El sentido de la vida

Hoy no voy a hablar de educación. O quizás sí. Sinceramente, ahora con la idea en la cabeza, a falta de desarrollo de la misma en este post, no tengo demasiado claro si voy a hablar o no de temas profesionales. Tampoco, lamento deciros, importa demasiado. Se habla demasiado de la profesión, de los sesgos interesados de unos y otros o, simplemente, hay actuaciones muy dignas para un espectáculo pero muy poco para su afección en el aula. No me interesa hablar hoy de ello aunque, ya veis que por deformación monotemática, a veces sale el rugido cavernario.

Fuente: ShutterStock

Me apetece hablar de la vida. De lo que sucede entre su aparición, encontrar su sentido y llegar a un triste fin. No es problema morir. El problema es hacerlo sin haber encontrado sentido a todo lo que uno hace. Yo busco, indago, experimento y, al final, encuentro sentidos variopintos a cuestiones muy sencillas. Vivir no es ver pasar el tiempo. Vivir es jugar con ese tiempo al que a uno le ha tocado pertenecer. Vivir no es sencillo. Disfrutar de esa vida, por desgracia, harto complicado.

Para vivir necesitamos tiempo. No hay profesión, por apasionante que nos parezca, que merezca ser considerada vida. No hay, en definitiva, ninguna gestión de tiempos por terceros que nos permita encontrar aquello que necesitamos. A uno le puede encantar trabajar pero, ¿y si solo vive para el trabajo por considerar que se siente realizado vitalmente por ello? ¿Debemos decirle que hay otro tipo de vida? ¿Es necesario marcar a terceros cuál debe ser su elección en su día a día? Dar consejos a terceros es, por mucho que a veces sea imposible resistirnos a ello, un auténtico error. No se le puede decir a nadie cómo debe vivir. Y ni tan solo cómo debe morir. Bueno, eso salvo que su experiencia vital incluya perjuicios a terceros pero, más allá de lo anterior…

Yo disfruto leyendo, escribiendo, charlando, tomando horchata, disfrutando de mi hija y de mi familia. No me gusta hacer deporte. No me apetece para nada dedicar tiempo a otras actividades que, para muchos, seguro que son totalmente vitales. No creo hacer daño a nadie decidiendo libremente el sentido de mi vida. Una vida cuyos tiempos quiero gestionar al máximo y, por ello, todo debe girar alrededor de los mismos. Ser un buen profesional poco tiene que ver con querer largarse en el momento en que suena el timbre. Ni con dedicar cientos de horas a actividades extras por el hecho de la vocación. Hemos tardado mucho en conseguir determinados derechos laborales y, al menos a mí, me gusta disfrutar de ellos. Odio el discurso de ser un mal profesional por no dedicar los fines de semana a mi profesión. Cada uno que haga lo que quiera con sus tiempos pero, por favor, no nos metamos en la vida de terceros. Y sí, en ocasiones cuestiono el tono de algunos que dicen que uno es un mal docente por no ir a determinados cursos en fin de semana o, simplemente, montar actividades hasta la saciedad para los alumnos. Las personas nos debemos a nosotras mismas y, salvo que haya una ley que lo impida, a decidir qué prioridades damos a ciertos aspectos de nuestra vida.

El sentido de la vida es único e intransferible. El sentido de la vida es el simple hecho de vivir. Lo único que no me queda claro es si al final de la misma, entre aciertos y errores cometidos, voy a poder decir que he vivido.

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