Razones para abandonar la docencia

En el mundo docente existen grandes profesionales (vocacionales o no) que se dedican a luchar día a día en las aulas con el desgaste que ello supone (y sin olvidar, las muchas satisfacciones que recibimos en nuestra labor). Mi caso, es como el de muchos docentes de secundaria: no vocacionales, pero que después de llevar algunos años nos gusta realmente nuestra función docente (que no es sólo estar delante de los alumnos y, que conlleva mucho trabajo oculto que muchas veces se obvia o infravalora por personas ajenas a nuestro trabajo).

Pero, siempre puede suceder que la docencia no nos aporte esa vocación (innata o adquirida) y, que sea realmente duro ir a luchar día a día en las barricadas. En ese momento es cuando algunos se tendrían que replantear abandonar la docencia… y no lo digo por el bien de los alumnos (como muchas veces se dice), lo comento por el desgaste psicológico que ello les puede ocasionar año tras año y, que puede trasladarse en problemas físicos derivados de ese desgaste que, pueden llegar a ser bastante graves. También reconozco, que a día de hoy, con la crisis económica que tenemos en nuestra cabeza, es muy difícil abandonar un “trabajo seguro” y buscarse uno la vida en otros ámbitos profesionales, pero conviene valorar si merece la pena aguantar más de treinta años en un trabajo que nos causa trastornos diariamente o, vale la pena buscar algo para poder sentirnos realizados diariamente.

Hay varios motivos que, según muchos autores (resumidos en alguna/s web/s que, lamentándolo mucho no anoté en el papel donde escribí el borrador del artículo) y, en los cuales estoy bastante de acuerdo, pueden obligarnos a tomar la decisión de abandonar nuestro trabajo que serían fundamentalmente los siguientes:

  • No me gustan los niños. Este sería el motivo fundamental para abandonar nuestro trabajo. Si no soportamos el sonido de su risa, sospechamos siempre de los corrillos que montan en los pasillos y a la hora del patio porque creemos que nunca harán nada bien, nos molestan todas las preguntas que los hacen, nos molesta que tengamos que ayudarles y enseñarles Educación (por ejemplo en primaria cuando se enseñan las normas básicas de higiene), no soportamos que nos miren, etc. es un punto para abandonar.
  • No me gusta responder a las preguntas que me hacen mis alumnos. Si somos el tipo de personas que sólo nos gusta explicar las cosas una vez y, esperar que después todo el mundo sepa hacer las cosas tal y como las hemos explicado, conviene abandonar. Los alumnos, mucho más dispersos que las personas adultas, necesitan un mayor esfuerzo de comunicación y, posiblemente tengamos que responder a las mismas preguntas una, dos, tres,…e incluso más de diez veces para que sean capaces de entender lo que les estamos explicando y/o pidiendo. Hemos de tener capacidad y ganas de responder a sus inquietudes, ya que las clases magistrales del “docente de la tarima” se han acabado.
  • Necesidad de disponer de un espacio de trabajo tranquilo. Si nos gusta tener un lugar de trabajo tranquilo, donde podamos oír el sonido de una mosca surcando el aula, nos hemos equivocado de profesión o de siglo. Aunque puedan haber algunos momentos de tranquilidad, los alumnos suelen hacer un poco de ruido, con independencia de que “se vaya poniendo orden continuamente”. Por tanto, conviene convivir con ese murmullo ya que por mucho que lo intentemos, será totalmente imposible de acallar. Si en una reunión de negocios o política nos pitan los oídos de las ruideras de los participantes, ¿hemos de esperar que nuestros alumnos estén momificados en el aula?
  • No gustarnos ser el centro de atención. Si tenemos timidez innata y no somos capaces de vencerla, nos será imposible aguantar muchas horas (y muchos años) aguantando la mirada escrutadora de más de veinte pares de ojos que, controlan (o parece que lo hacen) todos nuestros movimientos, gestos y explicaciones. Ser docente es un papel público y, si no nos sentimos cómodos o no aceptamos eso más vale replantearnos nuestro futuro laboral.
  • Nuestro trabajo no estresa en demasía. La Educación puede ser muy estresante, con diferentes factores de estrés. A veces, llega un momento en que se llega al límite y a decir “no puedo más”. En ese momento conviene hacer un paréntesis y alejarnos unos días de las aulas. Si la situación se repite más veces, quizás es que no valgamos para este trabajo.
  • No podemos recordar la última vez que tuvimos un buen día. Una cosa es tener un mal día de Pascuas a Ramos y, la otra es tener un mal día continuamente. Si cada día que nos levantamos para ir a trabajar, tenemos una sensación desagradable en la garganta, nos entran temblores y vamos a disgusto, más vale abandonar a tiempo. Ello no sería cobarde, sería mucho más valiente que continuar día a día con esa sensación laboral tan desagradable.
  • Tenemos otros sueños. A veces mucha gente cae en la docencia de casualidad, aprueba unas oposiciones como forma de obtener seguridad laboral y económica y, permanece allí de por vida olvidando realmente lo que quería hacer con la misma (que, en algunos casos no era dedicarse a la docencia). Si al pasar los años se observa que es un trabajo que desagrada y que provoca tristeza por lo que podía haber hecho y no ha hecho, puede ser una buena idea pedir una excedencia y dedicarse a perseguir esos sueños. Si los sueños son inalcanzables, la excedencia permite volver al trabajo docente y, continuar con algo que no cumple tus sueños. Muchas veces nos cuesta soñar e intentar llevar esos sueños a la realidad, pero este trabajo permite hacer esa prueba.
  • Necesitamos más tiempo para nosotros y para nuestras familias. La Educación es una profesión muy exigente que, si la enfocamos bien, deja poco tiempo para nosotros y para nuestras familias (a pesar que según muchos tenemos un horario fabuloso y lleno de vacaciones). Si no tuviéramos esas vacaciones, poca gente aguantaría en la docencia, ya que la cantidad de horas que invierten muchos docentes en montar actividades, preparar las clases, participar en proyectos, corregir exámenes, formarse, etc. son mayores que la de mucha gente que hace sus ocho horas diarias. Sí que existen docentes que pasan de todo y, dan sus clases (sin preparárselas lo más mínimo) yéndose a continuación a casa, olvidándose del todo de su trabajo, pero por cada uno que hay así, hay decenas que trabajan muchísimo más de lo que muchas personas perciben desde fuera. Si la cantidad de trabajo nos genera problemas personales y/o familiares, mejor buscarse un trabajo de 9 a 5 sin desgaste psicológico y que nos permita desconectar completamente del mismo al acabar nuestro horario.

Son sólo algunos motivos que, nos habrían de hacer replantear el alejarnos temporal o permanentemente de nuestra función docente y, dedicarnos a otra cosa. Ser docente es una tarea más exigente de la que muchos se piensan y, a pesar del esfuerzo (económico y emocional) que nos ha supuesto sacarnos unas oposiciones conviene valorar los pros y los contras de mantenernos en un trabajo que nos desagrade o que seamos incapaces de soportar el día a día en el aula.

Unas reflexiones sobre la importancia de nuestra realización personal y profesional en un trabajo estresante, que si no compensa a nivel de satisfacción personal, cuesta mucho de aguantar durante más de treinta años.

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