Profesionalidad docente: ni militancia ni sacerdocio

Me da la sensación que, mezclado con el discurso happy flower, de felicidad inmadura o, simplemente, de sojuzgar al espectáculo la educación, existe un tema realmente preocupante. Un tema que se basa en el proselitismo que algunos exigen para tratar al docente como un militante o sacerdote y excluir, de cualquier posibilidad de buena praxis profesional, a todos aquellos que no tengan vocación.

Fuente: http://www.rae.es/

A mí, ahora puntualmente fuera del aula, al igual que a muchos profesionales de la docencia que siguen ahí, nos gusta nuestra profesión. La inmensa mayoría de los que conozco, si se sinceran frente a una máquina del café, quizás han aterrizado en la docencia como segunda, tercera u opción de rebote. Y quizás podrían -podríamos- estar haciendo otras cosas. De hecho yo estoy desde el año pasado haciendo cosas relacionadas con la educación sin impartir docencia directa. Algo que no me está disgustando y que creo, al igual que cuando tenía delante a alumnos, estar haciéndolo medianamente bien. Bueno, al menos intento ser el mejor profesional y dar lo mejor de mí. Eso sí, podría haber acabado gestionando seguros agrarios, en una empresa de control de calidad alimentaria o, incluso acabando poniendo copas de madrugada. Seguro que habría trabajos que me gustarían más o menos pero, sinceramente, al final sería más intentarlo hacer lo mejor posible que creer en designios divinos por estar haciendo A o B. Ni he sentido una llamada interior, ni me he preparado toda mi vida para ser docente. Por cierto, haber recibido esa llamada tampoco me haría mejor ni peor docente.

No es malo gustarte tu trabajo. No es malo creer en tu trabajo y echar horas para intentar mejorarlo. Cada uno decide en qué invierte su tiempo libre y, al igual que reflexiono yo en este blog sobre la educación, todo el mundo es libre de montar materiales para sus alumnos en domingo, llevárselos una semana de excursión, dedicar todos sus fines de semana a formarse en la profesión e, incluso, jubilarse a los 70 porque no sabe vivir sin dar clase. Lo anterior para los psicólogos sería mejor llamarlo dependencia más que vocación, pero no voy a entrar sobre conceptos que no tienen demasiado interés para lo que me interesa exponer en esta reflexión.

Relacionar la docencia con el sacerdocio es tener muy poco respeto por la profesión. Usar el concepto de vocación para decidir quién es buen o mal docente, de estupidez supina. Creer en iluminaciones o en que se nació para estar delante de los alumnos, tampoco no hay por donde cogerlo. Algo que nada tiene que ver con la profesionalidad, el buen hacer o el trabajar más o menos a gusto.

Hay dos discursos nocivos en educación: el que encubre las carencias de uno o del propio sistema mediante el uso del concepto vocacional y aquel que, más allá de aportar evidencias/pruebas para contraponer a determinados argumentos razonados, se dedican a cuestionar al mensajero de las noticias que no les gustan.

La inmensa mayoría de docentes, inclinados o no a su trabajo, intentan hacerlo lo mejor posible. Y, sinceramente, yo prefiero docentes profesionales que vocacionales aunque repito que, ser profesional no excluye ser vocacional y, ser vocacional no incluye per se el ser buen profesional. Es decir, no son conceptos excluyentes.

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