De cultura y escuela

– Todos recordaréis – iba diciendo el Inspector con su voz grave y profunda, – todos recordaréis, supongo, la hermosa e inspirada máxima de Nuestro Ford: “La Historia es una paparrucha”. La Historia – repitió lentamente – es una paparrucha.

Agitó su mano, y parecía como si con un invisible plumero hubiese quitado un poco de polvo, y el polvo era Harappa, y Ur de los caldeos; unas telarañas, Tebas y Babilonia y Cnossos y Micenas. Un plumerazo, otro… ¿dónde estaban Odiseo  y Job, dónde Júpiter y Gautama y Jesús? Otro plumerazo, y las pellas de barro viejo llamadas Atenas y Roma, Jerusalén y el Celeste Imperio, desaparecieron. Otro plumerazo, y el lugar donde había estado Italia quedó vacío. Otro, y se hundieron las catedrales; otro y otro, deshechos el Rey Lear y los pensamientos de Pascal. Otro plumerazo, ¡adiós la Pasión!; otro, ¡adiós el Réquiem!; otro, ¡adiós la Sinfonía!; otro…

Este es el discurso de las clases superiores del mundo distópico de Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932), en boca del personaje del Inspector, Su Fordería Mustafá Mond. El contexto en que dice todo esto – una visita de unos niños a la fábrica de personas de donde salen los seres humanos de ese mundo futuro – es tal vez más relevante por la constancia con que el mismo Mond defiende ese punto de vista. Veamos este otro fragmento:

– El retorno a la cultura. Sí, sí, a la cultura. Pero no se consume gran cosa cuando se pasa uno las horas muertas leyendo libros (…). Ochocientos que practicaban la Vida Sencilla, fueron segados por las ametralladoras en Golders Green (…). Sobrevino después la célebre Matanza del British Museum. Dos mil fanáticos de la cultura fueron exterminados con gases de sulfuro de dicloretilo (…). Por fín (…) los inspectores cayeron en la cuenta de que nada se lograba con la fuerza. Los métodos lentos pero infinitamente más seguros de la ectogénesis, del acondicionamiento neopauloviano y de la hipnopedia (…). Se emprendió al propio tiempo una campaña contra el Pasado: cierre de museos, destrucción de monumentos históricos (afortunadamente la mayoría de ellos habían sido destruídos durante la guerra de los Nueve Años); la supresión de todos los libros publicados antes del año 150 de la Era Fordiana.

No cito Un mundo feliz porque sí. Hay otras distopías e incluso ensayos que tratan temas recurrentes: el poder absoluto de una clase superior en base al control de las masas, el adoctrinamiento de las mismas, que lo hace posible, la supeditación del individuo al grupo y los intereses reales de la sociedad – entendiendo por tales los intereses de una clase en la cima de una pirámide, el 1/9 al que se refiere Su Fordería – , la feliz e inconsciente aceptación acrítica, y por tanto sin demasiadas condiciones, de esa vida aséptica, controlada, castrada. Existen claros paralelismos en ese sentido con la obra de Orwell, y no en vano Huxley y él mantenían una correspondencia más o menos regular: compartían cierta visión del mundo. En este momento histórico en el que vivimos, muchas de las situaciones que describen ambos se han hecho posibles, algunas de ellas ya llevadas a la realidad.

Fuente: https://es.pngtree.com

Pero cito Un mundo feliz porque de algún modo me transmite de una manera más vívida el cómo, el qué, y el por qué de la conversión del mundo en lo que quiere la élite – en este caso una especie de factoría consumista como en la que nos hallamos inmersos ahora – cualquiera que sea su naturaleza y porque el relato se centra en lo que a mi entender es una de las tragedias constantes de la Humanidad, el control absoluto de la cultura, en su sentido más amplio, como cúmulo de conocimientos globales provenientes de todo pensamiento, y su posterior eliminación en pro de una vida cómoda y sin preocupaciones. Ni que decir tiene que ya no hablamos de la posibilidad de análisis crítico de esas fuentes de información en tanto que son apartadas de nuestro alcance. Y quiero hablar de Huxley y de su novela aprovechando también la periódica aparición del mismo en redes, en una pequeña muestra de lo que se ha dado en llamar activismo de Facebook (o algo muy parecido): pontificar contra el mundo desde la Red sin hacer nada más que clicar y teclear. Seguro que habéis visto y leído esa frase de Un mundo feliz (solo que NO es de Un mundo feliz) acerca de la dictadura perfecta. Al margen de que la frase en cuestión sea más o menos acertada – creo que lo es – la cuestión es que la gente la copia y la comparte sin darse cuenta de que la cita es incorrecta, y una abrumadora mayoría no han leído ni leerán la novela: les basta la sinopsis apócrifa. La cosa no tendría más importancia si no fuera porque, siguiendo este mecanismo de copy-paste acrítico estamos, ya lo sabemos, en la línea de producción y puesta en circulación de bulos, fake news, pseudointelectualidad y pseudociencia. Vamos no obstante al meollo de todo esto, porque como introducción – pensaréis no sin motivo – ya está bien, ¿no?

