¿Sirve para algo ser más suave y menos tajante?

Hoy me han vuelto a preguntar por qué en las redes o en el blog soy, en ocasiones, tan tajante al exponer mis opiniones o planteamientos. Ello me lleva a pensar, en un día en el que me entero de que alguien, por el simple hecho de participar en un reality, sin ningún tipo de formación pedagógica, ha sido nombrado Director General de Juventud (fuente), si debo contenerme al decir qué pienso del asunto o, simplemente, digo que esto es una puta mierda. También ha sido el día en el que me he enterado de que un maestro de Educación Física y una maestra de Inglés, son los dos ponentes estrella de un curso de neurociencias aplicadas a la educación. Y sí, en este caso, al igual que en el anterior, podría poner matices al asunto y hacer pedagogía de la situación, en lugar de decir que me parece nauseabundo cómo seleccionan a muchos ponentes las administraciones educativas.

Fuente: ShutterStock

Lo mismo para aquellos que pagan mil quinientos euros para mejorar su práctica docente apuntándose a un curso de inteligencias múltiples, realizan kilómetros para acudir a un curso de educación emocional impartido por un puto mago o, simplemente, abrazan árboles con el fin de sentirse más realizados. Y os prometo que sé que quieren lo mejor para sus alumnos pero si son gilipollas no puedo menos que decirlo. Coño, es que no se pueden decir las cosas de otra manera. Ayer lo intenté en un post en el que hablaba de evidencias científicas y, hay auténticos ceporros de encefalograma plano que se empeñan en discutir lo que dice la ciencia. Es que, ¿cómo vas a ser más suave con un antivacunas, un terraplanista o un defensor de la homeopatía educativa? Me sabe mal pero no me sale. Y eso que en persona intento debatir de forma mucho más educada y tolerante.

No creo que las respuestas tajantes sean contraproducentes. Estoy hasta el pirri de los que venden las bondades de ser empático y ponerse en el lugar del otro. Que no estoy cuestionando que uno sea buena o mala persona por acudir a ciertos eventos, creerse ciertas cosas o, simplemente, tener la necesidad de buscar milagros. No todos los que rezan son malas personas. Ni mucho menos. Hay muchas personas que se lo creen e, incluso, creen que una vela ha hecho que aprueben las oposiciones pero… lo siento, no puedo dejar de cachondearme en voz alta del asunto. Es que es superior a mis fuerzas. Y sinceramente, aguantarte las ganas de decir ciertas cosas, lo único que hace es hacer un flaco favor a quien cree en ellas.

Tengo muy claro que a los niños debe animárseles en todo momento, incentivarles, de forma muy suave, a que no hagan ciertas cosas y reconducir, de la mejor manera posible y sin expresiones burdas, las cosas que están haciendo mal. Un tema son los niños, otro muy diferente aquellos que ya hace mucho tiempo que tienen pelos en sus partes, algunos con bastantes canas. A esas alturas de la película a uno ya no puedes reconducirle. Es que, simplemente, no hay más opción en ese momento que llamar a las cosas por su nombre.

Reconozco que me encanta el diálogo frente a una horchata, un café o una buena comida pero, por favor, no me pidáis que me modere en un contexto donde todo es demasiado corto para que se pueda perder tiempo que no tenemos, en establecer un diálogo que no se quiere. Menos aún con personas que sabes que no van a querer ver nada más que lo que ellos quieren ver.

Yo esta tarde tengo diálogos pendientes. Mañana tendré, seguramente, algunos más. Eso sí, que nadie me diga, aunque me caiga muy bien y crea que es una gran persona, que me modere. No tiene ningún sentido.

Por cierto, mañana pagas el café -o lo pago yo, por la inspiración para este post- 😉

A mí no me gusta la cultura del zasca, pero tampoco perder el tiempo con circunloquios para acabar diciendo lo mismo y, con los mismos resultados.

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