Escaparatismo de experiencias educativas

Es extraño en los últimos meses no encontrarnos con algún congreso, sarao o similar, organizado por alguna Administración educativa, multinacional o, mediante el simple hecho de quedar algunos docentes en un lugar determinado, donde se muestran las diferentes experiencias educativas que los mismos han llevado o están realizando en el aula.

Ese acto de escaparatismo en versión analógica presenta algunas cuestiones que conviene tener muy en cuenta. Si nos ceñimos a la propia definición del término escaparatismo, nos encontramos en que se define como “la técnica de colocar los objetos en el escaparate de manera atractiva o artística” (Espasa-Calpé, 2005). Si lo aplicamos a las experiencias educativas, podríamos extrapolar dicha definición al hecho de expresar y mostrar en público determinadas experiencias educativas realizadas por algún docente (o, en el caso de proyectos colaborativos, docentes) concreto.

Son, cada vez más, aunque sean en su mayor parte experiencias presentadas por los mismos docentes, las experiencias educativas que se nos muestran y, que nos hacen plantearnos la posibilidad de utilizar o adaptar alguna de ellas en nuestras aulas. Lamentablemente, esa idea primigenia, en la mayoría de casos realizada con todas las ganas y, teniendo en cuenta las adaptaciones necesarias para nuestro entorno, muchas veces nos hace darnos cuenta de que las experiencias educativas son de difícil extrapolación.

Una experiencia educativa depende de varios parámetros, entre los cuales destacaríamos los siguientes:

  • Infraestructuras del centro educativo
  • Recursos humanos de los que disponemos (capacidades y ganas tanto de los docentes a llevarlas a cabo como de los alumnos sujetos a tal experiencia)
  • Incorporación de la experiencia dentro de un proyecto de centro o de Departamento
  • Situación geográfica y entorno social de nuestro centro, etc.

Por tanto, todas aquellas experiencias educativas, que se nos venden envueltas en papel de celofán y, que en la mayoría de casos parecen listas para adaptar y reutilizar, nos acaban generando frustración cuando vemos que a pie de aula, con la realidad que nos encontramos la mayoría de los docentes, es imposible llevarlas a cabo.

Y, si vamos mucho más lejos de la reflexión anterior, nos podemos encontrar que los propios docentes que están llevando a cabo dichas experiencias, se ven obligados a aparcarlas debido a la imposibilidad de trasladarlas a nuevos entornos (incluyendo dentro de los mismos todos los parámetros que hemos destacado anteriormente).

Si todas las experiencias sólo son reproducibles en situaciones de “cuasilaboratorio”, ¿qué sentido tiene exponer las mismas a los demás docentes y realizar multitud de reuniones para presentarlas?

Pues, aunque sea en muchos casos contrario al excesivo desmadre que se está realizando con “actos” prácticamente diarios de escaparatismo educativo (y aún más, existiendo internet), reconozco que saber que se están llevando a cabo determinadas experiencias por parte de nuestros compañeros nos puede ayudar a plantear un determinado tipo de actuación en nuestra función docente. Quizás, no sea válido el traslado a nuestras aulas, pero a lo que nos puede servir es a darnos una motivación extra en nuestro trabajo que pretenda dar respuesta a una de las cuestiones (sea por el motivo que sea) más importantes que nos planteamos cuando vemos dichas experiencias…

Si a ellos les funciona, ¿por qué a mi no me va a funcionar? ¿Por qué no intentarlo?

Sólo si al final de un acto de escaparatismo conseguimos plantearnos lo anterior, descubriremos que realmente esto de mostrar las experiencias vale la pena.

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