Siempre he creído que la cultura es una de las herramientas (si no LA HERRAMIENTA) que nos permite entender los entresijos de la vida. Supongo, quiero creer, que no soy el único que piensa así. Saber ponernos en la piel del otro o qué ha hecho otra en situaciones parecidas a la nuestra. Descubrir y disfrutar sentidos estéticos diferentes aunque nosotros no participemos de ellos, a veces ni como artistas (si lo somos) ni  como espectadores. Conocer, comprender y defender, atacar o simplemente analizar como receptores un conglomerado, una armazón de ideas, hechos, causas, consecuencias, colores así o letras asá. Conocer, entender, comprender, analizar. El Coco. Para quienes aspiran a tener a la plebe bajo control, a dar menos cada vez o quitarnos lo que habían conseguido nuestros padres y madres, para el rácano o la avariciosa sociales, son cosas que los 8/9 del iceberg bajo la superficie, bajo ellas y ellos, deben quedar fuera de nuestro alcance. La cultura nos debe ser retirada, como decía el conde-duque de Olivares, mediante las providencias más templadas y disimuladas para que se consiga el efecto sin que se note el cuidado.

Los políticos – ese ente, entendiendo por tales reyes, nobleza, derechas, izquierdas y centros y otra gente de mal vivir, como decía el malogrado Ivà –, ojo, nunca han sido partidarios de acercarnos de verdad al conocimiento. Tampoco el clero, la burguesía ni nadie que estuviera en la cúspide. Lo de Todo para el pueblo pero sin el pueblo, ¿recordáis? Luego nos permitieron unas nociones mínimas de lectoescritura y cuentas para un mínimo de gente, pero la tasa de analfabetismo entre la clase trabajadora han sido históricamente elevadísimas. En nuestra II República se emprendieron las Misiones Pedagógicas, para llevar maestros y cultura (escuelas y bibliotecas móviles, cines, teatro, música, etc.) al entorno rural. Recordemos que en el conjunto de España esa tasa de analfabetismo superaba con creces el 40%, que se elevaba mucho más en el medio rural. Cuando la derecha llegó al poder en 1934 empezó a recortar drásticamente el presupuesto dedicado a las Misiones con vistas a su erradicación práctica. Cuando la derecha más derecha vino en el 36… bueno, pasó algo muy parecido – o mucho peor – a lo que hacen las élites de Un mundo feliz en su guerra de los Nueve Años. Pero claro, no puedes matar a todo quisque hasta conseguir que tu pirámide social de mierda quede invertida, así que, poco a poco – porque el frenesí asesino de los tiburones cuando huelen la sangre no se detiene en un segundo – los fachas dejaron de fusilar tanto. Y luego Franco, que tan cretino no era, pensó que si teníamos algo que perder nos costaría alzarnos en armas en su contra, y nos permitió tener cosas (coche, ¡casa en propiedad!…), entre ellas, progresivamente, el mejor acceso a la escuela. Sin pasarse, eh, pero el caso es que llegamos a la Transición con casi todo el mundo escolarizado e incluso se llegó a los 90 del siglo pasado con la que acordamos – más o menos – que era la generación mejor preparada de la Historia de España (que por cierto son los padres de ahora, y ahí lo dejo). La Historia como asignatura comenzó a ser librada de ciertos corsés y en las facultades de Magisterio nos podíamos formar en especialidades como Educación Musical (y otras que aportaban un plus también valiosísimo)  y bastantes asignaturas optativas o de libre elección brindaban un mínimo conocimiento artístico al/la futuro/a docente. Acabábamos de entrar en la CEE, aires nuevos nos refrescaban y la lucha de los profesionales por dar lugar a estas especialidades empezaba a dar sus frutos. Tampoco nos flipemos, eh, que Música (o Educación Musical, como a mí me gusta llamarla) y Plástica (o Educación Plástica y Estética) no dejaban de ser lo que eran para los poderes y el público en general, e incluso demasiados docentes: marías mal planificadas y peor dotadas horariamente, qué os habíais pensado.

