Septiembre 2024

No tengo claro qué ha pasado hoy. Me he despertado en 2024. He tenido que revisar todos los calendarios disponibles en casa, el reloj y todos los dispositivos electrónicos que me indican la fecha. Frotarse los ojos y no desaparecer la sensación de que uno ha dormido diez años más de la cuenta y le toca ir a trabajar. Una ducha con agua caliente (seguimos teniendo agua caliente) y coger el coche para el desplazamiento a mi centro educativo de trabajo (parece ser que tampoco se ha acabado la gasolina).

Es llegar a mi centro educativo y darse cuenta de que el único cambio visible que se observa en el exterior es una nueva capa de pintura. Además, ni tan sólo se han dedicado a cambiar el color. ¿Seguro que he mirado bien el calendario? Coches aparcados de los profesores y una gran masa de alumnos con su mochila (sí, su mochila) a cuestas. Abres la puerta con la misma llave de hace diez años (¡coño, no han cambiado ni la cerradura!) y te acercas a un espejo del cuarto de aseo (donde has ido para lavarte la cara a ver si desaparece esa sensación de los diez años perdidos en el sueño). Algunas, bueno muchas, canas de más. Alguna, bueno muchas, arrugas que envuelven esos ojos que siguen llevando gafas pero, más allá de lo anterior, pocos cambios externos.

Lo primero… la máquina de café. No es por nada pero, más allá de una mayor gama de productos (ahora permite hacer “capuchinos” -la de hace diez años no lo permitía-) no le veo ningún tipo de cambio. Bueno, el precio. Es lo que tienen diez años de subida de impuestos en una sola noche. Será cuestión de ver la nómina de este mes pero, por lo que se ve, va a ser más baja que antes de meterme en la cama (los recortes, ya se sabe).

Una vez empieza a correr la cafeína por mi organismo ya empiezo a saludar a mis compañeros. Por cierto, los mismos. Todos un poco mayores que la última vez que recuerdo y, por lo que se ve, ninguno jubilado. Es que ahora se ve que la edad de jubilación está en los 70 (la esperanza de vida y tal).

Bueno, suena el timbre. Sí, sigue habiendo timbres. Timbres, aulas con sillas y mesas distribuidas de la misma manera que te acuerdas y, curiosamente, libros de texto (ahora se leen en unas máquinas que no había visto en mi vida). Puedo dar la clase como lo hacía antaño. Qué curioso. Qué posibilidades de tener largos sueños para reincorporarte a un trabajo donde los cambios brillan por su ausencia. Por cual página íbamos… (bueno, por cual pantalla más bien).

aula_antigua

A propósito… siguen existiendo puertas en las aulas. Ahora con posibilidad de pasarles el cerrojo. Y eso sin querer referirme, ya que no lo he hecho antes, a las rejas cada vez más altas que rodean este “campo de concentración”. Ahora será cuestión de buscar la cámara de gas. Bueno, el fumadero donde los profesores que aún siguen fumando a precios astronómicos echan unas caladitas entre clase y clase. Es por ver si aún existe, ya que lo de fumar no va conmigo.

Sigue habiendo guardias, clases de religión, de castellano, de catalán, de matemáticas, de latín… todo el repertorio al cual parece que se ha añadido alguna hora más de asignaturas de nombre variopinto. Por cierto, hay nueva ley educativa (es que el PP perdió las elecciones) que tampoco se entiende. Me han comentado que el nuevo gobierno también ha aplicado recortes salariales al funcionario. No me extraña. Es que pocas cosas cambian.

Después de mis horas de clase (veo que hay alguna más en mi horario de las que tenía) toca volver a casa. Es llegar y ponerme a pensar sobre lo que ha sucedido hoy. Diez años perdidos pero dentro de una onda temporal que hace que las cosas no cambien. Es que, seamos sinceros, un docente puede ponerse a dormir, levantarse diez años más tarde y sentirse como en casa en su trabajo. Quién me lo iba a decir.

Un trabajo en el que después de dormir diez años de un tirón siga funcionando exactamente de la misma forma no tiene precio. Ni precio ni vergüenza.

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