¿Debería aceptar dar un curso de neuroeducación y otro de flipped?

Estos últimos días estoy recibiendo varias ofertas para dar formación a docentes en activo, tanto de administraciones públicas como de empresas privadas. Entre las propuestas que me están haciendo y que, por motivos de coherencia y ética he renunciado, están la de ser ponente en unas jornadas sobre “neuroeducación” y la realización de un taller, para unas treinta personas de, entre otras cosas, Flipped Classroom. No, no es broma ni es producto de mi mente calenturienta. Tengo el intercambio de mails con las personas que, muy amablemente, han pensado en mí para ello. Os prometo que los acabo de releer antes de ponerme con este post.

Fuente: https://www.jrmora.com/

Y lo anterior me preocupa. Me preocupa que piensen en mí, sin ningún tipo de formación ni experiencia acerca de neurociencia, más allá de lecturas varias. Me preocupa también que piensen en mí para hacer un taller, en el que se supone que se deben explicar herramientas TIC para creación de material para poder flippear el aula. Además, también se debería incluir el análisis de la metodología y explicar, de la forma más científica posible, cómo funciona esa metodología. Pues va a ser que no tengo ni pajolera idea. Lo siento, no sirvo para dar charlas de ciertas cosas. Además, no quiero estafar a nadie ni cobrar por formar en lo que no sé. Soy raro. En un contexto en el que el más tonto hace y vende relojes, me siento incapaz de timar al personal. Me quiero mucho. Y, además, quiero y respeto muchísimo a los docentes que, en su tiempo libre, deciden formarse.

Puedo dar charlas cuestionando la innovación educativa. Puedo dar mi visión acerca de lo que está sucediendo en educación. Puedo, incluso, explicar mi experiencia profesional como docente A.L.A. (antes de largarme del aula) y, tirándome de la lengua, puedo hablar de propuestas que tengo para mejorar, siempre desde mi óptica personal, la educación. En cambio me veo incapaz de la todología que, por lo visto, algunos aplican. Con lo fácil que sería poner la mano, decir cuatro tonterías, ponerme a mover las caderas y soltar obviedades, mezclándolas con algunos eslógans de alguno de esos gurús que todos conocemos. Y ya si lo mezclo con emociones, unos minutos de meditación en el que obligo a los asistentes a cerrar los ojos o, simplemente, alguna astracanada para que los más fans me aplaudan a rabiar, seguro que lo peto. Pero sería una estafa. Una estafa, legalmente permitida, pero que me haría sentirme mal conmigo mismo.

No tengo un título de psicología, ni relacionado con la neurología, para ser ponente de “neuroeducación”. Además, estoy convencido de que no existe el concepto y que, al final, es el invento de algunos para intentar justificar ciertas cosas apelando al cerebro. Falta mucho, según los que sí saben, para poder usar ese concepto pero, con lo bien que vende lo “neuro”, es lógico que se haya acuñado la fórmula. Un detalle, lo de aquellos maestros que se han sacado un máster en emociones o neuroeducación, tampoco les capacita para dar cursos de eso. Que los másters sobre esas cosas los regalan después de pasar por caja. Algo que saben todos los docentes que necesitan másters para conseguir plaza en el concurso de traslados o puntos en oposiciones. No pongo universidades concretas porque son muchas. No solo privadas ni online.

El dinero siempre va bien para tapar agujeros. El problema es lo que implica, al menos para mí, el aceptar ciertas cosas. No es fácil no venderse en el contexto actual pero, habiendo formadores capaces y capacitados, ¿por qué se tiene que ir buscando a aquel que tiene un blog o, simplemente, tiene una cuenta de Twitter para ahorrar en psicólogos? ¿Por qué los que contratan a ponentes o formadores no miran, en lugar de si les cae más o menos bien, tiene una determinada ideología, es activo en las redes sociales, etc. el currículum del personal? Con lo fácil que sería filtrar por datos objetivos. Con lo sencillo que sería exigir que, para que alguien diera un curso de formación relacionado con las TIC, tuviera un título relacionado con la informática. Con lo lógico que sería que, si alguien debe dar un curso o formación en cuestiones relacionadas con el deporte, fuera licenciado en INEF o maestro especialista en Educación Física. Con lo fácil que es exigir que alguien que dé charlas sobre temas históricos, tenga formación en lo anterior. Yo no veo tan difícil este primer filtro.

La clave es qué pretendemos con la formación del profesorado. Una formación del profesorado que puede ir encaminada a fomentar el fenómeno fan mediante ponentes muy mediáticos (incluso que solo sepan decir obviedades), a cubrir el expediente necesario para sexenios o conseguir puntos para oposiciones o traslados o, lo que sería más lógico, capacitar y mejorar la formación de los docentes en determinadas cuestiones.

A veces me dicen que soy “gilipollas” por no aceptar ciertas propuestas que, además conllevan dinero fácil. No me sentiría a gusto haciéndolo y, por suerte como he dicho en más de una ocasión, a mí ya me pagan por hacer mi trabajo.

¿Y en el futuro qué? Pues quién sabe las vueltas que da la vida pero, por ahora puedo permitirme seleccionar en qué participar y en qué no, priorizando siempre mi ética profesional. Sí, he puesto “mi” delante de ética 😉

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