Los centros educativos

Una de las cuestiones sobre las que siempre existe miedo a hablar es la necesidad de, en ocasiones, plantear propuestas que lleven a situaciones previas a una modificación realizada. Son muchos los que se enrocan en lo imposible de revertir determinados cambios o, en la necesidad de no reconocer los propios errores políticos (o de defensa de los mismos) para dar la vuelta a algo que no acabado funcionando del todo bien. Es complicado reconocer errores. Más aún cuando los mismos y su reconocimiento supondría admitir, para algunos, que se han equivocado. Esto es lo que sucede con la reformulación de los centros educativos que se va a plantear en esta propuesta.

Es necesario modificar los centros educativos porque, con una visión objetiva y empíricamente, se ve que el experimento (ahora ya regulado y con algunos años bajo el brazo) de poner a coexistir alumnos de un rango tan amplio de edades en centros de Secundaria, donde conviven alumnos de 12 años -algunos de 11 si son de finales de año- con alumnos de más de 20 (si el centro cuenta con ciclos formativos de grado superior), provoca algunos desajustes. Desajustes que, en opinión de la mayoría de docentes, padres y resto de la comunidad educativa, con los que he tenido oportunidad de hablar y comentar el tema a lo largo de más de dos décadas hace que deba reformularse esa idiosincrasia. En referencia a los intentos a ello, que se están realizando en algunas Comunidades Autónomas, existe el caso reseñable de los Institutos-Escuela catalanes que, a semejanza de los centros concertados, imparten docencia a alumnos desde los 3 hasta los 16 años (es decir de P-3 hasta cuarto de ESO). Siempre he cuestionado este tipo de centros, ya que para hacer una buena distribución, tenemos que contar siempre con las tipologías de centros educativos que tenemos actualmente: Escuelas, IES (o Institutos según denominaciones de la propia Comunidad) y Universidades.

No sé por qué jamás se contempla a las Universidades cuando se habla de Educación en este país, ya que ellas ni tan sólo dependen del Ministerio de Educación (o Consejerías Educativas autonómicas) y pasan a depender de un Departamento de Universidades, como si fuera un gueto que se mueva por intereses diferentes a los de la propia Educación de este país. Pero, en la sociedad actual, cuando necesitamos encontrar soluciones para la mejora de la Educación en este país, no hay excusa para permitir que uno de los soportes de la misma trabaje de forma autónoma y, al margen de las leyes y tipos de funcionamiento que rigen al resto de ellas.

Sin entrar más en la necesidad de integrar a las Universidades en la reformulación de centros educativos, la idea (a mi parecer y en base a múltiples opiniones de compañeros míos que van en la misma línea), sería la existencia de los siguientes tipos de centros. Un detalle importante, la denominación de los mismos la dejo abierta porque creo que el nombre es lo de menos):

  • Escuela Obligatoria, donde se escolarizarían los alumnos desde los 3 a los 15 años (desde P3 a tercero de ESO). Solo un año menos respecto a los Institutos-Escuela catalanes pero, por muchas cuestiones legales que afectan a los mayores de 16 años, imprescindible la eliminación de esos alumnos de 16 hasta arriba.
  • Centros de Bachillerato, donde escolarizarían alumnos a partir de cuarto de ESO (inclusive) hasta segundo de bachillerato. Supongo que os habréis dado cuenta de que, lo que conseguimos también con esta reformulación es añadir un año “ficticio” más a estudios de Bachillerato, con un cuarto de ESO que se añade a los dos cursos preceptivos actuales.
  • Centros de Formación Profesional, donde se hallarían alumnos a partir de cuarto de ESO (inclusive) hasta la finalización de un ciclo formativo. En este caso, se habría de asignar el primer año a la recepción de una formación incorporativa (tipo FPB -Formación Profesional Básica- en condiciones) y dos años más para sacarse un ciclo formativo de grado medio o cuatro para uno de grado superior (el paso de grado medio a superior -de la misma rama profesional- se habría de realizar de forma automática, sin curso puente ni pruebas de acceso). No tiene ningún sentido plantearse que el alumnado de FP conviva con el alumnado de otras etapas, porque la Formación Profesional tiene una entidad y especificidad que le dotan de una manera de trabajar muy diferente que en el resto de enseñanzas. Y ya no entro en las instalaciones específicas que se necesitan para impartir diferentes familias profesionales.
  • Universidades, donde se habría de impartir un curso de adaptación para los estudiantes procedentes de Bachillerato y de Formación Profesional, para adaptarlos a la carrera que posteriormente van a cursar. En muchos casos, puede ser necesario realizar dos líneas diferentes en primero de la carrera elegida en función de la necesidad de adaptación diferente por parte de cualquiera de las dos vías que dan acceso directo a los estudios universitarios (y con ello, se elimina la Selectividad o se replantea la misma para convertirla en una prueba “no única” para el acceso a etapas universitarias).

La propuesta anterior obligaría a un incremento presupuestario para modificar las Escuelas Obligatorias y los Centros de FP. Se hizo muy mal en su momento, con el desballestamiento de la mayoría de talleres de los centros de FP, cuando se implantó la LOGSE y, por eso, también se hace necesario reconfigurar de nuevo el tema de los espacios de las enseñanzas profesionalizadoras.

En un período de impasse, quizás podría plantearse el doble turno en los centros de Secundaria donde, por la mañana podría usarse sus aulas para un determinado tipo de estudios con alumnado de etapas obligatorias y, un segundo turno “de tarde” en el que se impartieran clase de Bachilleratos y Ciclos Formativos. Si se hace esta reformulación en los centros de Secundaria, podríamos ahorrar la construcción y adecuación de las infraestructuras planteadas en la propuesta porque por la mañana solo tendríamos a alumnado de 12 a 16 años (y podríamos dejar la ESO como en la actualidad). Todo depende, como siempre, al igual que en todas las propuestas de este libro, de hacer chapuzas o hacer las cosas bien. Y hacer las cosas bien, aplicando ciertas medidas, supone invertir.

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