Las ocho menos cuarto

Noto un tímido trasiego a través de la ventana. Se acerca la hora. Refresca un poco, ¿No? Píllame la chaqueta. No. La marrón. Encima de la silla. No. La otra. Ahora. Las palomas están por todas partes, siguiendo la tónica habitual de estos días, no saben dónde van pero sí lo que buscan. A falta de terrazas y bancos de charleta, planean nerviosas para rapiñar todo aquello que puedan encontrar.

Empiezo a ver el montaje de luces dos balcones más abajo. Me abrocho la chaqueta y pienso en la suerte que tengo de vivir en el lugar que vivo. Una sociedad occidental, avanzada, libre y democrática. Fíjate que hace dos días decían que en Hungría aprovechaban todo el percal para montar una especie de dictadura. Si es que somos unos afortunados. Un pueblo cívico, responsable, preparado. Mira, ya salen los del balcón del tercero. Saluda, va. Tenemos el gobierno más progresista de la historia, ¿A qué sí? Esto aquí no pasa, por favor, aquí tenemos las cosas claras. Larga vida a la democracia.

Y es que mira como se aprovechan de los pueblos primitivos e incultos, se la meten doblada. Aquí, no, por Dios. Qué distintos. Sociedades empobrecidas con altísimos porcentajes de analfabetos funcionales. Qué suerte tenemos. Qué bien lo hacemos. Qué buenos somos.

Porque si viviéramos en una dictadura, y es que no quiero ni pensarlo, pasarían cosas terribles, intolerables para el individuo leído y preparado que habita estas tierras. Quizás, Dios no lo quiera, tendríamos que sufrir algunas cosas tan lejanas y ajenas como:

– Que nos sumieran en un estado de miedo permanente. Que nuestros líderes, con la connivencia de los medios de comunicación, modularan, con acierto, un estado de pánico con las oscilaciones adecuadas a las intenciones de los gobernantes. Cualquier dictador de medio pelo sabe que el miedo a la muerte disculpa cualquier cosa. Reina la improvisación. Un día de malas noticias, justifica unas medidas, un día de buenas noticias, otras. Madre mía. Podrían llegar a adaptar los estados mentales de la población a sus intereses. Obviarían que ninguna vida es sagrada si no es digna. Podríamos, incluso, recibir audios alarmistas de falsos sanitarios con un mensaje final, casualmente coincidente, y tremendamente similar al de las campañas publicitarias gubernamentales. Qué horror. Aquí no. Aquí, imposible.

– Que nos escondieran información. Suerte de estar donde estamos. Que es que nos podrían haber dicho que no pasaba nada, que saliéramos, que nos manifestáramos; y seis días después, decretar un estado de alarma. Así, de sopetón. Podrían habernos dicho, caray, que las mascarillas no servían de mucho para, dos semanas después, obligar a ponérnoslas. Da miedo solo pensarlo. Nos dirían cosas como que la ciencia dicta el camino, pero personificarían esa ciencia en un ente abstracto incomprensible para nosotros, pobrecillos, homúnculos simplones, que no la entendemos. Pero tranquilos, confiad, que velan por nuestro bien. Nos infantilizarían, como en todas las dictaduras. No nos dirían cuántos test se hacen. Muertos. UCIs, residencias. El absolutismo tiene el ingenio de saber complicar hasta el dato más simple. Nos confundirían. Tendríamos que quedarnos con el titular que tocara. Suerte que aquí no. Aquí esto no colaría. Somos una sociedad adulta. De ninguna manera. No lo podríamos consentir.

– Que impregnaran sus discursos de lenguaje belicista. Si fuésemos una dictadura, el virus sería un enemigo que abatir. El virus, ese bicho de las clases de biología, tendría fondo además de forma. Se hablaría de estar en primera línea, de guerra, de batalla. Porque los dictadores saben muy bien que el uso del lenguaje condiciona el pensamiento y los términos bélicos permiten sumir al ciudadano en un estado de alerta permanente. Y empezarían, qué desastre, a aparecer militares por todas partes. Pero la gente lo vería de lo más normal y les harían homenajes y todo. Serían héroes. Incluso podrían acabar dirigiendo y tomando decisiones aprovechando la situación. Siento escalofríos solo de pensarlo. Saldrían a hablar, nos deslumbrarían con sus medallas y dirían barbaridades que habrían memorizado viendo una peli de Kubrick sin entenderla, como, yo que sé, que en una guerra todos los días son lunes o alguna idiotez del estilo, así como muy rimbombante. No sabemos la suerte que tenemos. Sería estremecedor. Esto solo puede pasar en un país como… Ese, ¿Cuál era? Ah, sí, Hungría. Gente analfabeta. No tienen ni idea. Qué lástima.

– Que la nación, una, grande, pero libre como que no mucho, estaría por encima de todas las cosas. Nos podrían llegar a vender magufadas como que el virus no entiende de fronteras. Suerte que aquí no nos lo creeríamos. Somos cultos. Gente preparada. Al contrario, aquí sabemos que a los virus hay que ponerles fronteras para evitar su propagación. Sabemos, por supuesto, que no tiene sentido actuar del mismo modo en un foco de contagio que en otro. Que las líneas imaginarias en el suelo pueden ser una chorrada pero los kilómetros de separación al bicho le importan. Pero, ay, si viviéramos en una dictadura, válgame Dios, todo eso daría igual. Todos seríamos uno. Tendríamos que comernos la misma sopa de pollo los unos y los otros, los hartos y los famélicos. Porque el país, otro ente abstracto, estaría por encima de todas las cosas, de ti, de mí, y de todos.

