¿Estamos abocados a un metaverso educativo?

Ya son muchos los años que se lleva hablando del concepto web semántica o web 3.0. Una evolución natural de la tecnología para que la misma, de forma transparente, forme parte de todos nuestros procesos relacionales. Estamos saliendo de una grave pandemia y parece que, todo aquello que estaba en hibernación, ha vuelto con más fuerza. Quizás también ha cambiado el escenario y mejorado la tecnología. Quizás, más allá de la realidad analógica, haya espacio para un entorno complementario, basado en la hibridación de lo que está sucediendo en el aula y fuera de ella. ¡Ojo! La tecnología no debe sustituir jamás la presencialidad en determinadas etapas educativas ni, justificando su existencia, reducir el número de docentes ni aumentar las ratios. Otro tema es que la suplemente o complemente. Esto, a diferencia de algunos discursos que algunos están vendiendo, debe quedarnos muy claro.

Para acceder a un metaverso educativo, formado por la interacción virtual, creación de avatares, colaboración en espacios que pueden estar a cientos, e incluso miles, de kilómetros, convendría establecer unas pautas de qué vamos a hacer en ese nuevo “mundo educativo”, qué herramientas van a ser las que van a utilizarse, cómo vamos a realizar la formación de la comunidad educativa y qué limitaciones vamos a establecer. En un contexto de abuso de pantallas en determinadas etapas educativas, quizás conviene empezar a poner puertas al campo. Un metaverso sin leyes ni preparación previa, es como lanzar a uno a los lobos sin dotarle de herramientas que le permitan, como mínimo, sobrevivir el tiempo necesario para poder ir evolucionando y protegiéndose de ese contexto. Si en el contexto real la situación ya está jodida, imaginaos en un contexto virtual. Uno debe saber distinguir cuando está en Matrix y cuando fuera de él.

Hay muchos intereses en generar un metaverso en el que cada vez haya más datos de todos en una red fagocitaria. Hay soluciones para generar espacios de trabajo e interacción en ese mundo virtual, en el que por ahora tan solo algunos pellizcan, con muchos fuegos de artificio y demasiado poca enjundia. Ahora es el momento de diseñar bien el concepto de virtualidad educativa. Un concepto que, aunque me repita quiero insistir en ello, no debería implicar reducir personal ni espacios físicos. Un concepto que tampoco no debería ahogar en tiempos ni a alumnado ni a profesorado. Un concepto que, bien diseñado, permitiría de forma mixta, en unas aulas bien dotadas, con capacitación de la comunidad educativa (incluyendo familias), ser un modelo mixto de aprendizaje dentro del aula. Hay mucha potencia tras el metaverso. También hay muchos peligros y muchos senderos en los que puede uno perderse.

Ahora toca, de nuevo, ahondar en el diseño de una nueva educación. Que puede ser igual de chapucera que lo que algunos critican que es la tradicional, igual de poco innovadora que la que algunos denominan como tal o, simplemente, una pérdida de tiempo por hacer las cosas sin saber.

¿Estamos abocados a un metaverso educativo? No lo sé. Lo que sí sé es que, en la actualidad, estamos en un contexto en el que coexiste lo virtual con lo real. Además de ser lo virtual, en ocasiones, mucho más asequible y de fácil acceso, que ciertas cosas. Me imagino, como ejemplo, el uso de simuladores (no solo) en Formación Profesional por la necesidad de seguir el avance de las empresas. No tiene ningún sentido seguir usando los mismos kits que se suministraron hace un par de décadas porque hay ciertas cosas que sí que han cambiado. Y no pocas.

Yo estoy en los últimos tiempos leyendo sobre el tema. Tengo muchas dudas y pocas certezas. Además, como no podría ser de otra manera, voy a hacer pruebas con ciertas cosas en el aula, con las limitaciones técnicas que tengo. Siempre quiero ver, antes de apostar por algo, si realmente vale la pena. Y el mejor lugar para verlo es el aula, ya que, como todos sabemos, en los despachos y los papeles, se aguanta todo.

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