No es bueno preocuparse por cuestiones que tienen más que ver con el papel cuché que con la realidad. No tiene ningún sentido hacer caso a quienes preconizan un fiasco del sistema educativo o que, como retahíla recurrente, mencionan que “la escuela del siglo XXI no debe ser como la del XIX o la del XX”. Es una pérdida de tiempo ponerte a abordar determinadas metodologías cuando sabes bien que, al final, no dejan de ser humo en diferentes proporciones y que, como todas las metodologías o tecnologías, están abocadas al fracaso más absoluto cuando pretendes incorporarlas en producción (o sea, en el aula) de forma general y sin tener en cuenta a la tipología del alumnado que tienes delante tuyo. Y ya lo de preocuparte por felicidades mal entendidas, empoderamientos desempoderantes o coprofagia aderezada por altos porcentajes de perfumes y envoltorios, tampoco tiene ningún sentido.

En esta vida la preocupación por ser un buen profesional es lícita. Lo que no lo es tanto es flagelarse por estar siempre incómodo, sentir que a más horas que le eches no puedes romper determinadas dinámicas o, simplemente, dedicar tu vida a una búsqueda absurda de un Santo Grial que no existe. Hasta los Caballeros de la Tabla Redonda, en muchas de sus versiones (tanto literarias como audiovisuales), se volvieron locos en dicha búsqueda. Es que hay alumnos que no querrán aprender te pongas como te pongas. Y la inmensa mayoría de ellos lo único que intentan es sobrevivir hasta llegar al aprobado o a la nota que se les introduce en el aplicativo informático de turno. Lo de ir de salvapatrias sin bandera no mola. Por cierto, no hay peor bandera que hacer de tu capa, personal y más o menos mostosa, un sayo e intentar que, cosiendo como un desesperado los rotos que se hacen año tras año, seguir pensando que les va a servir a todos los alumnos por igual. Eso sí, personalizar veintimuchas capas, salvo que seas un presentador icono de las uvas de fin de año, tampoco es factible.

Uno debe preocuparse por lo que puede cambiar. Uno debe hacer lo posible para mejorar el aprendizaje de su alumnado, favorecer que puedan adquirir determinados hábitos e, incluso, mostrarles que hay otra visión de la sociedad más allá de la que les puedan mostrar en otros lugares. Lo importante es que haya múltiples puntos de vista pero, al final, el objetivo básico de un docente es enseñar lo que sabe y hacerlo de la mejor manera posible. Con las limitaciones, claro está, de trabajar en un contexto social y humano.

Debemos preocuparnos de lo importante y de lo que podemos llegar a cambiar. De hacedores de milagros ya se encargan otros. Bueno, más bien de vender determinados milagros que tan solo ellos han visto. Renunciar a hacerlo lo mejor posible… jamás. Preocuparnos por lo imposible… mejor dedicarnos a lo factible. La realidad ya es suficientemente exigente en cualquier profesión (incluyendo la educativa) para dedicarnos a enfrentarnos, armados de lanza y escudo, contra molinos que algunos dicen que son gigantes vulnerables. Eso dejádselo a los (in)expertos y a los gurús, que para algo están 😉

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Acerca del Autor

Jordi Martí

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