Envidia

Siento envidia de los docentes que consiguen desconectar totalmente en agosto. Siento envidia de la salud mental que supone lo anterior. Siento envidia por aquellos que, en lugar de preocuparse en sus vacaciones, de qué hacer el curso que viene, se preocupan de disfrutar a tiempo completo de sus aficiones y familia. Y eso no impide que yo destine gran parte de mi tiempo a esas dos cuestiones.

Fuente: Facebook

Este agosto, quizás más que nunca, las redes sociales se han convertido en un hervidero de proyectos educativos para el curso que viene. Cientos de docentes preparando sus materiales y muchos aplausos para retroalimentar eso que, antaño era profesión y ahora, por lo visto, se ha convertido en el único motivo para vivir de algunos. Claro que hay personas que viven de ello. Incluso algunos se están hartando de publicar materiales para venderlos en sus “academias de formación” o conseguir bolos, de esos que se pagan relativamente bien, para alguna multinacional con intereses en el sector educativo.

Me preocupa a nivel psicológico el runrún que supone lo anterior. Me preocupa que hayamos incorporado como hobby, algo que tiene mucho de complejo y cansado, como es una profesión. Uno puede trabajar en la mejor profesión del mundo, pero necesita olvidarse “del todo” de la misma por un cierto tiempo. Las vacaciones son un derecho laboral que, al final, acaban siendo la única opción para sanearse un poco. Y algunos las estamos despilfarrando. Yo lo he hecho y este curso. Por suerte y en un trabajo ligeramente diferente sin atención directa al alumnado, estoy aprendiendo a desconectar los días sueltos que me cojo de vacaciones. Aún así me cuesta muchísimo. No sé si es porque nos lo han vendido, o nos hemos interiorizado tanto que nuestra profesión no es como las demás que nos han colado un gol por toda la escuadra.

Reconozco que no he dejado de hacer nada en mis vacaciones por temas relacionados con la profesión pero… me hubiera gustado olvidarme completamente de a qué me dedico y para qué sirvo. Hacer tábula rasa. Pasar olímpicamente de todo. Recuerdo que mis padres lo hacían. Y no eran peores profesionales que aquellos que se pasan todo el verano montando materiales o diciendo lo mucho que trabajan.

Estamos en un bucle peligroso. A mí me quedan pocas esperanzas de poder salir de él. Por eso creo que, más allá de la voluntad, debería existir la obligación de desconectar. No creo que sea malo hacerlo. Creo que, salvo aquellos que, como he dicho antes, montan su chiringuito educativo porque tienen una excesiva necesidad de dinero para gastos varios, los demás deberíamos bajarnos de este tren bala, totalmente descontrolado, que va demasiado rápido para poder pensar en qué estación bajarte.

No me hagáis mucho caso. Seguro que, al final, no debe ser tan malo ser profesionales hasta pensar en “qué vídeo de qué herramienta/estrategia educativa podemos colgar hoy” en medio de ciertas acciones que uno realiza con el amigo/amiga de turno pero…

… ¡dejadme sentir envidia por los que sí saben desconectar!

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