De devociones, vocaciones y desvaríos varios

Estimo que en demasiadas ocasiones valoramos las palabras por delante del significado de las mismas. Que hablamos alegremente de cuestiones parafilosóficas educativas desconociendo lo que se desprende de las mismas. Que tenemos poco claro lo que queremos decir o, demasiado claro el despropósito que implican dichas afirmaciones. Unas afirmaciones preocupantes por ser emitidas de forma, más o menos recurrente, por parte de algunos docentes. A veces me incluyo en ellas. Conviene matizar porque las verdades absolutas no existen. Ni las opciones son tan cerradas como parecen. Ni lo que nos gustaría que fuera es una realidad objetiva más allá de la apreciación siempre subjetiva de quien la expresa.

Me gusta mi trabajo. Podría estar en otro. Es una faceta profesional que intento realizar, dentro de mis capacidades, lo mejor posible. Más allá de eso… no siento adoración por el mismo. No me apetecía empezar el curso. No me apetece tener un horario “reglado” que he de cumplir día tras día a lo largo de estos meses antes que vuelva a llegar el necesario descanso estival. Un descanso que todos los trabajadores se merecen. Más allá de si el mismo está relacionado con estados de “supuesto” estrés más o menos contrastable. Más allá de la importancia relativa del trabajo. Una importancia que, no olvidemos,  jamás se retribuye con coherencia a la misma.

Existen auténticas devociones educativas. Existen docentes que adoran su trabajo. Que son capaces de trabajar al límite incluso con salarios que cubren escasamente sus necesidades económicas. Esos especímenes existen. Son de obligado análisis. Con la que está cayendo sólo hablan de la posibilidad de hacer más horas para llevar a los chavales de excursión. De la posibilidad de quedarse ayudando a montar proyectos más allá de horarios y tiempos. Priorizando temas educativos por delante de los familiares. Existen. Están documentados y no hay manera de que se extingan. Irracionalidad llevada a grado extremo. Daría para cientos de tesis doctorales. Incluso para miles de ellas.

No me gustaría dejar en el tintero las devociones tecnológicas. Aquellas de los adoradores de las maquinas. De aquellas que, con independencia de que no exista prueba documental de que la tecnología mejora el aprendizaje, defienden a ultranza las necesidades de aparatejos en sus aulas. Tengo que reconocer que me gustan los aparatejos y sus potencialidades educativas pero, más allá de lo anterior me es indiferente dar una clase charlando o llevando a los chavales al taller que usar los grandes simuladores que, para mi materia, están colgados en la red. Una indiferencia de un descreído. Una indiferencia de un exadorador racionalizado.

Podría entrar también a hablar de los fanboys de los sistemas operativos (libres, cerrados o enclaustrados), de los amantes de Moodle, de los googleros, de los de las tabletas, etc. De todos aquellos fanboys dedicados a la docencia cuyo equipamiento tecnológico les marca. ¡Cuánto me suena a las discusiones adolescentes sobre la ropa “de marca”!

Eso sí, para devociones las de las decisiones educativas de la Administración. Una Administración educativa que es “lo peor” para aquellos con ideología política contraria a la del partido que toma las decisiones y, totalmente justificables las mismas si las toman los suyos. Los nuestros, los suyos, los de ellos. Devociones. Simples devociones.

¿Os suena lo anterior? Pues no habéis leído nada. Os falta la aberración extrema en el mundo educativo. El docente vocacional. Aquel que antes de adquirir las aptitudes ya tiene muy claro su destino profesional. Aquel que, caigan chuzos de punta o no, es capaz de elevar su espíritu hacia la tarea tan noble que tiene encomendada por nacimiento: la tarea educativa.

Miedito me da. Vocaciones irracionales. Sueños infantiles que no se han borrado con la madurez. Personajes poco maduros capaces de justificarlo todo por un mandato recibido. Acólitos de la suprema docencia. Adoradores de lo efímero y fugaz. Vocacionales ante todo. Ello exime de responsabilidades. Ello lo justifica todo.

 ¿Será un mal docente aquel  de nula vocación y poca devoción? ¿Será un mal docente alguien como yo?

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