En las oposiciones docentes TODOS tienen (parte de) razón

Ha finalizado o está finalizando el último proceso de oposición docente para hacerse con alguna de las miles de plazas que, obteniéndose, dan acceso al estatus de funcionario. Un proceso que, por suerte, sigue existiendo, ya que permite que cualquiera, sea su ideología, convicciones religiosas o, cualquier otra cuestión individual que le afecte, pueda participar en el mismo y conseguir una ansiada plaza para ser docente en un centro educativo público. Nada que ver con procesos para la selección de docentes en centros privados donde, según la organización o empresa que los gestione, puede exigir a los aspirantes a ser docentes en esos centros, que vistan de una determinada manera, crean en un determinado Dios o, simplemente, hayan sido exalumnos de ese centro. Y, por cierto, no estoy cuestionando el modelo de elección de esas empresas privadas porque, al final, es cada empresa la que decide el tipo de trabajador que quiere contratar y las características que ha de tener. Sí, incluso en la privada-concertada, en la que todos los ciudadanos pagan el sueldo de esos docentes, existe libertad por parte de la empresa de contratar según criterios “de empresa”.

Fuente: YouTube

Pero no quería volver a abrir el melón de los centros privados subvencionados con dinero público. Quería centrarme en el modelo de oposición docente, en el que TODOS llevan parte de razón cuando exponen ciertos argumentos.

En primer lugar, los interinos -que han accedido mediante una selección, o bien por nota de oposición o por presentación de méritos, haber una vacante y serles adjudicada por orden según puntuación de unos determinados baremos por los cuales se rige la lista de interinos- tienen todo el derecho en quejarse por considerar que lo que hace la administración, al tenerlos décadas en precario con contratos encadenados, comete un “fraude de ley”. Ya les han avisado desde la Unión Europea y, aún así, la administración educativa sigue sin poder dar solución a esa situación. Una solución que, como he dicho siempre, pasa por eliminar la figura del “interino” sine die y modificar parte del proceso de selección del profesorado previo al acceso a esas listas. Pero no iba a hablar de propuestas y sí de entender las razones de determinados colectivos.

También llevan razón los recién licenciados cuando dicen que, con notas espectaculares en su proceso de oposición (algunos con nueves), se quedan fuera, mientras que interinos con un cinco raspado acceden, por tener mucha antigüedad a la ansiada plaza. Dentro del pack también nos podríamos encontrar a aquellos que, por decisiones personales o profesionales -cierre de sus empresas- ven en la docencia, con años de experiencia a cuestas, una salida profesional. Y sí, puede darse el caso de interinos que no tengan familias y de opositores que no han trabajado nunca en docencia que sí. Por tanto, también llevan razón -o parte de ella- los que dicen que es injusto que una nota excelente en la parte de oposición se “envenene” por el concurso (no lo digo yo, lo dicen muchos de esa tipología de opositores).

No puedo tampoco discutir a aquellos que consideran los temarios obsoletos. Llevan razón. No es justificable que, en las oposiciones se pida ciertas cuestiones que están totalmente desactualizadas. Ni tampoco puedo entrar a discutir en la subjetividad que supone la selección de ciertas bolas de un bombo y el azar que supone lo anterior. Claro que no hay azar si uno lleva los temas “al dedillo” pero todos sabemos que, a veces, se juega mucho por probabilidades. Ya, sé que no es la culpa del sistema pero, por desgracia, cualquier atisbo de azar debería ser algo totalmente residual.

Puedo también entender a aquellos que dicen que por cometer faltas de ortografía uno no es mejor ni peor docente. Estoy convencido de que, al igual que un médico excelente puede serlo -y de hecho hay algunos que lo son- cometiendo faltas de ortografía a tutiplén, hay docentes de algunas especialidades que pueden ser fantásticos impartiendo clase cometiendo faltas. Me imagino a grandes programadores dando clase de Informática o historiadores, cuyo nivel es incuestionable que, además seguro que tendrían un conocimiento profundo de su temática y praxis maravillosas. El tema de la ortografía también es algo debatible y, aunque todos lleven razón, creo que el problema es haber llegado a tener un título universitario cometiendo faltas de ortografía. Por eso, penalizar al aspirante porque algunos hayan hecho mal su trabajo previamente es algo que me preocupa. Eso sí, tienen razón también los que dicen que no deberían cometerse faltas de ortografía porque, al final, son docentes y estarán en un aula donde los alumnos van a tener que saber escribir sin ellas. Complicado.

Otro tema de debate en el que todos llevan su parte de razón es en la necesidad de guardar ciertas plazas para personas que tengan una determinada “disminución”. Algunos no ven justo que, en unas oposiciones donde todos deben hacer el mismo trabajo y no hay ninguna diferencia intelectual entre una persona con disminución motora y una sin ella, deba guardarse plazas para esas personas. E, incluso, en ocasiones, tal y como dicen algunas personas con algún tipo de “disminución”, se consideran discriminadas por el hecho de no poder participar en igualdad de condiciones con el resto de aspirantes. Así que, por lo que nos estamos dando cuenta, también puede darse la razón a todos los que dicen estas cosas.

En las oposiciones docentes, como veis en los ejemplos anteriores (podría sacar muchos otros como, por ejemplo, el hecho del uso de determinados materiales en unos tribunales y prohibidos en el otro, la valoración subjetiva según en tribunal sea más “innovador” o menos de la programación didáctica, la propia existencia de una programación didáctica alejada de la realidad o, el simple hecho de la no-existencia de un examen integrado dentro de la oposición para saber qué saben del aula -legislación, grupos, siglas, funcionamiento del programa informático de gestión, evaluaciones, etc.- que piden los docentes interinos con experiencia real de aula-), TODOS llevan (parte de) razón en sus argumentaciones.

Algo se debería hacer para mejorar el proceso de selección de docentes pero, siempre teniendo en cuenta que, haciendo ese “algo” jamás perjudicáramos el objetivo básico del sistema: establecer un proceso lo más justo y meritocrático posible donde, al final, no importe la filiación de nadie y sí lo que sean capaces de demostrar. Un proceso que debería mantenerse al margen de intereses personales o económicos que, por lo visto, ya abogan por la selección “a dedo” en la escuela pública mediante criterios muy poco objetivos. Y creo que se me entiende porque últimamente, tanto en los medios como por parte de “algunos” veréis ese tipo de defensa de la selección “a dedo” y la crítica furibunda al proceso de oposición (bueno, de concurso-oposición).

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