Democracia educativa, el triunfo de las mayorías

Vivimos, por desgracia para mi gusto por lo que implica a nivel educativo, en una democracia. Un país donde, de forma global, la mayoría de los votos inclinan las decisiones educativas hacia un lado o hacia otro. Centros educativos plagados de excelentes docentes que, a pesar de ello, optan por mantener democráticamente posturas o modelos educativos que a mí no me van. Sí, la democracia es un arma de doble filo. Valida políticas educativas injustas, recortes en el ámbito educativo y, casi siempre, van en detrimento del cambio o la mejora educativa. Las presiones de la mayoría siempre se imponen frente a ese par o tres de docentes por centro -con suerte- que tienen alguna de esas ideas “raras” para cambiar el contexto en el que trabajan. La mayoría decide. La mayoría es la que dicta qué y cómo van a hacerse las cosas a nivel educativo.

Fuente: http://gcalvo.com

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Estos días he estado reflexionando acerca de la cantidad real de docentes que se preocupan por un cambio global -que no puntual- del sistema educativo. Docentes que han buscado, por necesidad de expresión o aprendizaje, zonas con compañeros que tengan otras ideas respecto a lo que ven en su día a día. Dirigiendo la mirada hacia nuevas prácticas educativas, MOOCs para rodearse de compañeros con los que compartir cosas y, como no, devorando atentamente todo lo que sucede en otros lugares relacionado con su trabajo. ¡A ver qué puedo usar en mi aula! ¿Y si cambio esto para conseguir un poquito de aquello? Algunos docentes se plantean lo anterior. Buscan una zona de máximo confort que, lamentablemente, no es la zona de confort que les va a la mayoría. Porque, a la mayoría de docentes -grandes profesionales- ya les va bien el statu quo que les plantea su trabajo.

Lo curioso es que la mayoría de padres también tienen determinadas ideas acerca de cómo debería funcionar un centro educativo. Los padres también, de forma democrática, parece que opten por centros abiertos más horas (el tema de la jornada intensiva es más una cuestión política de la administración para hacer malabarismos entre contentar a algunos padres y a los docentes), más horas de inglés, más de matemáticas, más centros bilingües, más… Los padres también son votos y, en democracia, el voto de cualquiera vale igual que el del otro. El voto del que lleva a su hijo a la concertada vale igual que el que lo lleva a la pública. El voto de quien avala los recortes a los docentes -que no son pocos- vale lo mismo que el del docente recortado. El voto de alguien que quiere derruir el sistema público vale igual que el que lo quiere mantener. El voto de alguien que nunca va a tener hijos vale lo mismo que el que tiene. El voto del fácilmente manipulable vale lo mismo que el del manipulador. Democracia en estado puro. Democracia, esa palabra con la que siempre nos llenamos la boca.

Al final tenemos un régimen democrático más imperfecto que la utopía que uno se plantea al oír determinado vocablo. Que la democracia sea el mejor sistema dentro de lo malo no indica nada bueno para el mismo. Quizás, y sólo quizás, en algún momento alguien debería plantearse la Educación como algo que pueda ser poco democrático, incluso que reste votos de sus huestes, para plantearse una mejora educativa real. Hasta entonces… francotiradores enzarzados en la lucha contra los elementos que les rodean dentro de una democracia educativa que siempre va a avalar el triunfo de las mayorías.

El problema del discurso anterior es que puede girarse contra uno mismo porque, ¿qué pasaría con la minoría que quiere otras cosas si la mayoría fueran los que pensaran como yo? Y, por cierto, ¡quién dice o garantiza que yo tenga razón! 🙂

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