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Jordi Martí

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Seguimos en pandemia style. Y no, por mucho que se hable de vacunas, medicaciones que hacen que la enfermedad se convierta en algo sin importancia o, simplemente, se pretenda obviar su existencia, el curso que viene no va a ser un curso normal. Lamentablemente, por urgencia o por falta de proyectos a medio-largo plazo, mucho tienen que cambiar las cosas para que, aparte de tomar medidas “porque no queda otra” se diseñe un plan realista y ajustado a las necesidades que va a tener la comunidad educativa (y no me refiero solo a alumnado y docentes, porque la educación también tiene afección sobre las familias y la sociedad en su conjunto).

Fuente: Desconocida

A lo largo de esta crisis sin precedentes, por mucho que queramos maquillarlo o, por un falso corporativismo, obviarlo, hay un porcentaje de docentes (no tan minoritario como me pensaba en un primer momento) que no han dado señales de vida. Estoy hablando de docentes que desaparecen por más de una semana, les enviaron una ristra de ejercicios infumables y nunca más se supo de ellos. Y, curiosamente, donde más ha desaparecido el profesorado es en la Universidad “presencial”. Ayer mismo un alumno me confesó que, aparte de encontrarse con que la práctica totalidad de sus docentes son incapaces de gestionar un entorno virtual de aprendizaje, más allá de enviarles tochos, solo había sabido de dos de sus ocho profesores. No es un caso aislado. Seguro que no son datos reales porque, como he dicho antes, estoy hablando de “haber preguntado a los chavales” en conversaciones informales, no de una encuesta seria y bien diseñada.

En lo anterior se mezclan un batiburrillo de situaciones: desde docentes que no disponen de equipamiento en sus casas (haberlos haylos), hasta llegar a aquellos que son incapaces de lidiar con lo telemático. He de reconocer que, algunos, mejor que no se hubieran puesto a hacer ciertas cosas. Pero eso es un tema personal. No nos olvidemos que, antes de la crisis, en los centros educativos ya había, al igual que en cualquier otra profesión, un 5-10% de docentes que ya se escaqueaban.

Hay, eso sí, el otro lado de la moneda. Docentes sin horarios que intentan trasladar, con mayor o menor éxito, el proceso de enseñanza mediado por las pantallas. Un proceso que, lamentablemente para algunos, solo funciona si se usan las mismas estrategias que una clase presencial unidireccional. Y eso de que funcionan lo podríamos poner en barbecho. En barbecho por más de un par de ciclos de recolección.

Visto lo visto y sabiendo que es muy difícil que el curso empiece con normalidad, voy a poner cosas que haría si pintara algo. Como no pinto nada y escribir es libre, voy a ponerlo aquí.

En primer lugar se ha visto que el modelo de formación del profesorado no funcionaba porque, al menos en la parte digital, la mayoría de docentes han naufragado por tener que partir de cero (ni conocían las herramientas de la administración, ni sabían usarlas, ni tan solo había una capacitación básica en lo más sencillo del mundo como puede ser saber enviar un correo electrónico con destinatarios ocultos) . Lo lógico sería reformular todo el proceso de formación del profesorado, cambiar la existencia de “lugares zonificados” por algo más centralizado y, desde allí, proceder a contactar con profesionales para que diseñen los cursos de formación, siguiendo un itinerario lógico. Y no, aunque pique por motivos que todos sabemos a algunos, la formación -no solo en competencias digitales- debería ser obligatoria. Exigiendo, claro está, que los que van a diseñar esa formación la tuvieran. E iré más lejos, creo que esa formación debería realizarse desde un único lugar (léase el INTEF, con todos los cambios que hubiera de hacerse en él) y expandirse en cascada por centros de profesorado centralizados. Pero ya sé que es una utopía porque, al final, todas las Comunidades están optando por el mismo modelo formativo. Quizás es que esté funcionando y yo no lo sepa ver pero, con la cantidad de recursos que se han invertido en formación del profesorado en los últimos veinte años (salvo los recortes brutales en la crisis) no entiendo ciertas cosas.

