No creo ser el único al que el concepto “nueva normalidad” le genera una sensación, mezcla de náuseas y preocupación. No quiero lo que se avecina. No quiero lo que está pasando. No quiero ver como, aprovechándose de la pandemia global, entre unos y otros acabemos modificando la sociedad a algo mucho peor de lo que teníamos. Y, vamos a ser sinceros, esta pandemia nos ha cambiado a peor. Nos ha generado problemas psicológicos que, aunque no se muestren externamente o pensemos que hemos salido bien del confinamiento, existen y están siendo documentados por todos los que están investigando los efectos del “bicho” y las medidas tomadas por los gobiernos. Esto sin contar con el miedo que, de forma más o menos irracional, hemos acabado gestionando entre mal y peor. La gestión del miedo es muy complicada. Más aún cuando es miedo a algo que no se ve, para lo que no hay solución y cuando, de forma repetitiva, nos están bombardeando acerca de la necesidad de tenerlo.

Al igual que me genera mucho rechazo el concepto de “nueva normalidad”, también lo hace el concepto “nueva” educación como mantra que usan algunos para describir la necesidad, no solo ahora, de crear una nueva escuela, basada en valores abstractos y muy poco sólidos, para conseguir modelar a las nuevas generaciones bajo determinadas competencias. Competencias que, por cierto, ni son competencias ni nadie sabe, aún a día de hoy, en qué consisten. Una normalidad basada en centros de pedagogías excluyentes (Montessori, Waldorf, etc.) o en simples metodologías -que incluyen el uso de determinadas herramientas-. No debemos caer en lo nuevo que, en ocasiones resulta más rancio que lo viejo. Al igual que a nadie se le ocurre cambiar una medicación que le funciona (incluso que no sea al 100%) por una medicación experimental, salvo que la primera no le funcione, en educación no deberíamos plegarnos a cantos de sirena, a buscar complicaciones innecesarias o a creernos que, con una determinada praxis, avalada o no por determinados autores (más o menos leídos), vamos a mejorar el aprendizaje de los chavales. La educación tiene su principal baza en el enseñar porque, si nos dedicamos solo a la parte educativa, a la gestión emocional o, simplemente, a procurar que los niños se sientan felices, no sería necesario tener personas con saberes. Podríamos prescindir de los docentes. Al igual que si cogemos la concepción de la educación como una simple herramienta de conciliación laboral, de guarda y custodia o de introducción de valores. Lo último se va a trabajar en las aulas y, seguramente, lo primero y lo segundo, son cosas que pueden estar en la concepción de muchos, pero no es la función global de la educación. La educación, por mucho que la vistan de otra cosa, es una herramienta para que el alumnado adquiera competencias que le permitan, más allá de desenvolverse en sociedad (para lo cual es más importante la familia que la escuela), tener un aprendizaje para, en un futuro, especializarse en un determinado ámbito laboral. No creamos trabajadores. Creamos personas capaces de tener capacidades, conocimientos y habilidades para integrarse en una sociedad. Y si ya conseguimos que vivan mejor que sus padres, chapó.

En la escuela debemos enseñar a leer, escribir, comprender lo que se lee, realizar operaciones matemáticas básicas, asumir competencia digital e intentar ayudar, a los que por situaciones sociofamiliares lo tienen difícil, a ver que hay otra manera de vivir que la que tienen en sus casas. Potenciando la salud física, mejorando las dietas, jugando con la imaginación y asumiendo retos que les permitan, de forma colaborativa, asumir ciertos objetivos. No es malo marcarse objetivos. No es malo marcar objetivos. Y en esos objetivos tiene muy poco que ver la herramienta porque, siendo sinceros, ¿alguien me sabe decir la diferencia entre hacer un esquema a mano o usando una herramienta digital? Lo importante es que sepan esquematizar. Por eso centrarse en usar la herramienta es un error que, por lo visto, algunos quieren incluir en la “nueva” educación.

Conforme se va ascendiendo y pasando a los institutos, los aprendizajes serán más complejos y específicos. Eso hasta llegar a etapas postobligatorias donde la especialización (aunque para mi gusto es excesiva con el Plan Bolonia y la proliferación de cientos de ciclos formativos diferentes) va a ser la clave formativa. Una formación que cada vez tendrá menos de formativa y más de sumativa. Creo que la mayoría ya me entendéis por dónde voy con esa diferenciación.

Hay mucho bueno en la “vieja” educación. Hay mucho malo en la “nueva” educación. Hay mucho interés en contraponer dos modelos de educación donde, al final, lo único que existen son matices que poco tienen que ver con el alumnado. Quizás es que usar conceptos como educación del siglo XXI, profesaurios, innovadores, educación moderna o, cualquier otro concepto que hable de diferencias, cuando el alumnado, salvo matices, tiene las mismas necesidades de aprendizaje, es un sometimiento a unas leyes de un mercado (y una mercadotecnia) que poco tienen que ver con lo que necesitamos.

No sé, creo que debatir acerca de una herramienta, una metodología, un modelo educativo cerrado basado en unos principios muy rígidos o, simplemente, intentar hacernos creer que lo nuevo, por el hecho de ser nuevo (o venderse como nuevo aunque no lo sea), es mejor que lo que había. No debo ser el único al que hay “innovaciones” que le chirrían y que, salvo lo bonitas que las venden, les ve una nula utilidad en el aula. ¿Adaptarse o morir? Pues creo que hay más alternativas ante la falsa disyuntiva anterior. Ojalá alguien pensara, antes de proponer cosas, en analizar qué es lo que funciona y que es lo que no. El “amimefuncionismo” subjetivo, aparte de ser poco serio, dice muy poco de los que quieren venderlo como algo global. La educación es mucho más que el debate entre nueva y vieja. Mejorar la educación va a venir de lo que sepan los que trabajan en la misma, de sus conocimientos de la materia que imparten y de las habilidades que tengan para que, ese conocimiento, se transmita de la mejor forma posible porque, aunque algunos siempre lo afirmen en sus ponencias, Google no sustituye al buen docente ni, por desgracia, nos suministra las respuestas que necesitamos. Nos da las respuestas que, pudiendo formular bien la pregunta, le interesa darnos.

No quiero “nueva” o “vieja” educación. Quiero EDUCACIÓN en mayúsculas.

La imagen que ilustra este post indica claramente a qué me refiero en el mismo. No por pintar un faro de colorines, el faro hace mejor o peor su función 😉

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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