¿Ha valido la pena?

Estos últimos días he estado sometido a un acoso incesante por parte de algunas personas (la mayoría de ellos se definen como estudiantes de Magisterio o maestros de profesión) por haber planteado que debíamos revisar el modelo inicial de formación de Magisterio. Añadiendo, como hago siempre, el modelo de formación inicial de profesorado de Secundaria, mucho más paupérrimo incluso que el de Magisterio. Y ahí han llegado todo tipo de insultos y descalificaciones hacia mi persona por una horda embrutecida que, por motivos ignotos, se han dedicado a enseñar la patita en este blog.

Como bien sabéis los que me leéis desde hace tiempo, el blog está sometido a la moderación de comentarios. En este caso he abierto la manga y he permitido todo tipo de comentarios. Lo he hecho por varios motivos. Uno, para que algunos quedaran retratados y dos, por la necesidad de que nadie se quede con un solo discurso. Por ello, además, he intentado ir contestando uno por uno a todos los comentarios. Incluso a aquellos que solo se basaban en el insulto y descalificación ad hominem. No me ha generado ningún trauma hacerlo. Además, para aquellos que os preocupéis por si me ha afectado, no lo han hecho. Unos personajillos cuya máxima es hacer el cenutrio no van a hacerme medrar ni me van a influir en nada. Otra cuestión es que me preocupe ver que existen este tipo de personajes, que algunos dan clase y que, lo que es más triste, validan un discurso homogéneo basado en no argumentar y sí en el ataque personal. Por cierto, sé que debo perder algunas lorzas. Os agradezco que algunos me lo recordéis.

¿Ha valido la pena? Pues para mí sí. Y creo que esto es lo importante. En la vida no siempre debes lidiar con personas coherentes ni plagadas de buenas intenciones o sentido común. Hay auténticos bárbaros dentro y fuera de las redes y, lamentablemente, toca luchar contra su discurso. Si se les deja pasar ciertas cosas estás dando su discurso por válido. Si miras a otro lado, estás dejando que cada vez se vayan adueñando más del Ágora de cualquier debate. Si permites que avancen, con su vocerío incesante, muy interesante para una jauría que solo busca al líder de la manada, lo único que haces es dejar cada vez menos espacio para el razonamiento y para posturas diversas. No sé si me he explicado correctamente, pero os prometo que en mi cabeza el planteamiento que os estoy haciendo encajaba.

No me afectan anímicamente ciertos comentarios en el blog ni determinadas interacciones en las redes sociales. Podría, como hago en ocasiones, silenciar ciertas cosas. Otra cuestión es que, si al final lo silenciamos todo, no habrá nadie que se oponga a determinadas cosas. Y cuando algunos ven que nadie les dice ciertas cosas o rebate su no-argumento, entonces se crecen. Dar alas por ignorar a ciertas personas hace que se produzca un caldo de cultivo ideal para la aparición de determinadas ideologías y extremismos. Los extremos existen porque nadie les ha frenado antes. Porque nadie ha opuesto un discurso racional a la irracionalidad más absoluta. Porque, en demasiadas ocasiones se ha dejado pasar ciertas cosas por “no querer meterse” o “por pasar y ya dejarán de vociferar”. El problema es que la rabia es algo que se contagia. Algo que, o se vacuna o sigue expandiéndose entre demasiados a los que les gusta vivir anclados en la misma.

Por ahora me sigue valiendo la pena meterme en determinados berenjenales. Además tengo una hija y no quiero que por dejadez mía o por no haber hecho lo que creía que debía hacer (no estoy hablando solo de este debate que, además es totalmente irrelevante cuando contesto a ciertos mamelucos). Ciertos discursos ganan porque no hay discurso alternativo. Y si lo hay, se esconde por tener cada vez el personal menos ganas de enfrentarse ante ciertas cosas. Algo que vamos a pagar muy caro. Algo que ya estamos pagando.

Algunos están empecinados en quemar libros. Otros estamos empecinados en leer cuantos más libros podamos.

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