– Que se censuraran las críticas. Que escondieran las opiniones de los disidentes. Vamos, esto es de primero de dictadura. Seguro que, fíjate, serían tan sinvergüenzas de filtrar, incluso, las preguntas de los periodistas en rueda de prensa. Nos soltarían discursos vacíos y grandilocuentes dictados a golpe de teleprónter. Citarían poetas. De los que visten. Quizás alguno persa. Frases masticables, cortas y efectivas, de las que caben en cualquier taza. Bochornoso, ¿No? Y las familias de esos pueblos primitivos viendo desde sus sofás como su presidente lee delante de sus narices las respuestas a las preguntas de la prensa, que ven que están preparadas de antemano… Pero cierran los ojos. Y es intolerable. Pobre gente. Hale, callados y obedientes. Qué pena.

– Que nos robaran las libertades individuales en aras de un bien común superior, desconocido e intangible. Imagínate, nos podrían esconder las medidas de otros países porque claro, no interesa saber que el vecino puede salir a pasear, por ejemplo. Porque claro, aquí no, aquí no somos una sociedad que se lo merezca. Que necesitamos normas muy estrictas, uy, qué lástima, porque si no nos lo pasaríamos todo por el forro. Y en una dictadura todos lo asumirían y dirían que claro, que yo no soy así, pero es que hay “gente que”. Y así es como legisla el autoritarismo, amparándose en esa “gente que”. Pobrecillos, si lo supieran. Manipulan su moral. Tú lo haces bien, te dicen. Tú eres un héroe. Son los otros que. La gente que. Qué inmensa fortuna vivir en un país demócrata basado en la confianza y respeto entre individuos. ¡Qué suerte!

– Que hubiese colaboracionistas, claro, una dictadura no se va a hacer sola. Los poderes absolutos escogen amigos entre sus siervos. Ellos vigilan. Controlan. Si se lo curran bien, pueden llegar a tener estómagos agradecidos sin necesidad siquiera de llenarlos de comida. Buf, ya ves, hay sitios donde tienen tal comedura de tarro que llegan a aparecer, de entre los geranios de los balcones, centenares de ojos de francotiradores de la moral. Denuncian. Aplauden los abusos policiales. Admiran el escrutinio de las bolsas de la compra. Ya se sabe: sin delatores no hay régimen que se sostenga. Esto ha pasado siempre, pero hay pueblos que no han aprendido nada. No saben historia. Víctimas. Gente primaria tan bárbara que serían capaces de aplaudir salvoconductos basados en marcar con brazaletes, yo que sé, azules, por ejemplo, a críos con alguna discapacidad. Espeluznante, ¿Verdad? Agradezco infinitamente vivir aquí. Sentirme libre. No estar rodeada de policías de balcón. Suspiro aliviada. Qué bien.

– Que arrojasen a los ciudadanos a la más absoluta inseguridad jurídica, en la cual se hablaría de muchas cosas aunque se firmarían muy pocas. Podrían llegar a montar un estado de excepción agazapado en un falso estado de alarma. Y de repente, oh, sorpresa. Qué más da. Como esas gentes medio salvajes no leen nada… Todo vale. Edulcoran la amarga realidad de la precariedad y la falta de medios de los sectores clave colocándoles una capa de heroicidad. Saben muy bien como poner la vocación por encima de la profesión para justificar condiciones laborales infrahumanas y absolutamente miserables. Los dejan tirados y todos contentos. Son encantadores de serpientes que dominan el homenaje paternalista de la sonrisa y la palmadita en la espalda de los que envían soldados a una guerra de la cual no saben si volverán. Y van tragando. E incluso aprenden a colaborar en estos tributos perversos. Qué impotencia. Ya lo dicen, ya, que la ignorancia es clave para la felicidad. Suerte de nuestro pensamiento crítico, suerte de los griegos, suerte de occidente.

Es curioso. A pesar de tota la hecatombe pandémica que vivimos, me siento afortunada. Hala, ya lo he dicho. Pertenezco a una sociedad libre, justa y progresista. No necesito más. No como esa gente tan tosca que tragan con todo. Que les montan numeritos para tenerlos distraídos. Que, para tapar una nefasta gestión y un recorte injustificado de las libertades individuales, los empapan de discursos de caramelo resbaladizo, aderezados de eslóganes motivacionales, ligeros, siempre digeribles. Que les dicen que es momento para la autoreflexión y el recogimiento, claro, pobre gente, ya dan por hecho que ellos no reflexionan así porque sí. Que les hacen pintar cosas bonitas, como, no sé, arcoíris. Que les hacen bailar al son de melodías trasnochadas. Que no quieren que les compliquen la vida, vaya, que su sota, caballo y rey es el dogma, la fe y la liturgia. ¿Cómo han podido llegar a eso? Es profundamente desolador. Rezo por ellos.

Pero yo puedo respirar tranquila. Porque todo esto solo pasaría si viviéramos en una dictadura. Nosotros no. Somos una sociedad audaz y moderna. Avanzados. Muchísimo. Cultos. Librepensadores. Faltan menos de cinco minutos para que den las ocho. Las palomas empiezan a levantar el vuelo y la gente ya llena de luz y música los balcones. Sigue refrescando. Saco las manos de los bolsillos y me acerco a la barandilla. Ahora toca aplaudir.

Maite Martí Guiu

Una ciudadana libre

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Jose Antonio

Aplauso incondicional y ovación cerrada al texto.
Voy a guardarmelo ahora mismo, no vaya a ser que sople algo de dictadura por nuestro país, uno, grande y libre, y la censura se lo lleve por delante.

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