Innovar, la palabreja de moda

Hace ya unos cuantos años (seis, sin ir más lejos) escribí acerca de qué suponía para mí ser un docente innovador. También este verano me puse a realizar una cierta introspección acerca de mi ejercicio de la docencia y descubrí, oh sorpresa, que era un puto docente innovador. Bueno, más bien un docente que usaba determinadas herramientas y realizaba determinadas prácticas, con mayor o menor éxito, con mis alumnos. Y no por eso me sentía superior. Ni muchísimo menos. No creo que, tal y como decía un compañero, al que tengo un alto aprecio profesional, ayer en Twitter, la culpa del fracaso escolar sea del 90% de docentes que no innovan.

Fuente: ShutterStock

Y eso me lleva a pensar en la necesidad de establecer rúbricas para catalogar lo innovador que es uno. La proliferación de parafernalia asociada a un concepto -el de innovar- tan denostado de haber sido usado como arma arrojadiza por unos y por otros. La verdad es que en el aula es todo más sencillo. O más complicado según los grupos que te toquen en suerte. Además, por qué restringirnos a la palabra y no al dar clase. Porque, al final, ¿cuál es la función de un profesional de la docencia? Creo que es la de procurar que sus alumnos aprendan pero quizás haya habido algún cambio y yo aún no me haya enterado. Soy muy despistado para las moderneces. Bueno, más bien para la necesidad de contraponer bloques monolíticos cuando, al final, lo menos monolítico es la docencia.

¿Es malo que uno use vídeos en su aula? Pues no. ¿Es malo que base todo su modelo educativo en vídeos cuya visualización no cuenta con el apoyo de un profesional para, supuestamente, tener más tiempo en el aula para hacer cosas? Yo díría que sí pero con todos los matices que se deben dar a lo anterior. Estamos en un contexto, el educativo, plagado de matices y quizás todo sea mucho más transversal de lo que parece. O, simplemente, alejado de esa palabra que inunda demasiadas cosas, es comprada por cada vez más y permite que, alrededor suyo, se monten determinados debates. Coño, es solo una palabra con un significado muy manipulable.

No creo que uno deba empezar a taxonomizar entre innovadores o no. Entre profesaurios y no. Entre los que usan A y los que no. Entre docentes que están pagando aún la hipoteca y los que no. O, simplemente, entre docentes tan atractivos como yo y otros que, por desgracia, la genética no les ha dotado de tan buen cuerpo. Hay mucho que recorrer entre la línea de salida y la de llegada. Además, ¿quién dice que para llegar a algún sitio dos personas hayan de recorrer el mismo camino? Hay atajos. Hay personas a las que les gusta dar un rodeo para disfrutar del paisaje. Hay también quien, lícitamente, decide seguir el camino más marcado. ¿Qué hay de malo en ello? ¿No todos van a intentar llegar al mismo sitio? Al menos, en etapas obligatorias, lo importante es llegar. El cómo y los titulares interesados poco interés tienen. Bueno, salvo permitir miles de tuits, generar controversia y jugar con la palabreja de moda.

Al igual que no hay razas superiores, no hay docentes flamígeros. Bueno, hay algunos que queman, otros que, a veces gruñimos y, finalmente, una gran heterogeneidad de perfiles profesionales que, en su inmensa mayoría, quieren lo mejor para sus alumnos. No se trata de innovar, se trata de tener sentido común. No se trata de usar indiscriminadamente, o negarse a usar, una determinada metodología. Se trata de buscar lo mejor para tus alumnos. El modelo que permite que, tanto alumnos como docentes estén cómodos en el aula y, lo que es más importante, que los primeros aprendan.

Cuando cuestiono determinadas modas no es por el hecho de no creer que, al final, se busca lo mejor para los chavales. Lo que cuestiono es que, por suerte, los chavales no son tornillos y cada docente tiene que ser capaz de “generar su propio librillo”. Ya si eso hablamos de innovar pero, al final, es que ya cansa algo que se ha convertido más en una lucha de egos que en algo productivo.

Nos vemos en unos meses en el aula de nuevo. Ya tengo ganas de seguir dando clase. Y voy a intentar volver haciéndolo lo mejor que sé, usando todo lo que he aprendido y, seguramente, volviéndome a equivocar en muchas cosas. Es lo que tiene no tener la fórmula mágica y ser un simple docente de a pie al que no le gustan determinados verbos.

 

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