Que el método de oposición sea el menos malo de los que existen para entrar en un trabajo no significa que el mismo sea una panacea. Las oposiciones, en este caso las docentes, no seleccionan a los mejores docentes. Seleccionan a los que, supuestamente, atesoran una gran cantidad de conocimientos y son capaces de plasmarlos mejor que sus compañeras y compañeros de oposición en un día determinado. Posteriormente, una vez superada esa fase (en igualdad de condiciones con otros miles de opositores), se les obliga a realizar un año de prácticas en un centro educativo. Prácticas que casi nadie suspende. Prácticas que se han convertido en un puro trámite.

¿Es malo el sistema de oposición docente? No sería malo si las titulaciones universitarias que poseen los aspirantes ratificaran sus capacidades. Algo que, tristemente y después de ver los resultados un modelo de oposiciones que realizaron hace un tiempo en Madrid (donde en una prueba de conocimientos generales el ochenta por ciento de los presentados, con el título de Magisterio en las mochilas, no eran capaces de contestar a preguntas que contestan alumnos de sexto de Primaria) parece que no sea así. Por tanto, el primer fallo (y uno de los más importantes) es que la titulación no lleva asociada capacidad. Algo que obligaría a revisar las titulaciones y que debería permitir cerrar o penalizar a alguno de esos chiringuitos (tanto públicos como privados) que expiden esas titulaciones.

Tampoco es malo si lo comparamos con el sistema de acceso a los centros concertados y privados. Sistemas de selección sin competición. Sistemas que priman ideología y haber sido ex alumno del centro. Por cierto, en la mayoría de casos, plazas que ya saben su ocupante mucho antes de ofertarse.

Por tanto, para seleccionar a los mejores ya tenemos algo que hacer. Establecer una prueba, nos guste más o menos, en la que el aspirante sea capaz de resolver los exámenes a los que van a ser sometidos sus alumnos en los últimos cursos. ¿No sería lógico plantear un examen de Selectividad de la materia para aquellos docentes que quieren enseñar en el futuro a sus alumnos? ¿No sería viable establecer que la capacidad, una vez realizada la purga de las titulaciones universitarias (estableciendo proceso externo de validación de las mismas en una Universidad de referencia), deba ceñirse a lo que el docente debe impartir en el aula?

Una vez solucionado el problema de la competencia en la materia conviene no excluir una prueba de cultura general. No debemos permitir que haya docentes en el aula que desconozcan lo más básico. No podemos permitir docentes que cometan faltas de ortografía. No podemos permitirnos docentes que no sepan redactar un texto en condiciones. No debemos dejar en manos de analfabetos culturales a nuestras próximas generaciones.

Ya tenemos el bagaje cultural evaluado. También una evaluación competencial mediante pruebas que habrán de superar sus futuros alumnos. Algo más real. Algo que quizás hace a un docente más completo que vomitar los temas de Primaria y los de Secundaria que poco capacitan para preparar a un alumno.

Eso sí, para evitar los peligros de la subjetividad (inherente a cualquier proceso selectivo), quizás debería optarse por uno de los métodos más seguros y objetivos -siempre y cuando se haga bien- de evaluación: el examen tipo test. Un tipo test de quinientas o mil preguntas en las que el aspirante deba responder a las preguntas que, en función de la etapa en la que pretende dar clase, se consideran las más adecuadas a nivel de conocimientos sobre la asignatura a impartir. En el caso de Primaria, lo lógico es enfrentar a los futuros maestros con preguntas que, en algún momento y siguiendo el currículum actual, deban ser capaces de explicar a sus alumnos. Un docente debe saber más que sus alumnos y ha de ser capaz, sin ningún tipo de ayuda, de resolver la práctica totalidad de las dudas que le puedan plantear sus alumnos, dar una clase sin ningún tipo de apoyo (ni libros de texto ni internet) y tener un conocimiento amplio sobre cuestiones de pedagogía básica. Imprescindible que, dentro del cuestionario tipo test exista una batería de preguntas relacionadas con autores de pedagogía, para saber si los futuros docentes conocen ciertas cuestiones básicas del tema.

Lamentablemente, hay una parte que no puede evaluarse objetivamente mediante un tipo test. Es esa parte del estudio de casos tan necesario para poner a prueba a los aspirantes con situaciones reales que pueden darse en el aula. Una parte imprescindible dentro del proceso selectivo: los casos reales.

Una vez realizado lo anterior, ¿le exigimos competencias TIC o lingüísticas? Mi respuesta puede no compartirse pero no creo que lo de las TIC o ser capaz de «no dar» su materia en inglés o francés haga de uno un mejor docente. Quizás pudiera establecerse como método valorable pero, de entrada, quizás lo descartaría.

Ahora ya tenemos a los que han aprobado la oposición. Toca llevarlos al aula. Toca cambiar el proceso de prácticas. No es de recibo que, normalmente sin ningún control más allá de un día que se pasa el inspector, ya se valide la práctica docente de uno. ¿Por qué no establecer un proceso de evaluación como el MIR? ¿Por qué no permitir una evaluación continua del proceso en un período más amplio que un curso escolar donde se vayan superando diferentes escalones dentro de una carrera profesional con diferentes perfiles? Una evaluación que debería darse en varios centros educativos, mentorizados por compañeros y con una evaluación exhaustiva. Eso sí, en este caso, y a diferencia del MIR, con los mismos derechos laborales y económicos que sus compañeros de aula. No sirve para nada un período de prácticas en el que, al final, todo se convierta en un ahorro económico para la administración porque, a igual trabajo, iguales condiciones laborales.

Tan sólo algunas ideas para replantear un modelo muy criticado que, a pesar de ello, sigue siendo de los más justos y transparentes. Eso sí, lo anterior no obvia para que sea necesario establecer procesos de evaluación para todos aquellos que ya estamos en el sistema.

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