No había razón objetiva para la tranquilidad: la guerra contra la cultura y el conocimiento crítico seguía ahí, larvada, durmiente. El monstruo utilitarista estaba esperando su oportunidad para volver a la carga, a lo conde-duque. Y con la complicidad de todas y todos.

Sigo en los 90. Las competencias – ese traje de la enseñanza hecho no obstante a la medida de los intereses de las grandes y medianas corporaciones – dejaban de enseñar la puntita del pie para mostrar toda su patorra metida entre el dintel y la puerta, señal inequívoca de que ahora sí, iban a entrar. Y te iba a ser difícil echarles. Además, iban a hacer un equipo imbatible con a) el pensamiento múltiple neohippie surgido de la cópula entre el nunca suficientemente denostado género de autoayuda, las ideas locas, loquísimas y peligrosas de gentuza como Bert Hellinger o Rudolf Steiner y el mindfulness como tercera pata del menage á trois; b), la degeneración moral e intelectual de unos medios de comunicación generalistas que han sembrado el mal gusto extremo y la gilipollez supina, estimulando los instintos más bajos, por un lado – el documental Videocracia es un ejemplo demoledor de todo esto: el ascenso de descerebrados como Berlusconi, aplicable al resto de nuestro entorno – mientras creaban una opinión pública favorable a través de unas tertulias supuestamente plurales o de artículos y columnas por el otro lado  – dad un vistazo a El País actual, comparadlo con el de los 80 y llorad –; y c) una población en plena burbuja económica, cada vez más despreocupada por lo que ve y lee (si es que ve y lee) porque todo va bien y en pleno proceso de gilipollización, cuesta abajo y sin frenos pero encantada de haberse conocido.

No sé contra qué factor hubiera podido ser más eficaz el entorno escolar en la lucha contra la estupidificación; probablemente el tema de la tele es el más peliagudo, seguro, porque cada cual ve y deja ver en casa lo que le da la gana, faltaría más. Pero sí que tengo seguras varias cosas, y disculpadme la espesura. Generalizando un poco a lo loco respecto al colectivo, las y los docentes siempre debimos leer más. De todo. Locuras e idioteces también, porque para rebatir ideas peligrosas o estúpidas también hay que saber de lo que habla  uno. Y porque la mejor defensa ante la infiltración de lo cretino y de lo espurio es siempre conocer las fuentes que nos dan también la razón: estudios – eso que llamamos papers –, libros, artículos. De hecho, no sólo deberíamos leer en gran medida obras sobre docencia o pedagogía, que es como una especie de tentación maximalista, sino textos científicos (y pseudocientíficos, pero ¡cuidao!), novela, poesía, diarios, recetas… En definitiva, todo lo que amueble la cabeza. Respecto a los papers y las publicaciones científicas, hay algo que me sorprende y que veo cada día: pretendemos infundir espíritu científico a nuestras pupilas y pupilos pero casi no leemos cosas sobre ciencia, y no me refiero ni al Muy Interesante ni a libros de ciencia para niños. Me refiero a esas cosas espesas que al principio entran muy mal per luego, como el jazz, a base de familiarizarnos con ellos los vamos entendiendo.

