La gestión del respiro digital

Estos dos últimos días he tenido oportunidad de leer los blogs de dos compañeros de viaje educativo digital, Antonio y Toni, donde hablan de la necesidad de la desconexión digital y se cuestionan la posibilidad de volver a los orígenes. Son muchos los que se han visto absorbidos por el mundo digital. Un mundo que, lejos de servir de complementario, ha ido desembocando, en mayor o menor medida, en un mundo sustitutivo. Un mundo que, visto desde la óptica de uno que adora todas las potencialidades que se le ofrecen (a nivel profesional) con el uso masivo de las nuevas tecnologías se ha visto obligado a marcarse unos límites muy estrictos de horarios y de desconexión de puertas para afuera de su domicilio.

Una de las grandes decisiones para establecer el necesario respiro, que no desconexión, es considerar la necesidad de esa conexión permanente a la red. Una necesidad demasiado fácil de satisfacer por los nuevos dispositivos móviles (smartphones). Demasiado fácil de satisfacer y a un coste que muchos siguen prefiriendo abonar antes que dedicar ese dinero a otras actividades no digitales. Es decisión propia. Entendida, respetada pero no compartida. ¿Será envidia por no tener más teléfono que uno que sirve sólo para llamar y enviar mensajes de texto? O, ¿será necesidad de automarcarse unos límites que impidan que las nuevas tecnologías y la satisfacción de necesidades inmediatas se apoderen de uno?

Por tanto, este artículo va destinado a exponer experiencias propias. A comentar algunos truquillos que me han funcionado bastante bien hasta el momento para conseguir gestionar la vorágine digital en la que es demasiado fácil caer. Cosecha propia. Algunos consejillos de un docente, como siempre totalmente cuestionables y discrepables, al que le gusta lo digital pero que no quiere perderse todo lo bueno que le ofrecen sus sentidos más inmediatos.

Vamos a intentar darle forma a esto…

¿Es realmente necesario disponer de un smartphone con conexión a internet para nuestro día a día? ¿Es realmente necesario hacer checkins (decir donde estamos), fotografiar todo lo que comemos y vemos e ir todo el rato pendiente de nuestro Twitter, Facebook o nuestros imprescindibles Whatsapps? ¿Es necesario poner ese móvil encima de la mesa en todas las comidas que hacemos con nuestro grupo de amigos, consultándolo de reojo, mientras nos perdemos las conversaciones, seguramente bastante más interesantes que lo que nos pueden llegar por las ondas? ¿Tan imprescindible es llevar móvil?

No creo que lo anterior sea, ni necesario ni imprescindible. Las comidas son para disfrutarlas en compañía. Si no nos apetece ir a comer o a disfrutar unos momentos con determinadas personas… no vayamos, pero ir para estar pendiente de otros aparte de ser de mal gusto es dar una sensación muy triste. Aún más triste es ver que todos los que tienes al lado, menos tú, están con sus móviles encima de la mesa. Entonces te planteas que algo está yendo muy mal. La solución es fácil… ni móvil encima de la mesa, ni conexión a internet en nuestro móvil (innecesaria para el 99% de los mortales) y, a ser posible, llevar el móvil sin batería 😉

¿Es necesario consultar el correo electrónico cada cinco minutos para ver si nos ha llegado algún nuevo correo que, curiosamente, no contestaremos inmediatamente porque nos dispersaremos a otras cosas?

Reconozco que era una práctica que realizaba de forma bastante habitual. Correo electrónico siempre mirado y vuelto a mirar cada poco tiempo. Solución: se planifican tiempos y plazos (con una consulta diaria a última hora antes de proceder a la desconexión digital hay más que suficiente). Eso sí, reconozco que hay momentos que, por cuestiones laborales o de esperar determinadas cosas (que sabes que te tienen que llegar) te ves obligado a mantener el correo abierto en segundo plano.

¿Es necesario llegar a un sarao educativo y pasarte más tiempo mirando el móvil, la tableta o el portátil que atendiendo al ponente que está dando lo mejor de sí mismo?

Nunca llevo dispositivos móviles a las charlas educativas (a las pocas que voy, porque a uno le da pereza volver a oír lo mismo que ya ha visto por la red). Nunca tuiteo en las mismas, ni facebookeo, ni googlepluseo, ni nada similar. Quizás al día siguiente escribo algo. Lo de escribir me gusta aunque no se me de demasiado bien. Lo de estar más pendiente del ordenador que del ponente es injustificable, incluso que algunos digan que es para hacer difusión 2.0 para aquellos que no han podido asistir insitu. El ponente, que se lo ha currado y, en muchos casos es uno de nuestros compañeros, no se lo merece. ¿Se debería inhibir el 2.0 en las charlas más allá de la difusión de las mismas por videoconferencia?

¿Es bueno estar conectado las veinticuatro horas del día?

Tengo alumnos que se van a dormir a las dos o las tres de la mañana después de estar dando la brasa por Tuenti a aquellos compañeros y compañeras con los que se van a ver al día siguiente. Les preguntas qué sentido tiene eso y te responden que lo hacen por aburrimiento y necesidad. Si lo hacen los chavales y ellos mismos aceptan que lo que están haciendo es un sinsentido, ¿tiene sentido que lo hagan los docentes? Tenemos que gestionar nuestro tiempo. Tenemos que autoestablecernos límites. Tenemos que decir a qué hora queremos parar. O nos limitamos, o realmente lo único que estaremos haciendo es lo mismo que nuestros chavales…ir vagueando por allí. Porque no creo que haya nadie que me diga que a la una o a las dos de la madrugada están aprendiendo con maravillosos enlaces que se están publicando. No compro pulpo como animal de compañía.

Hemos de gestionar nuestra vida digital de la misma manera que gestionamos nuestra vida fuera de la red. Con límites y limitaciones impuestas. Ver hasta qué momento algo es placentero o en qué momento está pasando de placer a necesidad. Démonos un respiro. Establezcamos un equilibrio digital. Es como todo… cuando algo se usa en exceso o de forma incorrecta genera unos síntomas que no son precisamente agradables. Eso sí, mejor regular que desaparecer de un día para otro.

Algo de nuevo demasiado desestructurado, escrito a horas intempestivas y publicado cuando le de la gana a mi gestor de contenidos.

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