El falso debate de la jornada continua

De un tiempo a esta parte, debido a cuestiones fundamentalmente económicas, laborales y sociales, se ha puesto sobre el tapete la cuestión de la posibilidad de implantar jornada continua en los centros educativos. Una jornada lectiva que, a diferencia de la distribución horaria que existía habitualmente en los centros de primaria y algunos de secundaria (en algunas Comunidades Autónomas hasta hace bien poco era también la habitual en los centros de secundaria), permite que los alumnos sólo acudan al centro educativo en sesión de mañana. Una decisión con grandes defensores y detractores. Una decisión que, indudablemente, presenta grandes beneficios económicos para la Administración (ahorro del coste del comedor, calefacción, luz, etc.) pero cuyos resultados son más bien controvertidos.

El problema de este tipo de decisiones es que nunca se toman por razones de calidad educativa. Una calidad educativa alejada de si las clases se dan sólo en turno de mañana o en jornada partida. Una calidad educativa que, más allá de las ventajas que suponga para los padres poder tener a sus hijos asilados en su “guardería particular” (otrora llamado centro educativo) a lo largo de un período más o menos largo, tiene la contrapartida de los resultados de la misma. Unos resultados que no van a verse influidos por la compactación o no compactación de la jornada lectiva de los alumnos. Unos resultados que, por mucho que consigamos abandonar a los chavales en un centro educativo y nos permitan recogerlos a las ocho de la noche (uno de los motivos por los que muchos padres se decantan por un centro concertado o privado), no van a mejorar.

Con el párrafo anterior no estoy defendiendo tampoco la jornada continua. Una jornada de seis horas lectivas diarias (hablo en secundaria pero, en primaria, creo que son cinco), compactadas en seis horas y media con un breve patio que las parte en dos sesiones de tres horas (con suerte y cabeza algunos centros educativos, reduciendo ligeramente el horario de clase en pocos minutos, han decidido establecer dos períodos de patio). Una jornada totalmente improductiva y que lleva a los alumnos a la extenuación más absoluta. Una extenuación que impide cualquier tipo de rendimiento positivo. Un rendimiento que, a partir del primer patio, ya se considera prácticamente nulo.

Por tanto, ¿qué decisión tomamos como Administración? ¿Cómo podemos establecer una jornada que permita un correcto aprendizaje de los alumnos más allá de las presiones de docentes, padres u otros elementos externos? ¿Cómo podemos realmente ayudar a una mejora educativa real?

La solución creo que es bastante fácil. Fácil y muy controvertida. Reduzcamos el horario lectivo de los alumnos. Reduzcamos la carga lectiva y hagamos que la que reciban sea de calidad. No por muchas horas más de materia van a aprender mejor. No lo digo yo… lo dicen los informes europeos (OCDE), lo dice la UNESCO y entidades de bastante más calado que los que se empecinan en debatir las bondades de uno u otro modelo de jornada lectiva.

Para quien no se crea lo anterior me gusta sacar, a veces, algunos datos reales sobre diferentes sistemas educativos. Por costumbre, siempre tiendo a comparar con Finlandia (ese sistema educativo con el que gran parte de la sociedad gustaría identificarse). Un sistema educativo donde se dan muchas menos horas lectivas que en el nuestro y con unos resultados en pruebas internacionales excelentes. Por tanto, ¡qué mejor que reducir el horario lectivo de los alumnos de forma racional y evitarse así la eterna discusión sobre las bondades de los diferentes tipos de distribución del mismo!

horaslectivasocde2008

En la tabla anterior se observa claramente la distribución horaria anual y el número de semanas en los que se imparte docencia en las diferentes etapas. Es por ello que nos podríamos permitir el establecer como horarios lectivos los siguientes (adaptando el horario lectivo al aplicado en Finlandia y calculando el número de jornadas lectivas como 180 al año):

  • En Educación Primaria podríamos pasar de las 24 horas semanales (5 horas lectivas diarias para los alumnos de 3 a 12 años) a 18 horas semanales (3,75 horas lectivas diarias)
  • En la ESO (alumnos de 12 a 16 años) podríamos pasar de las 30 horas semanales (6 horas lectivas diarias) a 16 horas semanales (3,5 horas lectivas diarias)

Es decir que, aprovechando mejor el horario lectivo (mediante estrategias de aprendizaje efectivas, mayor dedicación del docente a la preparación de sus clases, aumento de la mentorización individualizada del alumno y establecimiento de planes curriculares que permitieran un diseño del sistema realista) se podría dejar de hablar del tipo de jornada y más de la necesidad de hacer algo para que haya una mejora en el sistema.

Una mejora que, como se ha podido comprobar por los datos anteriores, depende de muchos factores antes del puramente “horario lectivo”. Un horario lectivo que cansa al más pintado. Un horario lectivo, en nuestro país, infumable y más basado en criterios de cantidad que de calidad.

Lo importante no es cuántas horas se den de una materia para aprender. Lo importante es cómo y el sentido de las mismas.

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