La peor pérdida de tiempo es discutir con un fanático

Uno puede llevar más o menos razón en sus argumentos. Uno, al final, es producto de una mezcla de realidad e interpretación interesada. Es por ello que, por desgracia, al menos en el ámbito social, al que pertenece el educativo, es muy complejo dilucidar ciertas verdades o, simplemente, plantearse la posibilidad de extraer certezas. Otro tema son los datos objetivos y, aún así, siguen sin poder ser válidos para nadie cuyo bulbo cerebral se haya convertido en un tótum revolútum de fanatismo en diferentes grados.

Fuente: ShutterStock

Discutir con un fanático agota. Agota tanto física como psicológicamente. Más aún al ver como, por desgracia, en lugar de reconocer su fanatismo e incapacidad de variar ni un ápice su visión, en muchas ocasiones monoteista e influida por dictados divinos, intenta llevarte a su redil. Y lo más grave del asunto es que muchos fanáticos consiguen lavar el cerebro de personas que, por desgracia, carecen de capacidad para poderse enfrentar con ese fanatismo. Sí, al igual que asociáis fanático con extremista político o religioso, os pido que lo asociéis con fanático educativo. Hay y, por desgracia, no pocos.

Hoy se ha conocido que en Barcelona los centros concertados albergan a más del 40% de inmigrantes mientras que, por lo visto los concertados (financiados con dinero público y, en principio sometidos al mismo modelo de matriculación, no llega uno al 15 y el otro al 2%. Perdonad los datos pero hablo de memoria pero, por lo que conozco y salvo excepciones en algunos concertados, acostumbra a ser lo habitual en las grandes urbes. Centros, en muchos casos situados en la misma acera a escasos metros, con una diferencia alarmante en algunas proporciones. Por tanto, no hay nadie que pueda creerse que los concertados no filtran. Solo puede haber fanáticos que se crean lo anterior. Los datos son los que son y no por sacar excepciones, las mismas valen. La realidad es que las cuotas “alegales” de muchos centros concertados provocan esa segregación. Eso y la religiosidad de la mayoría de centros. Curiosamente, bajo la libertad religiosa, acaban segregando a alumnado de familias de religiones diversas. Algo que Constitucionalmente es delito pero, lamentablemente, la Constitución solo sirve a algunos y en momentos determinados. Entonces, ¿cómo discutir con un fanático que te intente cuestionar lo anterior? Claro que si es blanco y en botella no siempre es leche pero, si sale de la ubre de la vaca y ves como lo ponen en una botella, aún hay gente que se empeña en discutirlo.

Tampoco puedes discutir con un fanático que sabe que su metodología educativa es la mejor del mundo mundial. No, uno no puede discutir con quienes creen, además sin atisbo de duda, que existe una escuela tradicional en la que aún enseñan Reyes Godos. Tampoco puedes discutirles que, en ocasiones, usar las TIC puede ser contraproducente. Ya les puedes presentar cientos de investigaciones, mientras encuentren un artículo en un blog que defienda su visión, qué podemos hacer. Lo mismo que con esos que ahora fletan un barco para demostrar que la tierra es plana. Imposible la discusión. No se puede. Es imposible y agota.

En educación hay tantísimos matices que hace que el debate deba estar continuamente abierto. No hay fórmulas mágicas. No hay una solución perfecta para hacer ciertas cosas. No se sabe si algo va a funcionar o no en un aula porque depende de tantas cosas que, por mucho que las queramos controlar, algo siempre se nos puede ir de las manos. Los alumnos no son tornillos. Los docentes no somos exprimidoras. Algunos, ni tan solo, tenemos botón de encendido o apagado. Y si alguno se cree a pies juntillas algo, salvo que no haya otra opción porque las pruebas, al pisar una mierda y olerla, se demuestra que las has pisado, es que es un fanático. Algo de lo que parece que estamos llenando el mundo educativo. De fanáticos religiosos. Peor aún porque, en este caso, dicen muchos que se basan en “pruebas” que nadie ha visto y nadie verá.

La catástrofe siempre empieza con un pequeño detalle. El fanatismo es algo global que, más que un detalle, ya es una realidad. Hay personas que creen que los homosexuales son una desviación de la naturaleza totalmente curable, que las corridas de toros es un espectáculo o, simplemente, que las mujeres deberían estar en casa cosiendo y fregando. Y no les saques de ahí. Sus pruebas son irrefutables. Bueno, más bien la falta de ellas.

No debe discutirse con un fanático por dos motivos: el primero es que es tiempo que podrías dedicar a otra cosa; el segundo es que, como te dejes llevar, aún te acabarán convenciendo acerca de que la homeopatía o el cloro es capaz de curar el Ébola.

A ver si me aplico lo anterior porque, por desgracia, en ocasiones acabo discutiendo con alguno de ellos.

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