La infantilización del profesorado

Lo que antes era algo totalmente anecdótico, en la actualidad se ha convertido en algo cada vez más habitual. Me estoy refiriendo a la existencia de muchos padres, acompañando a sus retoños, a reclamar las oposiciones docentes, a hacer sus trámites ante la administración educativa o, simplemente, presentándose en septiembre en el nuevo centro que le ha tocado a su descendiente, para ver qué horario le ha tocado, preguntar si va a estar a gusto en el centro o, simplemente, para presentarse como padre/madre del futuro docente de ese centro.

Fuente: ShutterStock

Estamos infantilizando la profesión por encima de nuestras posibilidades. A mí, personalmente, ya me hubiera dado vergüenza que mi padre o mi madre (y eso que ambos son del ramo), me acompañaran al instituto cuando era alumno. Me hubiera dado mucho palo ya incluso que me acompañaran a los últimos cursos de EGB porque, todos los que vivistéis esa época, sabréis qué comentarios se daba a aquellos cuyos padres les daban el beso en la puerta. Sí, no estoy hablando de tantos años. Bueno, sí que son años pero la deriva “infantiloide” ha ido de mal en peor.

En los institutos o centros de FP nunca se presentó un padre de nadie a reclamar la nota de sus hijos. Ya no digamos en la Universidad porque, sinceramente, ¿alguien de mi época -tengo cuarenta y cuatro- fue con sus padres a matricularse en la Universidad? ¿A alguien le llevaron los papeles para matricularse si no era por causa muy extrema? ¿Alguien se presentó alguna vez en la Universidad con sus padres? Ahora hay colas de padres en el período de matriculaciones. Además padres que, curiosamente, en la ventanilla de matrícula no dejan hablar a sus hijos porque “debe ser su obligación vital la de hacer de padres caldosos”. Creo que se me entiende el concepto de “caldoso”. No entro en las reclamaciones de notas, porque creo que cualquiera que dé clase en la Universidad os puede contar la ingente cantidad de familiares que se presentan a la reclamación del examen en blanco…

Pues lo anterior ha saltado a los docentes (tanto a los opositores como a los que ya están en activo). No me extraña nada que triunfen determinadas sandeces en los cursos de formación. Viendo el percal, las cartas a los medios de padres denunciando que su hijo/a no había aprobado la oposición porque no le habían dejado usar el iPad (aunque la convocatoria excluía el uso de dispositivos tecnológicos) o, simplemente, la cantidad de correos que recibe la administración educativa para reclamar las notas de sus hijos. Hijos que, curiosamente, están de vacaciones o dejan su autonomía, cada vez más maltrecha, en manos de quienes les han alimentado desde hace mucho. Muy triste.

Cada vez son más los niños y niñas (léase docentes sin autonomía) que están dando clase a niños y niñas. Personajes sin ninguna autonomía, marcados por una sobreprotección excesiva que, al final, son incapaces de lidiar con los problemas del aula por ser incapaces de gestionarla. Muchos de los problemas que tienen algunos docentes es por su falta de autonomía previa. Y no estoy exagerando el asunto.

El problema ya no es, como pretenden algunos, primarizar -o infantilizar, como petición más extrema- la Secundaria. El problema fundamental es infantilizar a los docentes. Algo que, después de muchos años de negación de autonomía a quienes, por cierto, ya hace tiempo que follan, se emborrachan y saben pedir pizza a la franquicia de turno, está llevando a niños y niñas sin límites, y sin autonomía, a las aulas para “dar clase”.

¡Cómo va a enseñar autonomía a los alumnos alguien que no la tiene! Pues eso. Reflexionemos sobre el tema porque, sinceramente, creo que sus implicaciones son muy serias.

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