El segundo punto del decálogo (va, retomo el tema decálogo) relacionado con el del diseño de un plan de competencia digital del profesorado, consistiría en dotar de un kit digital para docentes. Un kit digital que debería consistir en un equipo informático, conexión a internet y herramientas testadas para su uso en el aula. No puede ser que cada uno haga lo que le apetezca, busque las herramientas que le dé la gana y, al final, ponga en peligro los datos del alumnado. Ese kit digital debería ser único. Y vuelvo a repetirme, un diseño único de kit digital implica ahorro y más posibilidades de poder ser asimilado por la comunidad educativa como algo propio.

Añadiría a lo anterior la eliminación de posibilidad de elección de centro por parte de las familias y asignación automática de los mismos, siguiendo unos criterios transparentes con la finalidad de evitar centros gueto, entre todos los centros públicos y privados subvencionados con fondos públicos (léase concertados). Si hay concentración de un determinado tipo de alumnado en un centro, se debería poner todos los recursos (transporte y comedor gratuito) para que pudieran moverse los alumnos en la ciudad. Especialmente esta situación de segregación pasa en determinados barrios de determinadas ciudades. Algo que la elección de centro acrecienta.

Rediseño de un Bachillerato único en el que hubiera un bloque de asignaturas obligatorias y una franja de optatividad. Desaparición de las modalidades en Bachillerato y estructura del mismo basándose en la consulta a “expertos”. Y no me refiero a los que todos sabemos. Relacionado con esto y también dentro del decálogo, estaría la eliminación de la Selectividad (llámese de la manera que sea). ¿Cómo se puede eliminar la única prueba que iguala al alumnado con independencia de que en sus centros -no solo en privados- les inflen la nota? Pues muy fácil… creación de un equipo de docentes que, dentro de sus atribuciones esté la de organizar pruebas o establecer mecanismos de evaluación que, en períodos concretos del año, van a ir realizando “por sorpresa” en los centros educativos. Así también matamos el concepto de “estudiar para vomitar en el examen”. En caso de que los resultados de las evaluaciones no coincidan (o difieran en muchos puntos porcentuales) entre las notas que da el centro y las que se obtienen en estas evaluaciones, establecimiento de un proyecto intensivo de control y mejora en los centros en los que suceda lo anterior.

Relacionado con lo anterior, disminución de las ratios mediante la construcción de nuevas infraestructuras educativas. Como medida provisional existe siempre el tema de usar barracones pero, en un año, con inversión, se pueden construir muchos centros públicos. Además, con la crisis que ha acrecentado esta pandemia entre el sector de la construcción, ¿por qué en lugar de hacer segundas residencias no hacemos inversión pública en equipamientos educativos?

Reformulación del currículum en etapas obligatorias, desaparición de la especialización en los grados universitarios y resideño de los másters para convertirlos en no obligatorios. Volver a un modelo 3+2 se hace imprescindible. Bolonia ha sido un gran timo y, el rediseño de la Universidad es imprescindible. Agrupar títulos es algo más que necesario porque algunos, al final, en lo único que se diferencian es en muy pocas asignaturas. Añado a lo anterior la formación inicial del profesorado que debería hacerse en las Facultades de Magisterio, cuyo nombre debería reformularse a Facultad de enseñanzas, con modelos formativos diferenciados para docentes según etapas. Incluiría en esas enseñanzas también el acceso a ser profesorado universitario porque, por desgracia, se valora más la investigación que la docencia. No, que nadie se asuste. Los modelos formativos diferenciados estarían impartidos por profesionales con experiencia (o sin ella pero con un bagaje académico importante) en cada uno de los ámbitos: lo de que un maestro enseñe didáctica de las matemáticas a un profesor de Secundaria que va a dar clase en ESO y Bachillerato no tiene ningún sentido. Y a la inversa, tampoco.

Pero, lo que es más importante dentro del decálogo es la reconsideración del docente como parte fundamental de la educación, el establecer plataformas de comunicación con ellos y la reformulación del cuerpo de inspectores en dos modelos: uno más dedicado a cuestiones burocráticas/juristas y otro dedicado a la parte más pedagógica.

Hasta aquí mi decálogo de hoy. A pesar de todo lo que propongo, en el momento actual todos hemos podido observar varias cuestiones: el sistema educativo no se ha caído gracias al esfuerzo de muchos (docentes, alumnado y familias), el teletrabajo es mucho más exigente y, lo que es más curioso, hay algunos alumnos que se sienten más cómodos con este modelo que con el aula. Y eso es algo que también debería llevar a reflexionar.