También por ese mismo ánimo de coherencia, claro, porque no vamos a estar dando la turra al alumnado con lo de la lectura para luego no leer. Porque para el dominio epistemológico que debemos tener sobre cualquier materia que pueda tener relación con nuestra práctica cotidiana, por difícil que parezca que acabemos impartiendo tal o cual cosa, debemos fundamentarnos en la práctica y en la lectura. Y es que no nos engañemos: la misión de una escuela – de Primaria, Secundaria, Música o Cocina – es enseñar unos conocimientos de carácter académico, si se les quiere llamar así, a través de unos contenidos concretos. Nunca es ni hacer feliz al alumnado, ni hacerle creer en la ciencia infusa, ni arreglar conflictos familiares; y para eso, apreciadas y apreciados, hay que leer. Sin conocimientos ni contenidos ya nos podemos poner como queramos, que nuestros alumnos y alumnas no van a ser demasiado competentes.

Finalmente, por enciclopedismo. Sí. No tiene sentido que un maestro de Educación Musical, por ejemplo, se encierre en su especialidad. Decía Ortega y Gasset (absteneros, por favor, de ESE chiste fácil con sus apellidos) en La rebelión de las masas que los especialistas, entendidos como la gente que se encierra en su parcela de conocimiento, son un exponente más de persona – masa, porque acaban desechando otros conocimientos y se hacen ignorantes de lo general para ser entendidos de un particular, con lo cual tampoco valen para explicar el mundo.

Y es que el profesorado debería ser culto. Muy culto. As-que-ro-sa-men-te cul-to (pero no pedante). La escuela debería ser el primer y más inexpugnable baluarte de la cultura en medio de la sociedad. Para irradiarla desde ahí, y para dar a las y los discentes herramientas contra engaños y emboscadas que se nos tienden a diario – desde discursos electoralistas o salva patrias a contratos hipotecarios o laborales, pasando por cualquier tipo de publicidad engañosa – y actuar en consecuencia. Ahí hubiera entrado un rechazo en conciencia del empeoramiento de nuestras condiciones de trabajo o la manipulación grosera de los objetivos de nuestra labor mediante tantas leyes o que, simplemente, haya leyes sobre enseñanza que no cuentan con los docentes como voz y voto. Pero por desgracia hay una porción demasiado grande para mi gusto que no es así. De otro modo no se entendería cómo nos venden una y otra vez humo, homeopatía educativa o, en muchos casos, veneno como la pedagogía sistémica o la Waldorf de las que, curiosamente, nadie – menos los facilitadores – sabe de dónde sale. Nadie sabe quién es Hellinger o Steiner (disculpadme la insistencia) y qué  dicen en sus libros; sólo han visto un envoltorio esotérico que les parece guay. No habría maestros y maestras que fueran, por ejemplo, a conferencias de Enric Corbera y su bioneuroemoción, ni irían a que un chamán de medio pelo les tratase de su cáncer poniéndoles una botella de agua sobre unas ecografías del tumor mientras uno canta mantras y la otra medita (caso real de una maestra real), aunque esto ya depende de cada cual y sus creencias y la manera que elija de morir. Sabríamos ver claramente que “programación” + “neurolingüística” = “lavado de cerebro”. No habría quien tratara como expertos en educación a gente que ni siquiera se dedica a enseñar ni entienden de más pedagogía que la que recibieron como alumnas o como hijos. Pero para qué me pongo tan exquisito: basta ver las faltas sangrantes de ortografía que tantísimas y tantísimos docentes cometen en foros y grupos de redes sociales diversas para ver que el listón de autoexigencia es bajo e indigno.

Sólo desde la propia culturización podemos pretender que el mundo mejore, que haya herramientas que nos empoderen como personas y como colectivo al alcance de todo el mundo, porque las habremos hecho nuestras y las habremos sabido – más o menos – transmitir. Porque es tamos en la primera línea y somos un recurso valioso para, por lo menos, ser una suerte de alivio de esta era de esclavos felices como  los Delta, Los Epsilones y los Gamma de Un mundo feliz que ya pueblan nuestra sociedad, atareados en sus distracciones, espectáculos de baratillo y su soma. En plena retirada del mercado (disimulada, como al final se hace en la novela) de la cultura y el conocimiento para que quede en manos de unos pocos que sí la tienen, la utilizan y la blanden contra nosotros.

Seguro que me dejo muchas cosas en el tintero pero creo que, objetivamente, me estoy poniendo pesado y espeso como el chapapote. Así que, como diría el apreciado Jordi Martí, que hoy me cede este espacio, ya si eso hablamos otro día. ¡Saludos y respeto!

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