Invisibilizar lo excesivamente visible

Estamos en un mundo donde la tecnología está cada día más presente. Donde es raro no observar a un peatón cruzar la calle mirando hacia su móvil mientras está enviando un whatsapp a su amigo o amiga. Donde incluso los teatros se llenan de pantallas luminiscentes mientras se está representando una gran obra de teatro. Donde la tecnología se ha hecho algo cada vez más imprescindible y los ciudadanos que la usan cada vez más adictos a ella. Donde la gente, demasiadas veces, se encuentra más pendiente de sus dispositivos electrónicos que del entorno que le rodea.

De lleno en el período de cambio. Innovaciones que nos mantienen embelesados. Posibilidades de comunicación y consumo de contenidos infinitas. Dinero que llena las arcas de esas empresas tecnológicas que, miradas de forma global, obtienen ingentes beneficios. Adictos con necesidades demasiado fáciles de satisfacer. Un consumo demasiado visible y descontrolado.

¿Por qué la tecnología se está haciendo tan visible? Esa es una pregunta interesante. Es curioso que, años después de la implantación de las nuevas tecnologías, siempre haya algún aparatejo o aplicación electrónica que hace perder el norte. Primero fueron los juegos para esos primeros ordenadores, el basic que todo el mundo tenía que dominar (sin olvidar el maravilloso lenguaje logo de la tortuguita), los primeros chats de internet (¿quién de mi generación no se acuerda de latinchat?), los correos electrónicos (con su abanderado Hotmail a la cabeza), el queridísimo messenger, los teléfonos móviles y sus mensajes de texto, …, hasta llegar a la proliferación de las redes sociales y al siempre altisonante whatsapp. Una retrospectiva que, tomada de forma lo más objetiva posible, ha cambiado sólo en los elementos electrónicos y en la mejora (funcional y visual) de las aplicaciones que corren en ellos.

En las aulas está pasando lo mismo. Muchos chavales ansiosos de encender sus equipos portátiles de pantallas miniaturizadas (diez pulgadas para trabajar es un error importante -más allá de cuestiones absurdas de miopización recurrente-). Demasiados docentes interesados en aprender “programas” para usarlos con los chavales. Demasiada centralización en el aparato y en las aplicaciones. Demasiada dependencia de algo que, curiosamente, debiera ser lo menos importante. ¿Por qué nos obstinamos en los medios antes que en aprender a desarrollar unos contenidos que invisibilicen el medio en el cual se distribuyan? ¿Por qué después de tantos años rodeados de tecnología seguimos actuando como unos “niños” a los cuales nos han regalado algo nuevo? ¿Por qué seguimos perdiendo el norte en el uso de las tecnologías educativas?

La tecnología es excesivamente visible. Se presta demasiada atención a la misma. Los comentarios siempre son recurrentes sobre el tiempo que tardan en encenderse los aparatos, sobre los problemas de las conexiones, sobre qué programa enseñar a los chavales, sobre qué plataforma utilizar para colgar los contenidos, … Siempre lo mismo. Una falta de hábitos y de normalidad en el uso de herramientas. Unas herramientas que han venido para quedarse. Unas herramientas que, pueden ir cambiando de nombres y de aspecto, siempre necesitan ser invisibilizadas. Unas herramientas que jamás son el objetivo. Unas herramientas a las que necesitamos imperiosamente invisibilizar para hacer algo útil con las mismas.

No puede ser que en pleno siglo XXI, con alumnos que han mamado las nuevas tecnologías desde su tierna infancia, aún nos obstinemos en tratar las mismas como algo ajeno al propio proceso de aprendizaje. No es de recibo haber de estar revisando en todo momento lo que hacen los chavales con las mismas. No es de recibo que después de todos los años que las tecnologías llevan conviviendo con nosotros aún haya docentes a los que les de miedo su uso (o su “potencial” mal uso).

El día en que la normalidad y la etiqueta tecnológica (buen uso de la misma) sean tónica habitual en nuestras aulas (o en la propia sociedad) podremos considerar a las nuevas tecnologías como parte integrante de las mismas. Hasta ese momento, tan sólo van a ser algo que, en demasiadas ocasiones, va a exigir demasiado control sobre las mismas para poder ser usadas como una verdadera herramienta educativa. Una herramienta infrautilizada y, en la mayoría de casos mal utilizada, para poder ser ninguneada en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Una herramienta muy, pero que muy visible. Una herramienta que necesita ser invisibilizada con urgencia.

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