Este fin de semana, de ausencia total de cuestiones laborales (creo que ya era hora después de llevar demasiado tiempo sin desconectar), me he dedicado a reorganizar el disco duro de mi ordenador. Además, tal y como ya os comenté en un post (enlace), me he hecho con un “almacén en la nube” donde he migrado muchas cosas para, como mínimo, conseguir que el ordenador vaya algo más rápido. Y, en ese baúl de los recuerdos, me he encontrado con algunas cosas, relacionadas con proyectos/recuerdos educativos que ni me acordaba que tenía guardadas.

Fuente: Flickr CC

Me he encontrado con mi avatar potachovizado. Una cosilla del 2010, que gracias a Pedro adaptando una genialidad de Néstor, convirtió gran parte de Twitter en un lugar donde muchos docentes que pululábamos por ahí teníamos un avatar con gafas de culo de botella y un miniportátil de esos que repartió Gabilondo en algunas Comunidades. Cuántas ilusiones en ese momento que, siendo jóvenes pensábamos que podríamos cambiar la educación de forma horizontal. Lástima que después llegaran los Bonas, los youtubers, el Ken Robinson, la Mar Romera, la de las sandías y un montón de certificaciones de determinadas multinacionales, amén de irrupciones de tipos que solo saben de educación el concepto de sacar pasta vendiendo humo multicolor. Qué recuerdos. Por cierto, también me he encontrado el primer avatar, hecho como caricatura, que usé en Twitter que me permitió, hace muchos años en un Novadors, creo que en la edición del año 2008, conocer a determinadas personas fuera de Twitter. Lo que en ese momento se llamaba “desvirtualizar”. Y siempre de forma horizontal porque, por lo que se ve ahora en esos grandes y magnos eventos solo se relacionan los que ya se conocían y es todo mucho menos abierto que antes.

También me he encontrado el primer curso de Moodle (como copia de seguridad) que di a mis compañeros de instituto hace más de 15 años, para el que usé los materiales de Aníbal de la Torre y Juanma Díaz. He encontrado en esa misma carpeta un par de cursos más que impartí sobre digitalización de las aulas, uso de pizarras digitales (formaba parte del equipo directivo en ese momento y, aparte de apostar por la creación de aulas multimedia -cañón, proyector, equipo informático y sonido- cuando la administración aún estaba distribuyendo muy pocas, también apostamos por adquirir unos aparatos que te transformaban una pizarra blanca en una pizarra digital) y muchos otros cursos relacionados con las TIC. Sí, antes daba cursos.

Digitalizada también me he encontrado con mi primera nómina. Después de cuatro meses sin cobrar hasta regularizarse la situación, me llegó de golpe un buen dinerito. Y más con veintitrés años que tenía. Joder, ya llevo 22 en la profesión. Me siento mayor. Además, rebuscando, me he encontrado mis peticiones para la adjudicación de destinos, comisiones de servicios, concursos de traslados, programaciones y un montón de documentación relacionada con mi profesión. Y un documento maravilloso en el que tenía apuntadas todas mis contraseñas de muchas herramientas TIC que hoy ya han desaparecido.

Tengo también por ahí proyectos de dirección (tenía un papel que me acreditaba como posible director LOGSE en un curso de unas horas), una sentencia judicial que reconocía mi derecho a una comisión de servicio en la Comunidad Valenciana, un discurso que solté ante un claustro para negarme a que se pudiera seleccionar a dedo al profesorado, un esbozo de mis primeros posts en los blogs que empecé por el año 2000 en blogs que hoy ya están desaparecidos (sí, antes tardaba más en escribirlos y los razonaba mejor).

Y, además de lo anterior, proyectos enviados a la administración educativa, entre los que se hallan los siguientes: un proyecto para crear una red de blogs en la Comunidad Valenciana cuando aterricé (año 2009) por primera vez aquí, otro para crear una comunidad educativa online, otro para el rediseño del modelo de formación del profesorado y rediseño de los CEFIRE, la toma de requisitos (en modo cutre) para el diseño de un repositorio de recursos,… y así hasta más de veinte proyectos que, en su momento hice llegar a la administración (la catalana, la valenciana y la estatal) de forma directa o indirecta y de los que jamás recibí ningún tipo de respuesta.

