiene rival. La inmediatez en la consulta asociado a lo inmediato que supone trasladar la información de un lugar a otro es una potencialidad que no debemos despreciar. Tan sólo sirva como ejemplo la firma del decreto que hizo ayer el presidente de la Generalitat. Un documento ampliamente difundido por las redes sociales en cuestión de minutos gracias a los teléfonos móviles de los asistentes. Un ejemplo que podría llevarnos a pensar en usos educativos del mismo.

Fuente: Josep M. Ganyet (@ganyet)

Fuente: Josep M. Ganyet (@ganyet)

La tecnología va muy rápido. La adaptación de la sociedad a la misma también está siendo realizada de forma vertiginosa. En pocos meses -por no decir lapsus temporales más pequeños- hay herramientas y aplicaciones que superan en prestaciones a lo que ya tenemos. La obsolescencia es la clave de su uso e implantación. Por eso conviene adaptar las aulas. Adaptarlas a lo que la sociedad es. Usar las herramientas que están siendo usadas mayoritariamente por el contexto. Educar en su uso. Establecer parámetros para que sean usadas de forma correcta. Potenciar las posibilidades y minimizar riesgos. Complicado, complejo e, incluso, en muchas ocasiones generando miedo a una gran parte de la comunidad educativa.

No tengo muy claro si los móviles mejorarán la vida de nuestros alumnos si les permitimos usarlo dentro de los centros educativos. Tampoco tengo excesivamente fe en las habilidades de muchos de los docentes en gestionar el buen uso de esos móviles en sus aulas pero lo que sí que tengo claro es que, en una sociedad tan cambiante como la actual, donde la tecnología (y especialmente el uso de los móviles) está a la orden del día, establecer prohibiciones sobre su uso es un sinsentido. Prohibiciones que poco tienen que ver con la herramienta (y el móvil no deja de ser una herramienta) y mucho con la necesidad de control.

Sí, se puede trabajar sin móviles en el aula y podemos poner en los reglamentos internos de los centros lo que nos dé la gana para limitar ciertas actuaciones pero, como ya deberíamos saber, no se pueden (¿deben?) poner vallas a la tecnología en contextos educativos. Hacerlo, simplemente, oculta una situación de facto que obliga, en demasiadas ocasiones, a mirar a otro lado con la finalidad de no requisar más móviles de la cuenta 🙂

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