Del aprendizaje conectado al váyase usted a saber qué

Hablar de modelos educativos que a uno le gustan es hablar de cuestiones que tienen mucho que ver con cuestiones ideológicas. Compartir, no hacerlo o, incluso, plantearse la posibilidad de obtener beneficios antes de distribuir el conocimiento, depende en gran medida de coyunturas y contextos. Revisando uno de los primeros gráficos que llegaron a mis manos acerca de lo que suponía el “aprendizaje conectado” (quizás quedaría mejor traducido por el aprendizaje en la época de las redes de intercambio de información) creo que la evolución de la situación hace que el modelo se quede obsoleto. Obsolescencia ideológica. Obsolescencia del contexto. Precariedad de muchas situaciones que obligan a plantearse las conexiones de otra manera.

Fuente: Connected Learning Research Network and Digital Media & Learning Research Hub

Fuente: Connected Learning Research Network and Digital Media & Learning Research Hub

Hablar en la actualidad de planteamientos centrados en la producción cuando lo habitual es la adaptación y el consumo tiene poco de válido. Plantearse producir como fin último puede ser totalmente cuestionado. No hay ni tiempos ni capacidad. ¿Cuántos docentes están preparados para realizar la producción de todo el material que van a usar? ¿Cuántos alumnos tienen las habilidades para hacer lo anterior?

Con el compartir y el trabajo entre iguales sucede lo mismo. Compartir en un mundo donde el capitalismo educativo está a la orden del día hace que ese altruismo sea fuente de desasosiego. Darse uno cuenta que lo que está haciendo lo están aprovechando otros para sacar beneficios y que, curiosamente, lo anterior sólo se refleje en la cuenta de resultados de algunas empresas o los más “avispados” arroja muchas dudas al modelo de hacer el bien sin mirar a quien.

A propósito, ¿quién decide lo que interesa? ¿El currículum? ¿El docente que hace cosas diferentes? ¿El docente que hace lo mismo de siempre por comodidad? ¿El que después de pensárselo decide abandonar el aula para, bajo diferentes pretextos, justificar sus necesidades profesionales? ¿La administración? ¿Los padres? ¿La sociedad? ¿Los chavales que pintan, por cierto, más bien poco en las decisiones educativas?

Podríamos seguir con la necesidad de arrojar resultados académicos. Basar las conexiones en resultados cuantificables es algo que da bastante pánico. ¿Quién decide qué cantidad es la importante? ¿Quién decide, incluso que sea reduciendo la calidad del aprendizaje, la cantidad de conexiones y la manera de realizar las mismas para que los números necesarios salgan? Resultados poco indican de aprendizaje por mucho que se empeñen (e incluso por muchas conexiones que se puedan llegar a establecer).

Finalmente, la guinda del pastel… la apertura. Abrir redes en contextos donde los usos de LMS y la formación basada en criterios de no publicidad de lo que se está haciendo es poco menos que hipocresía camuflada en buenas palabras. Por cierto, siempre se admite en la anterior definición Moodle como animal de compañía. Qué cerrazón dentro de un aprendizaje conectado que sólo se basa en el uso de diferentes herramientas y nada en la realización de las conexiones personales que habrían de ser las importantes.

Quizás algún día se pueda hablar de mundos de Yupi maravillosos donde las conexiones fueran globales, el aprendizaje realizado de forma autónoma, las plataformas abiertas y nadie hiciera negocio con lo anterior pero, al margen de la ideología de algunos, la realidad se empecina en decirnos que el aprendizaje conectado no existe y que lo que existe es algo que vaya usted a saber qué es.

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