Tengo también cientos de documentos legislativos, materiales de Tecnología, actividades para el alumnado, imágenes de proyectos realizados y un largo etcétera de cosas que, antes de desertar de la tiza, había usado en el aula.

Lamentablemente, también me he encontrado con los informes médicos, altas de la UCI, visitas frecuentes al hospital en determinados momentos de mi vida y, lamentablemente, demasiadas bajas médicas concentradas en las crisis de una enfermedad, a la que he añadido otra desde hace un año (que obliga a tomar medicación de por vida, después del injerto de un par de cosas en mi anatomía) que me han impedido tomar determinadas decisiones profesionales.

La verdad es que el baúl de los recuerdos también tenía una parte de imágenes. Qué joven que era. Qué pequeña era mi hija. Cuántos recuerdos.

No creo ser una excepción de profesional que trabaja en la educación. Creo que todos, en cierta manera, tenemos este tipo de recuerdos en nuestros equipos informáticos. Eso sí, dudo que nadie los tenga tan desorganizados como yo. Y, por suerte, en ese baúl de los recuerdos no me ha aparecido ningún muerto digital aunque, en ocasiones, haya pasado por mi mente calenturienta cometer algún asesinato selectivo 😉

Me preocupa que, por motivos sobradamente conocidos, se esté recuperando el discurso tecnocentrista. Que se plantee de nuevo el centrar la mejora educativa en la tecnología (o en la ausencia de ella). Resulta, como mínimo curioso que, siempre que se realicen reportajes sobre educación y el uso de la tecnología en el sistema educativo, jamás nadie se cuestione las dos claves del asunto: el dinero y el control. Sí, la decisión de implantar o no tecnología no depende de cuestiones educativas, depende de cuestiones económicas y poder controlar a ese alumnado (tanto en el presente como en su futuro).

Dar clase mediante un iPad para hacer operaciones matemáticas o, simplemente, jugar con la realidad aumentada, es infinitamente menos efectivo que hacerlas en una hoja de papel o acudir a determinados lugares para conocer la realidad in situ (un ejemplo que me viene a la mente es un recorrido por un museo). La tecnología es para pobres. Para personas que no pueden pagarse esa visita. No es democratizar la educación. Es ahondar en la brecha socioeconómica. Añadiendo a esa brecha parte del panem et circenses que, ya en épocas pretéritas se usaban para controlar y mantener feliz a la población.

La tecnología educativa ha venido para ahorrar costes y, de paso, conseguir que determinadas empresas obtengan beneficio de esa implantación. No hace falta remontarnos a hemerotecas del pasado. Simplemente pasaos por cualquiera de esas multinacionales que, en estos tiempos de pandemia, están patrocinando webinars como si no hubiera mañana, determinados negocios más pequeños que intentan entrar en el mercado y los cientos de herramientas que, en los últimos tiempos, están apareciendo bajo el lema de “ser mejores que las que estabas usando ayer porque incorporan la posibilidad del uso del fosfi 2.0 para subrayar la lección”. Creo que me estoy explicando bastante bien.

¿De verdad no hay nadie que se dé cuenta que con lo de las clases online se van a recortar puestos de trabajo de profesionales de la docencia? ¿Realmente nadie está viendo como, siguiendo una ruta muy bien diseñada, se está jugando a reducir las condiciones laborales de los trabajadores, promocionando centros educativos cuyo “hecho diferencial” es tener tecnología y se están planteando formaciones masivas y despersonalizadas para el profesorado? ¿De verdad nadie cuestiona que una clase con vídeos va a ser siempre peor que una clase presencial en la que se puede interactuar entre el docente y sus alumnos? Que una videoconferencia y eso de “pedir turno” no sirve. El agotamiento de estar delante de una pantalla no tiene parangón. Yo que soy ya talludito estoy perdiendo concentración y habilidades. Imaginaos un chaval que no tiene el bagaje que tienen las personas de una cierta edad. Y no estoy hablando de bagaje cultural. Estoy hablando de otra cosa.

