De la chupipandi a los ñetas 2.0

Las redes sociales educativas han evolucionado. Las personas relacionadas con la educación que forman parte de ellas, también. Quizás sea por esa evolución de las personas y la manera de algunos de entender la educación, como un concepto más mediático y sometido a los designios de la empresa de turno, se haya producido el cambio. Quizás sea por eso o por la recuperación de la capa de ozono. No me atrevo a aventurar nada porque, al final, seguro que alguien me dice que la horchata es cancerígena. Al ritmo que vamos, ya me lo creo todo…

Fuente: Desconocida

En un primer momento, hace unos pocos años, aparecieron las chupipandis educativas. Un grupo cerrado de amiguetes, que se conocieron por Twitter, con intereses comunes y que, al final, se retroalimentaban en su necesidad de obtener visibilidad o satisfacer su instinto de docentes guays. Imitadores de César Bona que, al igual que él, querían difundir lo buenos que eran, lo maravilloso que era su grupo y, la necesidad de que todo el mundo se adheriera a sus convicciones educativas. Y siempre, claro está, defendiéndose los unos a los otros cuando alguien osaba con discrepar con alguno de los chupipanderos. Un grupo inocente que, más allá de decir alguna chorradilla pedagógica o defender, hasta la extenuación, determinadas fórmulas educativas que hace muchos años que la investigación ha invalidado, daban un poco de vidilla a la red del pajarito. Además, era fácil reconocerles porque todo lo que hacían lo publicaban mencionando a todos los integrantes de la chupipandi para que así les ayudaran a difundir su “edumensaje”.

Los abuelos cebolleta de la red los mirábamos con curiosidad. Curiosidad que pronto pasó a estupefacción al ver determinadas actuaciones de esos grupúsculos. Docentes que trabajaban por proyectos desde hace más de una década y que, en muchas ocasiones difundían sus materiales de forma libre y sin querer ningún tipo de relevancia, se encontraban con unas pandillas, normalmente formadas por docentes de nueva hornada (sin querer desprestigiar, en ningún momento, a la excelente sangre nueva que entra en las aulas), que convertían proyectos educativos en cuestiones totalmente surrealistas. Además, con mucha necesidad de notoriedad y con la creencia de que todos los que no pensaban como ellos (en bloque) era un mal profesional. Cientos de tuits hablando de profesaurios, vagos los que no montaban materiales en agosto -sí, se puede consultar la hemeroteca- y defendiendo, curiosamente, que ellos estaban en posesión del Santo Grial de la educación. Y muchos echándonos las manos a la cabeza al ver la falta de sentido común de algunas de las cosas propuestas. Ya no digamos cuando nos acusaban, a los que llevamos décadas intentando hacer cosas en el aula, de docentes fracasados, envidiosos o, simplemente, de obstáculos a la mejora educativa. Flipante. Más que nada porque la mayoría de los que, en su momento, optamos por la red del pajarito, lo hacíamos con ánimo de cambiar las cosas. Equivocándonos, reconfigurando y criticándonos porque, al final, éramos personas que, como francotiradores, intentábamos entender qué podíamos hacer.

Recuerdo discrepar -y seguir haciéndolo- con compañeros con los que me llevo fuera de las redes muy bien. No había ningún problema en ella. Tampoco había ningún problema en acudir a los sitios porque se te aceptaba sin ningún problema, y nadie preguntaba qué hacías o a qué grupo pertenecías. Cervezas y charla horizontal sin etiquetas. Creo que más de uno os acordaréis de lo anterior. Y siempre con nuestros puntos de vista individuales con los que, en ocasiones, chocábamos. En otras, coincidíamos. Eso sí, jamás actuábamos como grupo para defender a nadie porque todos ya teníamos unas tablas. Lo del grupo, a partir de una cierta edad, ya lo teníamos superado. Pensábamos que ya todo el mundo lo tenía superado…

Ahora las chupipandis, que parece que se extienden alegremente y copan espacios que deberían ser de todos, se han convertido en los ñetas 2.0. Los gestores de lo que se puede decir y qué no. Los defensores de un modelo pedagógico único. De una manera de entender las cosas. De aplaudirse cada vez que uno hace algo mientras, de mutuo acuerdo, acosan y atacan a los que osan cuestionar a uno de la organización. Mucho pensamiento colectivo de matón de barrio. Una evolución que, a mí personalmente, me genera bastante desazón.

Lo de personalizar el aprendizaje para nuestros alumnos y la, cada vez más frecuente guetización de determinados docentes, a mí me parece un poco incoherente. Pero qué sabré yo 😉

Os vuelvo a repetir que no me hagáis mucho caso. Es domingo y mi body escultural lleva siete horas de vehículo. Eso sí, admito que discrepéis "poco educativamente" conmigo pero, por favor, de uno en uno...

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