La educación como espectáculo

No, ayer no vi Poder Canijo. Hay espectáculos que, por lo que implican para mi profesión, prefiero abstenerme de visualizar. No, no voy a caer en la necesidad que tienen algunos de ver o probar algo para poder decir si es bueno o malo. Hay muchas cosas que, por mucho que no se prueben o vean, son totalmente nocivas para nuestro organismo. Y, sinceramente, perder el tiempo en tramoyismo educativo es algo que ya no me va. Me he quitado, como dirían algunos.

Fuente: http://www.amifoto.com

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Ya sé que seguir insistiendo en la necesidad de devolver a la educación a su concepción original, alejada de los focos (no digo que no se hable de ella, hablo de cómo debería hablarse del tema), es predicar en el desierto. No es sólo la necesidad de salir de la fila de ovejitas que están comprando alegremente lo que les están vendiendo sin cuestionarse, más allá de lo bonito que se le supone al asunto, modas, estrategias o aparatos. Es la necesidad de tomar aire y cuestionar los motivos que hacen que, en este momento, se esté vendiendo tanto y haciendo tanto merchandising de temas relacionados con la educación. Si uno fuera malpensado, pensaría que se debe a la necesidad de algunas empresas de hacer caja. Más aún viendo quiénes son los patrocinadores de todos los eventos educativos que se realizan en nuestro territorio. No, quizás sea sólo percepción personal y las fundaciones que permiten maquillar determinadas cuentas de gastos son las hermanitas de la caridad. Algunas, incluso con su hábito de trabajo. Qué buenas son las empresas que nos iluminan en algo tan necesario de luz como es la praxis educativa. Qué buenas son porque nos suministran herramientas y nos ponen en las tarimas a gurús que escriben libros. Qué bondad. Qué altruismo.

La verdad es que la conversión de la educación como espectáculo ha llegado a unos extremos insostenibles. Entre los gurús que dejan el aula para pontificar ante auditorios de miles de personas, los libros que te enseñan a ser mejor docente y más empático hasta que, nos encontramos a aquella lista, cada vez más amplia, de docentes que hacen la ola para ver si pueden convertirse en cantantes validando, con sus intervenciones en las redes sociales o participando en partes del espectáculo, hay una amplia gama de interesados en el tema. La educación se está convirtiendo en el fútbol del siglo XXI: todos convertidos en entrenadores, muchas horas de juego mediático (in situ, en redes o, en medios radiofónicos y audiovisuales) y, un nutrido grupo de fans que van in crescendo para ponerse la camiseta de su evangelizador favorito. Ya no es sólo un espectáculo, se ha convertido en una religión de masas. No interesa cruzar el desierto del aula, donde los oasis cuando aparecen son maravillosos. Se trata de pedir vacaciones pagadas a algún resort de esos de la Riviera Maya en régimen de todo incluido.

Ojalá alguien ponga un poco de sentido común a lo que está sucediendo pero, hasta entonces y según defienden algunos (entre los que no me encuentro)… qué continúe el espectáculo o, cómo bien decía Freddie Mercury: The show must go on.

httpv://www.youtube.com/watch?v=t99KH0TR-J4

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