Que la educación dé vueltas alrededor de la tecnología (en su permisividad o prohibición) tiene mucho de preocupante. Eso indica lo poco que les preocupa a algunos la EDUCACIÓN en mayúsculas. Eso sí, el debate tecnología sí o no da mucho jugo. Incluso hay negocios que viven de eso. Lo de las escuelas Waldorf sin tecnología son la misma mierda pedagógica que las escuelas basadas en una determinada herramienta. Eso sí, todos pasando por el tubo de una u otra opción y nadie planteándose, menos ahora, lo que hay tras esa falsa disrupción tecnológica porque, al final, consumir un vídeo tiene de pedagogía poco. Ya no digamos los que intentan jugar a la pedagogía 2.0.

Como llevan algunos diciendo desde hace tiempo (entre los que me incluyo), si debemos articular el debate acerca de la tecnología ya hemos perdido cualquier esperanza para mejorar la educación. Y, viendo lo que está sucediendo en los últimos tiempos, con docentes sumándose masivamente al carro de determinadas multinacionales, otros haciendo el agosto gracias a determinados modelos de negocio o, simplemente, el uso de herramientas de control que, tienen cada vez menos de horizontal y más de coercitivo, estamos perdiendo la esencia de muchas cosas por el camino.

Nunca ha sido cuestión de tecnología. Ni tampoco de metodologías que necesiten esa tecnología para ser llevadas a cabo. Es algo mucho más simple. Eso sí, mejor hablar de tecnología que de reducir ratios o capacitar pedagógicamente al profesorado. Una capacitación que, más allá de la herramienta, debería diseñarse en enseñar a dudar de todo y analizar, más allá del trampantojo, la pared ante la cual nos vamos a pegar un hostión muy -o muy poco- TIC.

La competencia digital y la mejora educativa tienen muy poco que ver con la tecnología, pero eso a casi nadie le interesa reconocerlo.

Debo reconocer que tengo un Síndrome de Diógenes con lo que almaceno en el ordenador. Documentos, imágenes, vídeos y un largo etcétera de formatos que, por desgracia, hace un par de semanas empezaron a dar señales de alarma a mi ordenador por quedarse prácticamente sin espacio. Sí, he llenado 500 GB de datos, muchos de los cuales (especialmente recuerdos familiares e información importante) debo conservar. Y no, no me sirve el papel porque, al igual que tengo al límite el espacio del ordenador, tengo al límite el espacio físico del despacho.

Fuente: Pixabay

Entonces ha tocado buscar opciones. Entre ellas, tocaba analizar las tres más lógicas para alguien que se encuentre en esa situación. Un inciso: no me sirven opciones gratuitas por las limitaciones que tienen esos servicios. Estamos hablando de 500 GB de datos y eso no te lo ofrece ningún servicio sin pasar por caja.

La primera opción que me he planteado ha sido la de ir guardando toda esa información en un disco duro externo (tengo uno de 2 TB) pero, lamentablemente tiene una pega: no puedo estar llevando siempre ese disco encima porque trabajo en muchos equipos y lugares, necesitando el acceso a esa información. Además, sé que soy un poco “desastre” y, al final, se acabaría rompiendo. Por cierto, a día de hoy no tengo copia de seguridad de lo que tengo en mi equipo, a pesar de tener un susto hace unos meses. Otra pega es que, al tener varios dispositivos en casa con diferentes sistemas operativos, hacen que esa opción no pueda plantearse del todo. Cuando lo monto en el portátil con Windows, no me funciona en Linux. Si lo hago en Mac, tampoco me lo reconoce en Windows. No puedo estar pendiente de realizar particiones y jugar con cada una de ellas según el equipo al que lo vaya a conectar en cada momento. Un detalle importante… las posibilidades de que ese disco duro externo se rompa son las mismas que la de romperse el del ordenador. Así que, opción descartada.

La segunda opción, muy atrayente para alguien tan friki como yo, era montarme un servidor NAS con dos discos duros en RAID (o de forma redundante) para que, en caso de romperse uno en el otro estuviera toda la información. Además, conectándolo al router de casa, podría tener acceso ubicuo a esa información desde cualquier lugar. Una nube personal para que nos entendamos. Pero, sinceramente, si me pongo a configurarlo y a comprar los elementos que necesito (he leído mucho y hubiera optado por un servidor NAS Synology) se me iba bastante presupuesto. Además siempre con la necesidad de estar pendiente para futuras configuraciones y actualizaciones. No tengo tiempo para tanto hobby. Algo que es una pena.

