Hay cosas (no solo) en educación muy fáciles de solucionar que, por determinados motivos, no se solucionan

Ayer al llegar a casa mi mujer me preguntó dos cosas: la primera es cómo estaba en mi nuevo trabajo y si estaba, físicamente, aguantando y, la segunda es por qué no se montaba un examen tipo test, con parte práctica, para acreditar la competencia digital del profesorado. Lo sé. A veces tenemos charlas sobre educación. Es uno de los problemas de ser ambos docentes aunque, como siempre he dicho, ella tiene mucho mejores ideas que yo. Al menos en lo que se refiere a cuestiones educativas. Y no, no lo hago para quedar bien con ella o conseguir “réditos” varios porque, como ya os he contado en más de una ocasión, no me lee nunca desde hace bastante tiempo. Hace bien.

Ello me lleva a reflexionar en que, a veces, en el ámbito educativo tendemos a complicar las cosas. A intentar resolver cosas irresolubles o, simplemente, a protocolizar de una forma tan compleja algo que, al final, el protocolo se nos lleva todo el tiempo. Quién dice protocolo, dice burocracia. Quién dice burocracia, dice papeles o, simplemente, tiempo perdido para conseguir algo que, a priori, debería estar bastante claro.

Llevamos años con problemas con los móviles en los centros educativos. Todas las investigaciones dicen que los móviles (no estoy hablando de otros dispositivos electrónicos) perjudican el aprendizaje, generan problemas y actúan de distractores. Y todavía hay algunos que siguen defendiendo que no se prohíban. Veis, un caso de manual de complicar lo que es harto sencillo: prohibirlos. No hace falta comisiones. No hace falta plataformas. No hace falta intercambio de mensajes en las redes sociales. Es, simplemente, una cuestión de leerse investigaciones y tomar la decisión de su prohibición. Tan simple y sencillo como eso. Que aparecen nuevas investigaciones y evidencias en un futuro que indican que es bueno reincorporar los móviles a los centros educativos… pues los reincorporamos. Todo eso debería ser mucho más ágil.

Ya no entro en los virajes kafkianos en ciertos aspectos que afectan a la docencia. Hoy esto se tiene que hacer así. Mañana os obligo a que lo hagáis asá. Pasado mañana, ya toca de nuevo hacerlo así. Hasta que, al final, tenemos toda la comunidad educativa un lío mental que no sabemos si debemos hacer A, B o C. O, simplemente, obviarlo todo y hacer lo que creamos que es mejor para el alumnado. Algo que, al final, se obliga por tanta complicación en hacer las cosas. Es que hemos complicado muchas cosas. Hemos retorcido el lenguaje para sacarnos de la chistera leyes educativas que, por desgracia, son imposibles de comprender. No puede ser que alguien entienda en un mismo texto dos cosas diferentes. No puede ser que, por ejemplo en el caso de las situaciones de aprendizaje, haya tantas definiciones de las mismas y modelos de abordaje, como docentes o formadores de los primeros. No tiene ningún sentido. El lenguaje y las instrucciones deben ser mucho más sencillas. Pulsa el botón rojo, sigue con el verde y acaba con el amarillo. No se trata de mecanizar el aula, se trata de facilitar el trabajo de los docentes y la comprensión del alumno para saber qué se pide realmente de él.

No es solo a nivel normativo o “en las alturas” donde está el problema. En los centros educativos también se imponen normas contradictorias. Incluso en una misma aula hay desconcierto, en muchas ocasiones, ante el cambio de opinión de los propios profesionales. Lo del protocolo y la confusión es un entramado perfecto para el desastre. Especialmente si el protocolo se centra más en el propio protocolo que en lo que se pretende obtener con él.

Hay profesionales fantásticos en las aulas dando docencia directa. Hay profesionales fantásticos ayudando a gestionar la educación. Hay alumnado fantástico en las aulas. Hay familias fantásticas. No lo digo por decir. Es la realidad. La mayoría de los que están relacionados con la educación buscan lo mejor para conseguir que funcione lo mejor posible. El problema es que alguien, en algún momento de la historia, complicó las cosas hasta tal extremo que, al final, es todo mucho más complicado de lo que debería ser. ¿Habéis leído Las doce pruebas de Asterix? Pues leedlo si no lo habéis hecho y comparad lo que pasa en educación a cuando piden el impreso. Y, para aquellos que queráis ver el extracto a que me refiero, aquí os pongo el corte para que lo comparéis con lo que está sucediendo (no solo) en educación.

Hay cosas que, sinceramente, creo que son mucho más fáciles de solucionar de lo que parece en primera instancia aunque, por desgracia, hay algo que siempre acaba impidiendo que se solucionen. Y ya os digo yo que no tengo claro cuál es el ente que hace que la solución jamás se aplique. Ni tampoco sé, si se acaban aplicando las cosas que pueden solucionar el problema, se acabe haciendo siempre tarde y mal.

Dedico el artículo de hoy a esas dos personillas maravillosas que me he encontrado en el despacho del fondo de mi nuevo puesto de trabajo que, al igual que el resto de mis nuevos compañeros, me han parecido unas personas y profesionales fantásticos (personas que siempre, salvo excepciones muy puntuales, he tenido siempre a mi lado) de los que voy a aprender mucho. Creo que con este colofón al post me he ganado el café gratis para un par de semanas. Ya os contaré si lo he conseguido.

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