Maltratados

En una sociedad maltratada por la pandemia y su gestión, hay un colectivo que ha sido especialmente maltratado. Me estoy refiriendo a los docentes que, sin medidas sanitarias (más allá de la creación del cargo “experto en COVID” que se han inventado en algunas Comunidades), obligados a atender a la mitad del grupo en sus horas lectivas y a la otra mitad en virtualidad e, incluso siéndoles negadas las pruebas PCR a pesar de tener varios positivos confirmados en clase, amén del frío que están pasando en algunos lugares con tanto ventanal abierto, se están dejando la piel en su trabajo. Más que la piel la salud. Y no me estoy refiriendo solo a la física porque, sinceramente, el agotamiento físico y psicológico que la mayoría de ellos tienen a estas alturas de curso, es insoportable. Hay incluso quienes lloran de impotencia. No son pocos.

A los docentes se les lleva maltratando décadas por la mayoría de administraciones o, incluso por parte de las empresas para las que trabajan lo que lo hacen en centros educativos privados. Ya no digamos el desprecio cada vez más alto a su profesionalidad (no solo por parte de personas ajenas a la docencia) o el considerarlos poco menos que una lacra para la sociedad. Que si cobran mucho, que si tienen muchas vacaciones, que si Ana Rosa o Jorge Javier tuvieron problemas con esos docentes que les maltrataban obligándoles a leer, escribir o pensar. Los docentes en la picota desde la desaparición de los dinosaurios. Bueno, antes intentaban parecer alguien entre el cura y la guardia civil. No lo eran, pero como mínimo el maltrato no era tan evidente como ahora. Eso sí, lo de comer caliente era algo que tenían bastante limitado. Lo digo por lo que me contaba mi abuelo que debía hacer horas de repaso para poder vivir ya que la casa de alquiler se lo comía todo. No en todos los pueblos había casas de maestros. Las había porque no hubieran llegado a fin de mes si les tocaba pagarla. Fue una mala época para los docentes… mejor considerados que ahora, pero muertos de hambre.

Pero no nos remontemos tanto. Vayamos a las noticias que salen en los medios, a los tertulianos, que tanto hablan de ETA, VOX y Venezuela como de los docentes, a aquellos personajes que en las redes parece que el agotamiento no vaya con ellos y que, por motivos ignotos, están más interesados en surfear por las metodologías que en reconocer que están siendo maltratados. Ya, no estoy entrando en los gurús y demás morralla. Esos ya están a otro nivel. Ni sufren ni padecen. Nunca lo han hecho.

Los docentes es uno de los colectivos más maltratados y que más están sufriendo en sus carnes la situación actual. Claro que hay gente que se ha quedado sin trabajo, ERTEs que no llegan, gente haciendo cola a las puertas de determinadas ONG, etc. pero, para la mayor parte de la sociedad, los anteriores son personas que están sufriendo mientras que los docentes son los únicos vividores que, lo único que quieren es vivir aún mejor. Maltratados, apaleados y… ¡ojo no se te ocurra quejarte! Ser docente es como las hemorroides. O las sufres en silencio o eres una mala persona porque, al final, estás viviendo para algunos como un auténtico señor no pegando palo al agua. ¿Quién no ha oído lo anterior en los últimos tiempos? Es que, como ya sabemos los que llevamos tiempo en este mundo (ahora, por estadística, más del que me queda), la gente no quiere vivir mejor. Lo que quiere es que los otros vivan peor. Así nos va.

Un detalle, ahora mi mujer está haciendo una evaluación online y ayer, domingo para más señas por si no lo leéis hoy, estuvo todo el día en el ordenador intentando acabar las correcciones, haciendo medias en la plataforma informática que usa como apoyo para sus clases híbridas y, quejándose amargamente de lo mal que se encontraba a todos los niveles. Lógico. A los docentes se les está maltratando como si no hubiera un mañana. Eso sí, cuando llegue el mañana también se va a seguir con el maltrato pero, a lo mejor entonces, ya ha vuelto la normalidad y las ratios a 30 serán de nuevo lo habitual y no habrá miedo a entrar cada día en el aula. Y quizás los docentes no acaben tan cansados como ahora.

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