Así que, finalmente, he acudido a la tercera opción. Una opción que, por desgracia, tiene una pequeña pega para mí por no saber exactamente dónde están los datos que yo vaya a subir. Me estoy refiriendo a la nube. Pero, sinceramente, poniendo en una balanza facilidad de uso y seguridad de los datos (que no privacidad) ha ganado a las opciones anteriores por goleada. Tocaba ponerse a buscar…

En primer lugar, lo lógico ya que tengo una cuenta de Google, fue pasarme por Google One. La oferta para el almacenamiento que necesitaba (con 100 GB, que era asequible no iba a ningún sitio), que incluía 2 TB, era de 99,99 euros al año. Tampoco es tanto porque, realmente son unos 9 euros al mes para tener todos tus archivos a salvo y accesibles de forma ubicua. Eso sí, seguía tirándome para atrás el no tener cifrado de extremo a extremo. Ya sé que en mi caso soy adulto y decido (además, llevo regalando datos a Google desde hace mucho) pero no me acababa de convencer. Tocaba mirar otras alternativas.

He revisado Dropbox, Box, Mega e incluso, uno que valoran mucho y que sale muy asequible que es ADrive. Lamentablemente este último tiene una herramienta de gestión de archivos muy compleja y visualmente horrible. Los precios de todos, salvo este último, son similares a los de Google. Parecía que la decisión ya estaba tomada y, más aún porque había descartado iCloud por temas de compatibilidad con el móvil Android (ya lo sé que se puede hacer “chapuceramente”) y por estar centrado en exceso en Mac.

La de vueltas que da la vida para, una vez pensaba que no me quedaba otra que comprarlo en Google, me planteo revisar qué productos ofrece una empresa que, por determinados motivos, hacía tiempo que no tenía en mente: estoy hablando de Microsoft. Nada, tocaba echar un vistazo a One Drive. Pues cuál es mi sorpresa al ver que por el mismo precio que los 2 TB de Google ofrecen 7 cuentas de 1 TB para todos los miembros de la familia, incorporando sus aplicaciones Office y con un espacio de almacenamiento “superseguro” (le llaman Personal Vault -o bóveda personal-) dentro de ese terabyte para datos sensibles.

Y ahí han surgido mis dudas. ¿Debo jugar con un ecosistema compartido de Google o de Microsoft? ¿Es mejor que mis datos estén en una multinacional u otra? Pues, sinceramente, si miro la calidad de los productos, debo reconocer que Google Docs y Google Calc están a años luz de Word y Excel. Incluso LibreOffice está a años luz de las herramientas ofimáticas de Google. Ya veis que no entro en la herramienta de presentaciones nefasta de Google. Estoy, por cierto, hablando de criterios técnicos y objetivos.

Eso sí, lo que me ha hecho decidir por contratar el plan de Microsoft no ha sido la suite ofimática. Ha sido un detalle tan nimio, pero para mí tan importante, como es poder tener esas 7 TB (en 7 cuentas de 1 TB) de forma aislada. A diferencia de Google que, entre la familia que puede compartir esas 2 TB lo hacen usando todos el mismo espacio. Además, en mi caso, voy a usar una de esas “teras” para archivos de este WordPress a los que voy a acceder gracias a la instalación de un plugin que comunica con ese servicio de almacenamiento.

No se trata de un post publicitario. Ya veis que no enlazo ningún producto. Simplemente os explico qué decisión he tomado y los criterios para hacerlo. Criterios que, seguramente, pueden ser otros para vosotros. Eso sí, he escrito este post por si os puede ayudar.

