Libros de texto: ¿sí o no?

Esta pregunta, como todas las que nos hacemos los docentes diariamente, no tiene una respuesta inequívoca. Los libros de texto, como materiales escolares que usan los alumnos para cada de unas de las asignaturas, tienen una tradición muy asentada en nuestra escuela. La segmentación del saber en asignaturas en las aulas de Primaria o de Secundaria supone una traslación, en la mayoría de los casos, del saber universitario, también agrupado en materias. Esta tradición decimonónica viene acompañada por los clásicos manuales que, si bien se han ido renovando –incorporando enlaces a páginas web, imágenes a todo color, y propuestas de actividades diferentes– mantienen lo esencial: un texto y unas actividades que se deben realizar.

Fuente: http://lagazzettadf.com

Los libros de texto tratan de ser una concreción del saber, respetando la legislación vigente y ofreciendo pautas de aprendizaje para los alumnos. ¿Cumplen con esta función? ¿Incorporan las nuevas investigaciones científicas? ¿Están abiertos a nuevas metodologías? ¿Tratan de hacer cumplir los famosos estándares de aprendizaje? ¿Se adaptan a las necesidades específicas de apoyo educativo? Teniendo en cuenta que su precio ronda los cuarenta euros, deberían cumplir todos estos ítems y más.

En el caso de los libros de texto de Geografía e Historia –que son los que conozco y sobre los que versa, esencialmente, este artículo– es habitual encontrar relatos cerrados del conocimiento sobre lo que pasó, algo que coincide exactamente con la noción que tienen los alumnos sobre el devenir histórico. Los historiadores sabemos bien que el relato histórico es una construcción hecha a posteriori a partir de fuentes primarias y secundarias, que tiene cambios y continuidades, y que está sometido siempre a revisión. Uno de los problemas que observo a menudo es que los libros de texto de historia no facilitan la comprensión del relato problematizado, sino que continúan ofreciendo un bloque de contenidos, cuasi dogmático, que hace muy difícil la tarea docente en sentido crítico Es cierto que se ha avanzado bastante: si hace ocho años, cuando acababa el Bachillerato, veía absolutamente normal que todos los libros de texto ofrecieran relatos sólidos de lo ocurrido, actualmente como docente comienzo a ver que materiales de editoriales tan variadas como Vicens Vives o SM, por citar las que he manejado, introducen ya apartados donde se rompe con la visión cerrada de la historia. Incluir puntos titulados de la siguiente manera permite constatar que se puede trabajar de otro modo, y que las editoriales pueden adaptarse a los nuevos tiempos: “¿Fue democrático en el sistema de la Restauración?”, incluyendo fuentes primarias que sirven para construir el conocimiento, o “El Renacimiento, ¿ruptura o vuelta al pasado?”.

Sin embargo, a estos libros de texto y a sus editoriales hay que leerles la cartilla: es incomprensible, fastidioso y realmente irritante que haya libros que todavía hablen del “descubrimiento de América” y no de la “conquista”, de la “Reconquista” y no de la “conquista cristiana”, de la “Contrarreforma” y no de la “Reforma católica”, o del “fracaso de la revolución industrial en España”. Es poco responsable que sigan sin incluir propuestas bien organizadas de aprendizaje cooperativo –para aquellos a los que les funcione–, de aprendizaje basado en problemas o en proyectos, o incluso de clase invertida, aspectos tan de moda hoy en día. Y también lo es que brillen por su ausencia aspectos tan relevantes como el nacionalismo español en el siglo XIX –que incluso fue preguntado en un examen de acceso a la universidad– o las civilizaciones precolombinas. La tarea que se hace en las universidades no sirve para engrosar las posaderas de los catedráticos; si esta no cala en la sociedad, si no se transmite, seguiremos pensando que América fue civilizada por los buenos españoles, y que el nacionalismo catalán quiere romper una España eterna que comenzó en Atapuerca. Y mis compañeros de profesión seguirán riéndose amistosamente de mí cuando despotrico de la “Reconquista cristiana” y trato de “liar” a los alumnos haciéndoles pensar un poco.

¿Qué inconvenientes tendría suprimir los libros de texto?

  1. El primero de ellos es que habría que buscar una alternativa en cuanto a materiales en los centros. ¿Materiales hechos por los propios docentes en solitario? ¿En grupos de trabajo? ¿Descargados y pirateados de Internet? ¿Compartidos en la red mediante páginas web de todo el Estado? ¿Es algo imposible? No lo creo. Muchos docentes elaboramos materiales aun cuando tenemos nuestros libros de texto bien ilustrados que nos ahorrarían muchas horas de trabajo. Tenemos amor al trabajo; no nos gustan algunos aspectos de los libros y acabamos confeccionando propuestas propias. Es posible elaborar materiales propios, aunque hacen falta tres cosas: recursos libres que no choquen con la propiedad intelectual, tiempo y dinero. Me atrevo a proponer que si en Secundaria volviéramos a las 18 horas lectivas, y las dos restantes –así como algunas complementarias– fueran destinadas a elaborar materiales curriculares y a formarnos en didáctica por medio de grupos de trabajo en los centros, las familias se ahorrarían un dinero importante. Y también me atrevo a proponer que acompañen esta medida con otra: la abolición de Xarxa Llibres. Todo ese dinero gastado podría invertirse en la contratación de profesorado –necesario para hacer frente a las dos horas lectivas menos– y redundaría en el bien de las familias. Evidentemente, debería sufragarse el material (que sería, desde luego, más barato) a aquellas familias que no pueden permitirse este gasto.
  2. Otro de los puntos flacos en cuanto a la supresión de los libros de texto es el que tiene que ver con el seguimiento del alumnado de las clases. Cualquiera que haya entrado en un aula se habrá dado cuenta de que los alumnos necesitan tener muy clara la estructura de la sesión, saber qué deben estudiar y qué deben hacer y de qué modo. Si los libros de texto se sustituyen por materiales sin un orden claro en su metodología, los alumnos acaban perdiéndose, algo que influye en la predisposición de estos hacia la asignatura. Está comprobado: si en ciertas unidades dejo de hacer uso del libro de texto y utilizo material elaborado por mí, los alumnos comienzan a sentirse inseguros: necesitan marcar qué va a entrar para el examen y qué se les va a preguntar, así como una buena carpeta para no perder las hojas.
  3. Por último, el negocio de las editoriales se vería mermado si se acabara con los libros de texto, y estas suponen un grupo de presión muy importante, así como muchos puestos de trabajo. Imaginar de nuevo la educación supondría mover las tranquilas aguas del lucrativo negocio editorial.

No hay una respuesta sencilla a tal pregunta. Los libros de texto no deben demonizarse: en la disciplina que yo imparto sí ha habido mejoras y poco a poco se han ido acercando a un enfoque competencial, si bien el material destinado a ello no supera el diez por ciento del conjunto de páginas. Las editoriales deben hacer un esfuerzo en renovar los materiales ofrecidos y la Administración debe exigírselo, así como promover la confección propia de los materiales por parte de los docentes mediante horas de trabajo, puntos para concursos de traslados y ¿por qué no?, incentivos salariales, ahora que está tan de moda ser un emprendedor.

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