Ahora viene lo difícil, una vez contratado el servicio… ¡ponerme a ordenar los archivos en carpetas! Ya tengo trabajo para este domingo. Y visto el desorden digital, para algunos domingos más 😉

Espero que esta semana, después del retraso por cierre de factoría debido a un “bicho” creado por los chinos en un laboratorio de nivel 4 (pensaba que existía el cinco pero, supongo que también por la rima en países de habla hispana se evitaron ese número), me llegue mi tercer Ferrari, que he acumulado gracias a las pingües ganancias que me paga la administración educativa para la que trabajo. Desertar de la tiza tiene siempre su recompensa. Más aún saber defender y loar todas las políticas tomadas por el partido (o los partidos en mi caso) que gestionan la educación en el chiringuito en el que trabajo. Es que solo me falta ponerme el chándal naranja -no del chillón de los que cambian de opinión- y combinarlo con unas zapatillas de deporte de color rojo obrero. Tendré que hacer un curso para certificarme en lameculismo avanzado de los que ofrece Cao de Benós.

Después de un debate, en el que yo cuestionaba la competencia digital de un docente al que le han birlado 900 “leuros” por no entender que la tarifación internacional tiene sobrecoste, un tipo, que debe estar mirándose el miembro con esa lupa que usa para sus fines filatélicos y colombofílicos, dice que la culpa no es del docente y sí de la administración que no dota de recursos. En ese mismo debate me he atrevido a cuestionar al colectivo como conjunto. E, incluso he osado (¡válgame Tutatis!) decir que en docencia hay malos profesionales, al igual que en otra profesión. Y que ese error era personal. Que no es culpa de la administración que uno, cuando instala un servicio, le cobren por él o le deriven a una página porno. Que eso tiene que ver con otros temas. Y que, al final, los docentes también formamos parte de esa administración.

Una reflexión que ha llevado a, por no ser aún hora de siesta, una sonora carcajada por mi parte cuando he recibido el siguiente tuit…

Fuente: Twitter

Eso sí, primero me he puesto a abrir la aplicación de mi entidad bancaria no me hubieran ingresado ya los dos millones de euros por hablar bien de mi administración pero, por desgracia, he visto los mismos exiguos números de siempre. Joder, qué mal me están pagando por defenderles. Bueno, no estaba defendiéndoles y simplemente cuestionando a un docente concreto al que no han estafado y sí que ha optado por usar un servicio porque no sabía que estaba usando. Algo que nada tiene que ver con su competencia profesional en su asignatura. Simplemente, tiene que ver con su competencia digital. Y en la competencia digital de uno, tiene más que ver lo que hace uno por mejorarla (buscando cursos, autoformándose, etc.) que lo que pueda hacer el vecino del quinto. Si tú eres el vecino del quinto, pues lo que haga el del tercero. Si vives en una unifamiliar o un chalet, usa el concepto con el vecino que te apetezca. Que no puedo estar con todas las casuísticas del asunto.

Un detalle importante: para mejorar la gestión educativa lo único que no sirve es tuitear desde el anonimato o en la máquina de café. La administración, de la que repito formamos parte, no va a moverse de sitio por decir gilipolleces en Twitter. Y, en la parte de la administración educativa que regalan sobres plagados de billetes de quinientos por defender a los políticos que la gestionan, al igual que en las aulas, hay quienes trabajan y quienes no pegan ni chapa. En la misma proporción, por cierto, que dando clase.

Hoy, después de llevar casi sesenta días en los que no he desconectado del trabajo ni uno solo (al igual que tampoco han hecho todos mis compañeros del servicio -generalizo porque, en este caso, puedo hacerlo-), me apete volver a disfrutar de Twitter y de determinados personajes, muy justos en muchos aspectos, que se mueven por ahí. Si se añade a lo anterior mis ganas de escribir en un día en el que no pienso hacer nada laboral y, un tuit de un personaje anónimo muy justo de muchas cosas, ya tengo los ingredientes para este post.

No me gustaría finalizar sin decir que, dentro de mi libertad de expresión, siempre seguiré cuestionando qué sucede en mi ámbito profesional o reconociendo qué se está haciendo bien o mal. Eso es algo que todos los que se pasan habitualmente por aquí ya saben. Además, intentaré que sea sin ningún tipo de sesgo ideológico ni corporativista, aunque sé que, en ocasiones, es complicado. Y, ostras, antes de que se me olvide, me gustaría pediros que, aparte de ponerme a caldo en Twitter, antes donéis en el botón de debajo porque, lo que me paga la administración para defenderla (¡a ver si te estiras Vicent!), no incluye el ambientador del Ferrari, ni los dados y, para más inri, ni la figura de Elvis.